La costumbre más vomitiva de la Edad Media: estaba en todos los pueblos y ciudades grandes
Así era la costumbre más repugnante de la Edad Media
Grandes mentiras que nos contaron sobre la Edad Media
La Edad Media no fue tan oscura como te la contaron
Tras el fin del Imperio Romano y junto con el crecimiento de la población en los burgos y villas, la necesidad de espacios destinados a la evacuación se hizo cada vez más evidente. La falta de redes de saneamiento adecuadas obligó a improvisar soluciones precarias. Así, nació y se extendió la práctica que hoy podría considerarse como la costumbre más vomitiva de la Edad Media.
A continuación, develaremos un hábito cotidiano que marcó la vida en calles, plazas y hasta en los entornos de los castillos.
¿Cuál era la costumbre más vomitiva de la Edad Media?
La protagonista de esta desagradable costumbre es la letrina, la construcción más habitual destinada a las necesidades fisiológicas en la Edad Media. Se trataba de un cubículo rudimentario, ubicado fuera de las viviendas o en espacios públicos, sin conexión con redes de saneamiento.
Bastaba con un hoyo excavado en el suelo, que se cubría con hierba o tierra tras su uso. Cuando el olor era insoportable, simplemente se sellaba y se abría una nueva muy cerca.
Estas instalaciones no eran exclusivas del mundo rural. En las ciudades, donde el contacto entre personas era constante, se levantaban letrinas comunales.
Muchas de ellas se ubicaban en puentes para que los desechos cayeran directamente a los ríos, lo que terminaba agravando la contaminación del agua. Londres, por ejemplo, contaba ya en el siglo XV con varias letrinas públicas a orillas del Támesis, lo que multiplicaba el riesgo de brotes epidémicos.
Enfermedades asociadas al uso de letrinas, la costumbre más vomitiva de la Edad Media
Los residuos humanos acumulados en letrinas improvisadas generaban un foco constante de enfermedades. La falta de higiene y de un sistema de recolección eficaz provocó brotes de disentería, lombrices intestinales y cólera. Estudios arqueológicos han hallado restos de parásitos en sedimentos fosilizados, lo que confirma el impacto sanitario de esta práctica.
El riesgo no era solo biológico. Los gases desprendidos por la descomposición de los excrementos (dióxido de carbono, metano y monóxido de carbono) resultaban peligrosos para quienes intentaban limpiar las fosas.
La inhalación accidental podía causar mareos, pérdida de conciencia e incluso la muerte. De ahí que se aconsejara trabajar en equipo y nunca descender en solitario a esas cavidades.
Así fue como intentaron regular el uso de letrinas en las ciudades medievales
A finales de la Edad Media, algunas autoridades locales comenzaron a mostrar preocupación por la salud pública. En Londres, por ejemplo, se dictaron ordenanzas para mantener limpias las calles y se invirtieron recursos en la construcción de letrinas públicas reguladas.
Sin embargo, estas medidas eran insuficientes frente al crecimiento urbano y la falta de conciencia generalizada sobre la importancia de la higiene.
En muchos casos, las letrinas comunales se convertían en un problema mayor, ya que al ubicarse en ríos o fosas abiertas, contaminaban las fuentes de agua que abastecían a la población. Paradójicamente, las medidas destinadas a mejorar la situación sanitaria terminaban favoreciendo la propagación de epidemias.
La herencia romana frente al retroceso medieval
Recordemos que en contraste, el mundo romano había desarrollado un complejo sistema de alcantarillado y baños públicos. Sus letrinas, aunque también compartidas, estaban conectadas a canales de agua corriente que facilitaban la limpieza.
No obstante, incluso en aquellas instalaciones, los restos orgánicos circulaban a la vista de todos y las esponjas utilizadas eran comunitarias, lo que propagaba bacterias y parásitos intestinales.
Con la caída del Imperio, esa infraestructura se perdió. Los pueblos medievales ya no contaban con los acueductos ni con los sistemas de drenaje que habían caracterizado a las urbes romanas. Este retroceso en el saneamiento fue determinante para que esta costumbre convirtiera en la norma en ciudades como York, París o Sevilla.
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