Cultura

La Caja de las Letras volverá a abrir en febrero uno de sus 30 legados

Desde que Francisco Ayala inaugurara la Caja de las Letras del Instituto Cervantes en 2007, una treintena de escritores, artistas y científicos han depositado su legado en las cajas de seguridad de esta antigua cámara acorazada de un banco, dos de las cuales ya han sido abiertas y una tercera lo será en febrero.

El 27 de febrero de 2018 es la fecha que eligió la investigadora y bióloga molecular Margarita Salas para que se abriera su caja de seguridad, en la que depositó el primero de los cuadernos con las investigaciones genéticas que realizó en Nueva York por encargo del Premio Nobel de Medicina Severo Ochoa en los años 60.

Diez años habrá permanecido este cuaderno en una de las 1.800 cajas de seguridad que alberga el Instituto Cervantes, un edificio situado en el centro de Madrid que fue en su día sede del Banco Español del Río de la Plata, y luego del Banco Central.

Salas (Canero, Asturias, 1938) se convirtió en la primera mujer y también la primera científica que entregó un legado, que permanece guardado bajo llave en la caja número 1.568. Antes de su caja, fueron abiertas las de la agente literaria Carmen Balcells y la del actor Manuel Alexandre, ambos fallecidos.

La primera caja de seguridad en ser ocupada fue la número 1.000 por el legado del escritor Francisco Ayala que no quiso desvelar qué había depositado, una incógnita que permanecerá hasta el año 2057, fecha en la que está prevista su apertura.

Tampoco lo quiso revelar el poeta Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006, cuyo legado estará guardado durante 25 años, hasta 2032, en la caja 1.001.

Antoni Tàpies fue el primer representante del mundo del arte en tener su espacio en la Caja de las Letras, aunque no pudo acudir por motivos de salud al acto que se desarrolla en cada ocasión, y en la que el propietario de la caja recibe la llave y un certificado.

Y Alicia Alonso fue, en 2008, la primera personalidad hispanoamericana y también la primera representante de las artes escénicas en depositar su legado en una caja de seguridad, donde permanecerá hasta el año 2028.

La cámara acorazada suma cada año los objetos que depositan los autores galardonados con el Premio Cervantes, a no ser que ya lo hubieran hecho con anterioridad a ser premiados, como ha sido el caso de Ana María Matute, primera mujer escritora en este espacio, que dejó un ejemplar de la primera edición de «Olvidado Rey Gudú», o José Manuel Caballero Bonald, que en 2010 cedió el original de un libro poético con dibujos y anotaciones.

El misterio rodea muchas veces el depósito: el también Premio Cervantes Juan Marsé sostuvo en 2009 que su caja contendría «el secreto de la escalibada» mientras que el cineasta Luis García Berlanga apuntó que podría haber dejado «un guión, unas memorias o un mensaje demoledor a la Humanidad».

Para averiguar sus contenidos habrá que esperar hasta 2029 y 2021, respectivamente, mientras que en el caso de la actriz Nuria Espert, que no dio ninguna pista, hasta 2035.

Otro depositante que no pudo acudir a la ceremonia fue Nicanor Parra, Premio Cervantes 2011, y fue su nieto el que dejó en la caja de seguridad su máquina de escribir, una antigua pieza que se guardará hasta 2064, fecha de su 150 aniversario.

Además de esta máquina de escribir hay otros emotivos objetos custodiados en estas cajas como el que dejó la Premio Cervantes 2013, Elena Poniatowska, una pulsera rota de latón que llevaba su padre mientras combatía en la Segunda Guerra Mundial; o el bailarín Víctor Ullate: un reloj de su abuelo y un anillo de su padre.

También espera la partitura inédita que el compositor Luis de Pablo depositó en junio de 2014 para que sea interpretada tras su fallecimiento, en la primera ocasión que se cedía un legado con la fecha de apertura de la caja fijada para la propia muerte.

Hay tres legados «in memorian» en la Caja de las Letras: uno de Gabriel García Márquez (una arqueta con tierra de su casa natal y una placa con la primera frase de «Cien años de soledad»); otro de Antonio Buero Vallejo (una carta, un libro y una pipa) y de Miguel Hernández (una primera edición de «Perito en lunas»), último depósito hecho hasta el momento.