Aprendan a cultivar y a hacer pan, quizá sea la única solución para la incertidumbre que nos espera
De niños nos llevaban de excursión al campo, hacíamos rutas por los Montes de Toledo o íbamos a la granja-escuela a conocer la crianza de los animales. Consideraban los profesores, y consideraban bien, que debíamos estar en contacto con la naturaleza de forma permanente porque, además de inspiradora, está cargada de verdad. No sería la primera vez que, un día cualquiera, haciendo una paella a fuego lento en Las Navillas, localidad cercana a San Pablo de los Montes, se cruzara un corzo a toda velocidad entrecortándonos la respiración. Si eso no os parece una gran verdad de la vida, yo ya no sé.
Sin embargo, y a pesar de las salidas escolares, los que procedíamos de pueblos y estudiábamos en la capital de provincia, como era mi caso y el de algunos de mis compañeros de clase, ya teníamos mucha senda recorrida frente a los niños de ciudad. Sabíamos cuando era la vendimia –aún sin conocer los cartones para tapices de Goya– o la recogida de la aceituna que sería llevada a las almazaras, hacíamos silbatos con la cebada aún verde de la Huerta de Nica, robábamos melones en pleno verano y nos bañábamos en las presas de forma clandestina, comíamos perdices autóctonas traídas de un domingo de caza o acudíamos a la matanza del cerdo con la misma algarabía con la que bailábamos en la verbena. Esta España se está quedando vacía, dicen, pero lo cierto es que sus preciosas costumbres son capaces de llenarlo todo.
Bien lo sabe Borja Cardelús y Muñoz-Seca, el autor de la loa a la naturaleza y el mundo rural. El autor, Premio Nacional de Medio Ambiente, acaba de publicar ‘La España del silencio’ (Editorial Almuzara). Un espacio donde reúne decenas de relatos que cuentan las vivencias del mundo rural, es un canto y un homenaje a las costumbres y las formas de vida de los lugareños que participan de los usos y la cultura de una España milenaria y rústica. En definitiva, deja escrito cómo es –cómo era y cómo será– la vida en los campos y los pueblos españoles.
“¿Quién sabe si no acabaremos regresando a esos tiempos, y serán necesarios sus saberes para sobrevivir?”, comenta Cardelús y Muñoz-Seca. Es probable que sí, los datos de paro conocidos este martes no son optimistas y habrá que buscar alternativas de riqueza, en enero subió el desempleo en más de 90.000 personas, el mayor repunte desde 2014, según datos del Ministerio de Trabajo. En total, hay 3,25 millones de personas que no tienen un empleo y el ritmo de crecimiento del PIB a cierre de 2019 fue del 2%, una décima menos de lo esperado.
Datos macro aparte, la pregunta del autor de ‘La España del silencio’ no es baladí. Suelo discutir con amigos sobre la posibilidad de nuestra regresión al campo, al mundo rural, a nuestros pueblos de origen; pero, ante todo, solemos bromear sobre nuestra capacidad de supervivencia en este entorno siendo desde hace años urbanitas de adopción. No obstante, pronto nos convencemos a nosotros mismos de que los conocimientos populares no se olvidan, igual que las revueltas a toda velocidad que nos dábamos en bicicleta con las rodillas en carne viva después de una aparatosa caída en la calle del Moral –por poner un sitio usual de accidentes ciclistas– con un bocadillo de ‘pan pan’ –que así llamamos nosotros al pan del bueno– de la panadería de Caldera, de Ricate o de Faustina ‘la de los Cristos’.
“Hubo una época que todo era pedir brazos, pero luego entraron las máquinas y los ordenadores, y la gente al paro. Y, al final, amargarse buscando un trabajo o encallarse con los vicios de la ciudad. En el pueblo, en cambio, siempre hay algo que hacer y algo que llevarse a la boca”, escribe el autor. Tiene razón, aunque las meriendas han evolucionado, mi abuela comía mondas de las patatas fritas, mi madre pan con vino y azúcar o queso –mi abuelo era un gran fenicio del citado producto– y yo, un poco más burguesa, pan con chocolate Elgorriaga.
“Muchos de los que emigraron a la ciudad ahora se arrepentían, pero estaban ya desparroquiados”, escribe, aunque aún hay, añade, “quienes creen en el señuelo y se dejan engatusar, como su hijo Lorenzo, para quien más valía un sueldo y un horario en la ciudad que la inseguridad permanente del campo, que no entiende de horarios. ¡Qué ingenuo! No podía hacerle comprender que en el campo no se es esclavo de otra cosa que del día, de la noche y los temperos, pero que uno es libre y dueño de sus destinos”.
Leer los pasajes recogidos por Cardelús y Muñoz-Seca es leer cómo era el pasado, es cierto, pero también es atisbar cómo será el futuro que quizá nos espera. Aprendan a cultivar y a hacer pan, es probable que sea el único antídoto contra la incertidumbre que nos rodea.
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