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Más larga que la Gran Muralla China: por qué Australia construyó la valla más larga del mundo

Australia valla más larga
Blanca Espada

Más de 5.600 kilómetros atravesando el interior de Australia. Esa es la longitud de la valla para dingos, una de las infraestructuras más sorprendentes del planeta y también una de las más desconocidas. Se construyó para proteger a millones de ovejas de los ataques de este depredador salvaje, pero con el paso del tiempo ha generado un debate que sigue abierto: ¿ha sido realmente una solución o ha cambiado para siempre el equilibrio natural del país?.

Hay construcciones que nacen para defender territorios o para marcar fronteras, y luego está esta valla en Australia para contener a un animal y cuyo resultado es una línea casi infinita de alambre que atraviesa el continente y que, aún hoy, sigue en funcionamiento. La historia empieza a finales del siglo XIX, cuando la ganadería ovina se convirtió en uno de los grandes motores económicos del país. Y el problema era evidente ya que los dingos atacaban a los rebaños y las pérdidas eran constantes y además, no era algo puntual sino un problema estructural que afectaba directamente a miles de familias que dependían del campo.

De ahí surgió una idea que, vista hoy, parece desmesurada: construir una valla lo suficientemente larga como para separar a los animales salvajes de las zonas de pastoreo. Y lo hicieron pero con el paso de los años, aquella solución improvisada terminó convirtiéndose en una de las obras más extensas del mundo.

Una valla que atraviesa Australia de punta a punta

La llamada valla para dingos es una valla de más de 5.614 kilómetros que arrancan en Jimboar, en Queensland, y se extienden hasta las llanuras de Nullarbor, cruzando zonas áridas, desiertos y territorios prácticamente deshabitados. Su diseño es simple, pero efectivo con una malla metálica de cerca de dos metros de altura, con alambre de púas en la parte superior y refuerzos en el suelo para impedir que los animales excaven.

Durante décadas fue ampliándose poco a poco. Primero como una solución local, después como un proyecto compartido entre estados. Entre 1947 y 1950 se consolidó como una infraestructura nacional, en la que Queensland, Nueva Gales del Sur y Australia Meridional trabajaron de forma conjunta para reforzar y extender la barrera.

Funcionó pero no como se esperaba

Durante un tiempo, el objetivo parecía cumplido. Menos dingos, menos ataques, menos pérdidas de ganado. Para muchos agricultores, la valla supuso un antes y un después. Pero el campo rara vez responde de forma tan sencilla. Al desaparecer uno de los principales depredadores, el equilibrio cambió. Las poblaciones de canguros y otros herbívoros crecieron sin control en algunas zonas, aumentando la competencia con las ovejas por los pastos y los recursos.

Y no fue el único efecto. Sin dingos, los depredadores intermedios, como los zorros rojos, encontraron espacio para expandirse. El resultado fue una caída en algunas especies pequeñas autóctonas. Un efecto en cadena que nadie había previsto cuando se levantó la valla. Hoy es uno de los argumentos más repetidos por los científicos: la barrera no sólo protege, también transforma el ecosistema, y lo hace a gran escala.

Mantener la valla es casi otra obra de ingeniería

Construir la valla fue sólo el principio pero mantenerla es otro reto completamente distinto. Cada año se destinan millones de dólares a su conservación. Inspecciones constantes, reparaciones, refuerzos y trabajos de limpieza. Incluso ampliaciones, como la extensión de 32 kilómetros construida en 2023 para cerrar uno de los tramos entre estados.

Detrás de todo esto hay personas que son los llamados inspectores de mantenimiento que recorren cientos de kilómetros en zonas aisladas, revisando el estado de la valla varias veces por semana. Buscan daños provocados por animales, tormentas o el simple desgaste del tiempo. Su día a día no es sencillo. Trabajan solos, en entornos remotos, con temperaturas extremas y a gran distancia de cualquier núcleo urbano. Aun así, muchos llevan generaciones dedicándose a lo mismo y en algunos casos, familias enteras han pasado décadas cuidando distintos tramos de esta enorme estructura.

Una estructura que divide opiniones en Australia

Para los ganaderos, la valla sigue siendo necesaria. Protege su trabajo, sus animales y una parte importante de la economía rural. Sin ella, aseguran, las pérdidas volverían a dispararse. Para otros, especialmente científicos y conservacionistas, es una intervención que ha alterado profundamente el entorno. Consideran que el papel del dingo como depredador es clave para mantener el equilibrio natural y que su ausencia ha tenido consecuencias negativas en la biodiversidad.

La discusión ya no es solo técnica. Es también social y cultural. ¿Debe mantenerse tal y como está? ¿Reducirse? ¿Eliminarse en algunas zonas para recuperar el equilibrio natural? No hay una respuesta clara. Lo que sí parece evidente es que esta valla, más larga que la Gran Muralla China, es mucho más que una simple barrera de alambre sino que es una historia de adaptación, de decisiones tomadas hace más de un siglo y de sus consecuencias. Y, sobre todo, un ejemplo de cómo una solución puede convertirse, con el tiempo, en un problema mucho más complejo de lo que nadie imaginó.

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