Adam Smith, economista y filósofo sobre la productividad: «La división de tareas complejas en tareas simples, en las cuales uno puede volverse experto, es la fuente para lograr la máxima mejoría en los poderes productivos del trabajo»
El economista y filósofo escocés Adam Smith explicó hace más de dos siglos como la especialización en el trabajo podía multiplicar la producción
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La economía moderna no se entiende sin Adam Smith, quien es considerado el padre de la economía clásica. El filósofo y economista escocés formuló en el siglo XVIII una teoría que cambió para siempre la forma de producir bienes y organizar las empresas. «La división de tareas complejas en tareas simples, en las cuales uno puede volverse un experto, es la fuente para lograr la máxima mejoría en los poderes productivos del trabajo». Esta reflexión se sigue estudiando hoy en las universidades y escuelas de economía de todo el mundo. Más de 200 años después, su análisis continúa siendo una de las explicaciones más influyentes e importantes sobre el crecimiento económico y la productividad.
Una idea revolucionaria
Nacido en 1723 en Kirkcaldy, Adam Smith fue profesor de filosofía moral antes de convertirse en una de las figuras más influyentes de la historia económica. Su legado continúa inspirando investigaciones, debates y políticas públicas en todo el planeta.
Adam Smith publicó en 1776 su obra más famosa, La riqueza de las naciones, que es considerada uno de los libros más importantes de economía. En ella dijo que la productividad aumentaba enormemente cuando una tarea difícil se dividía en diferentes actividades más simples y hechas por trabajadores especializados.
Para ejemplificar esta teoría, utilizó el célebre ejemplo de una fábrica de alfileres. Smith explicó que un solo trabajador apenas podía fabricar unas pocas unidades al día, mientras que un grupo de personas especializadas en tareas concretas era capaz de producir miles de afiles en el mismo tiempo.
La especialización como motor
Según Adam Smith, la división del trabajo generaba tres ventajas fundamentales. La primera era el aumento de la destreza, ya que cada trabajador se encargaba de perfeccionar una tarea específica. La segunda consistía en el ahorro de tiempo para evitar los cambios constantes entre diferentes actividades. La tercera era la aparición de innovaciones y herramientas que ayudaban a facilitar el trabajo.
Esta combinación permitió incrementar de gran forma la producción y sentó las bases de la Revolución Industrial. Muchas de las grandes fábricas del siglo XIX usaron los principios que el economista escocés pronunció décadas antes.
La especialización también ha impulsado el desarrollo de profesiones cada vez más concretas. Ejemplos son los ingenieros, programadores, analistas financieros o expertos en inteligencia artificial. Estos trabajos representan a la perfección la evolución moderna marcada por la idea de Adam Smith.