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Friedrich Nietzsche, filósofo: «El triunfo de un ideal moral se logra por los mismos medios inmorales que cualquier triunfo»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Friedrich Nietzsche nació en 1844 en Röcken, una pequeña localidad de Prusia, y murió en 1900 en Weimar tras once años de colapso mental progresivo. Entre medias escribió, con una lucidez que sus contemporáneos tardaron en reconocer, algunos de los textos más radicales de la historia del pensamiento occidental.

A los 24 años ya era catedrático de Filología Clásica en Basilea. A los 44, su mente se rompió para siempre. Su obsesión central fue la moral, pero no para defenderla. El propósito de obras como Más allá del bien y del mal o La genealogía de la moral era sacar a la luz los mecanismos de poder ocultos bajo los ideales éticos más respetados.

Friedrich Nietzsche desvela el precio oculto de los ideales morales en «La voluntad de poder»

La pregunta que guía toda esa excavación para llegar a comprender las lógicas del poder es la misma que cristalizó en la cita que nos compete en este artículo, que, valga la redundancia, proviene de La voluntad de poder: ¿A qué precio se impone un ideal?

A modo de aclaración, la cita completa avanza más que el título del artículo. En La voluntad de poder, Friedrich Nietzsche escribe que el triunfo de un ideal moral se logra «por los mismos medios inmorales que cualquier triunfo: la violencia, la mentira, la difamación y la injusticia».

Y desde luego, el argumento no es que la moral sea inútil o inexistente. Es algo más perturbador: los sistemas éticos que aspiran a reemplazar el poder bruto lo hacen usando exactamente las mismas herramientas.

A modo de ejemplo, el cristianismo se extendió a través de persecuciones, la presión del resentimiento y la culpa fabricada. La Revolución Francesa usó la guillotina en nombre de la libertad. Y ojo aquí, porque Nietzsche no acusa a nadie en particular, sino que simplemente señala el patrón.

Este método lo desarrolló sistemáticamente en La genealogía de la moral (1887), donde analizó cómo los valores «buenos» de la tradición judeocristiana no surgieron de la bondad, sino del resentimiento de los débiles hacia los fuertes. A ese mecanismo psicológico lo llamó ressentiment.

El ideal moral no triunfa por ser verdadero, triunfa porque sus promotores aprenden a presentar su sed de revancha como compasión.

Maquiavelo ya lo sabía: la política nunca se rigió por las mismas reglas que predicaba

Trescientos años antes que Nietzsche, Nicolás Maquiavelo llegó a una conclusión parecida, pero más estrecha. En El príncipe (1532), el florentino argumentó que el gobernante eficaz debe estar dispuesto a actuar en contra de la fe, la caridad y la religión cuando los intereses del Estado lo exijan.

La virtud política, para Maquiavelo, era la capacidad de adaptarse a las circunstancias. La diferencia entre ambos está en el alcance. Maquiavelo limitaba su análisis a la esfera política. El gobernante miente, usa la violencia y traiciona sus promesas porque la política lo requiere.

Nietzsche va más lejos. Lo mismo se aplica a la moral religiosa, a los movimientos de reforma social, a cualquier ideal que aspire a transformar la conducta humana. No hay excepción de principio, solo diferencias de escala.

Marx, Dostoievski y Kant ante Friedrich Nietzsche: tres respuestas distintas al mismo problema

Karl Marx llegó a una conclusión convergente, pero desde otro ángulo. Para Marx, la moral dominante no es más que la moral de la clase dominante, disfrazada de universal.

En el Manifiesto comunista (1848), escrito junto a Engels, la idea estaba implícita: los valores «humanos» que defiende la burguesía son los valores que le convienen a la burguesía. No hablamos aquí de hipocresía individual, sino estructura.

Fiódor Dostoievski, en cambio, extrajo la conclusión contraria. En Los hermanos Karamázov (1880), el personaje de Iván sostiene que, si Dios no existe, todo está permitido. Es la respuesta más directa al diagnóstico nietzscheano: si la moral no tiene fundamento trascendente, se derrumba por completo.

Nietzsche, que admiraba a Dostoievski y lo consideraba «el único psicólogo del que ha aprendido algo», habría respondido que todo ya estaba permitido de antemano. La moral lo sabía y por eso necesitaba a Dios.

Immanuel Kant representa el polo opuesto. Para el filósofo de Königsberg, el valor moral de una acción no depende de sus consecuencias ni de los medios empleados, sino de la intención de quien actúa. Su imperativo categórico exige obrar solo según principios que puedan convertirse en ley universal.

Es el argumento más articulado contra Nietzsche, aunque el propio Nietzsche habría señalado que ni Kant se libró: también él impuso su sistema con la convicción de quien no acepta réplica, convirtiendo la razón en una nueva tiranía con el mismo gesto que condenaba.

Y parece ser así que el debate no tiene ganador. Tiene, en cambio, una incomodidad que no desaparece.