Un paseo con José Ángel Abad: el arte de contar el mundo desde Nueva York sin perder la mirada asturiana
Mesón Cuevas del Vino en Chinchón: un viaje de tres siglos entre tinajas de famosos, brasas y tradición castellana
Bacalao Barquero: 40 años de excelencia, amistad y el sueño compartido de dos hermanos ovetenses
El corresponsal de Antena 3 en Estados Unidos regresa durante unos días a su Gijón natal. Paseamos con José Ángel Abad por la zona de El Rinconín, con el skyline al fondo, para hablar de más de tres décadas de periodismo, de Nueva York, de algunas de las noticias que han cambiado el mundo y de la persona que permanece cuando se apagan las cámaras.
Hay entrevistas que empiezan cuando se enciende la grabadora y otras que, en realidad, comienzan mucho antes, como en este caso. Pasear por Gijón con José Ángel Abad y hablar de periodismo, Nueva York, Estados Unidos, Antena 3, Asturias y de una vida dedicada a contar lo que sucede al otro lado del Atlántico tiene para mí algo especial. Siempre he sido un incondicional de su manera de hacer periodismo y nuestra historia no comenzó aquí, frente al Cantábrico, sino a miles de kilómetros de distancia.
Quizá por eso este encuentro tiene también algo de regreso compartido. José Ángel vuelve unos días a su Gijón natal desde Nueva York y yo hago lo propio desde Madrid hacia Oviedo. Dos asturianos que vivimos fuera y que, casi al mismo tiempo, regresamos para estar con nuestras familias. Él desde la otra orilla del Atlántico; yo desde Madrid. Y entre esos dos regresos encontramos un hueco para caminar junto al Cantábrico y hablar, sin prisas, de periodismo, de Nueva York y de todo lo que uno sigue llevando consigo cuando vive lejos de su tierra.
De aquel encuentro en Nueva York a este paseo por Gijón
Conocí personalmente a José Ángel Abad en Nueva York durante una de esas experiencias que permanecen para siempre en la memoria con la Cofradía del Cocido Madrileño: la elaboración del cocido madrileño, a bordo del buque escuela Juan Sebastián de Elcano. José Ángel era uno de los invitados que ya teníamos confirmados casi veinte días antes y tengo que reconocer que conocer en persona a alguien a quien llevaba tantos años siguiendo en televisión fue para mí una enorme alegría.
Aquellos días todavía nos reservaron otra imagen difícil de olvidar. Coincidimos viendo uno de los partidos de cuartos de final de la selección española en Little Spain, en Nueva York. Mientras alrededor se vivía esa particular pasión que genera España cuando juega una gran competición, José Ángel pasaba con absoluta naturalidad de compartir aquel momento con nosotros a prepararse para entrar en directo para Antena 3.
Recuerdo observarlo y pensar precisamente en eso: en la aparente facilidad con la que un corresponsal pasa de una conversación relajada a ponerse delante de una cámara y explicar a millones de espectadores qué está ocurriendo. Para alguien que llevaba años admirando su trabajo, poder contemplarlo de cerca fue otro de los regalos de aquella maravillosa e inolvidable experiencia neoyorquina.
Por eso, semanas después, este reencuentro en su Gijón natal tiene inevitablemente algo más de conversación entre amigos que de entrevista convencional. No hay una mesa que nos separe ni pretendo someterle a una sucesión rígida de preguntas y respuestas. Caminamos disfrutando de las mágicas vistas de San Lorenzo y, mientras caminamos, hablamos.
«Por muy atrás que recuerde, siempre quise ser periodista»
Cuando le pregunto qué queda de aquel joven que soñaba con ser corresponsal, José Ángel se va todavía más atrás. Mucho más.
«Por muy atrás que mire, por muy atrás que recuerde, siempre quise ser periodista», me dice. «Desde que iba al colegio siempre quise ser periodista. Nunca tuve ninguna duda».
Lo cuenta recurriendo con humor a Uno de los nuestros, la película de Martin Scorsese con Ray Liotta, y a esa sensación del protagonista de haber sabido desde siempre qué quería ser.
José Ángel Abad nació en Gijón, estudió Ciencias de la Información y desarrolla su carrera en Antena 3 desde los años noventa. Antes de Nueva York estuvo destinado cuatro años en Londres, de manera que cuando aterrizó en Estados Unidos no era precisamente un recién llegado al mundo de las corresponsalías.
Tenía 31 años cuando comenzó aquella etapa y recuerda que entonces la propia figura del corresponsal tenía características muy diferentes a las actuales. Trabajar permanentemente desde otro país exigía una infraestructura técnica, logística y económica que únicamente podían sostener los grandes medios.
«Ahora con un teléfono ya puedes estar trabajando», comenta mientras seguimos caminando. «Entonces había cámaras, equipos, cintas, satélites y todo un complejo engranaje detrás de cada conexión».
Han pasado más de dos décadas, miles de directos y alrededor de 10.000 programas informativos, pero escuchándole resulta evidente que algo de aquel niño que quería ser periodista continúa intacto.
Estados Unidos: de liderar el mundo a «mirar para los lados»
Más de veinte años viviendo en Estados Unidos permiten observar algo imposible para quien únicamente visita el país: su transformación profunda. Y José Ángel la resume con una reflexión que probablemente sea una de las frases más interesantes de nuestra conversación: «Estados Unidos ha pasado de ser un país que sentía que lideraba el mundo a ser un país que desconfía». Hace una pequeña pausa antes de continuar. «Era un país que se sentía líder, que se sentía en cabeza, que no miraba para atrás. Ahora es un país que mira para los lados».
La expresión resulta especialmente gráfica. Abad llegó a Nueva York en 2003, cuando la ciudad y el país seguían profundamente condicionados por el trauma de los atentados del 11-S. Desde entonces ha contemplado cambios de presidentes, crisis económicas, guerras, huracanes, atentados, movimientos sociales, elecciones y una transformación política y social que ha ido modificando también el papel de Estados Unidos en el mundo.
Él mismo relató años atrás que una de las primeras cosas que encontró al incorporarse a la corresponsalía fue una máscara de gas sobre la mesa, una imagen que resumía perfectamente el miedo de la ciudad posterior al 11-S. «Cuando tenemos desconfianza es más probable que tengamos malentendidos y conflictos», reflexiona ahora.
El corresponsal termina ocupando un territorio muy particular. Después de tantos años, ya no contempla Estados Unidos exactamente como un extranjero porque forma parte de su vida cotidiana, pero tampoco pierde la mirada de quien procede de otro lugar. Esa mezcla de proximidad y distancia probablemente sea una de las grandes fortalezas de la corresponsalía.
Entrar en la Casa Blanca como quien entra en un polideportivo de Gijón
Pasamos entonces a hablar de la experiencia acumulada. De presidentes, grandes instituciones y personajes que desde fuera parecen inaccesibles. José Ángel lo explica con una comparación que, dicha precisamente mientras paseamos por Gijón, adquiere todavía más sentido. «Te acostumbras a entrar en la sala de prensa de la Casa Blanca con la misma confianza con la que uno puede acudir a un centro deportivo municipal en Gijón o en Madrid». No se trata de perder el respeto por el lugar, sino de comprender cuál es el trabajo del periodista. «Sabes que, a fin de cuentas, lo único que estás haciendo es intentar contar una noticia. Estás al servicio de la noticia y aprendes a no dejarte impresionar ni por los lugares ni por las personas». Es, reconoce, algo que solamente se adquiere con la experiencia.
Quizá ésa sea precisamente una de las grandes diferencias entre admirar desde lejos los escenarios del poder y convertirlos en tu lugar cotidiano de trabajo. La Casa Blanca continúa siendo la Casa Blanca, pero el periodista tiene que entrar allí pensando en preguntas, no en fotografías de recuerdo.
Cuando te disparan mientras estás en directo
Hablar de tantos años como corresponsal significa inevitablemente hablar también del riesgo. Le pregunto por el momento en el que realmente haya sentido la tensión del directo y la respuesta cambia inmediatamente el tono de nuestra conversación. «El momento de más tensión fue una ocasión en la que nos estaban disparando, estando en directo, en Nueva Orleans».
Hay otro recuerdo que aparece enseguida: Honduras, después de un golpe de Estado, realizando una transmisión nocturna durante el toque de queda y atravesando controles en una situación que define sencillamente como «muy seria, muy difícil». Es entonces cuando dice algo que ayuda a entender qué ocurre en la cabeza de alguien que debe seguir hablando mientras todo alrededor parece aconsejar precisamente lo contrario. «La ventaja del directo es que la cámara siempre te rescata». La frase me parece fascinante.
Cuando comienza una conexión, explica, la propia obligación de contar lo que está sucediendo te lleva a otro lugar mental. El periodista deja temporalmente de pensar en sí mismo porque tiene algo que explicar a quien está viendo la televisión.
Ese mecanismo se ha repetido en otros momentos extremos de su carrera. El 6 de enero de 2021 estuvo ante el Capitolio de Estados Unidos mientras se producía el asalto, narrando en directo una situación que se volvía cada vez más imprevisible. En algún momento, varios simpatizantes de Donald Trump intentaron incluso dificultar su conexión. Antena 3 conserva aquella cobertura y la ironía con la que Abad afrontó la situación mientras seguía informando.
La noticia sucede delante de ti. Tú tampoco sabes cómo va a terminar. Y, sin embargo, millones de personas esperan que seas capaz de explicarles qué está pasando. Eso es el directo.
La vieja corresponsalía y aquella angustiosa «última milla»
Nuestra conversación deriva hacia cómo ha cambiado el trabajo y José Ángel rescata una expresión casi desconocida para quien haya comenzado su carrera en la era del teléfono móvil: la última milla. Era el tramo final necesario para conseguir que una crónica llegara hasta España. «La última milla siempre era la más difícil porque había que enviar físicamente una crónica que tenías metida en una cinta. Para enviarla había que ir a algún punto de satélite».
Podía estar en un edificio, en algún lugar elevado o simplemente a muchos kilómetros de donde acababa de producirse la noticia. Y estaba el tráfico, las distancias y, sobre todo, el reloj. «Habitualmente tenías diez minutos y, si no llegabas a tiempo, perdías el satélite. No había una segunda oportunidad».
Resulta difícil imaginarlo ahora, cuando desde un ordenador o incluso desde un teléfono podemos transmitir material en cuestión de segundos, pero José Ángel introduce inmediatamente la otra cara del progreso. «Ahora es una liberación, porque puedes enviar en cualquier momento desde tu ordenador, pero es una liberación tiránica». Me gusta la expresión, porque poder trabajar desde cualquier lugar significa también poder trabajar en cualquier momento. La tecnología ha eliminado buena parte de las antiguas limitaciones físicas, pero al mismo tiempo ha borrado muchas de las fronteras que separaban el trabajo de la vida personal.
«Uno no deja nunca de ser el corresponsal»
De hecho, cuando intento llevar nuestra conversación hacia el José Ángel que apaga el teléfono y deja de ser el corresponsal de Antena 3, me corrige rápidamente. «Uno no deja nunca de ser el corresponsal», no hay interruptor. «Forma parte de tu persona, de tu estilo de vida, de tu actitud ante la vida. Uno no es corresponsal en horario laboral; es corresponsal en un tiempo biológico, casi».
Quizá sea una de las mejores definiciones que escucho durante todo nuestro paseo, pues me recuerda también a mi forma de ser y entender. Explica por qué alguien puede llevar más de veinte años haciendo un trabajo que difícilmente entiende de jornadas laborales. Una noticia puede cambiar un día en segundos. Una llamada puede convertir una cena en un directo, obligar a preparar una maleta o hacer que una madrugada termine frente a una cámara mientras en España comienza el informativo.
Ser corresponsal acaba convirtiéndose, efectivamente, en una manera de vivir.
Dejamos durante un rato las noticias y las conexiones en directo para entrar en un terreno mucho más sencillo y, quizá precisamente por eso, bastante revelador: la comida.
Una fabada, una botella de vino y muchas historias
Le pregunto a José Ángel cuál es ese plato que no necesita pensar demasiado para elegir. La respuesta llega casi con la misma contundencia que el propio plato: una buena fabada. Pero enseguida matiza algo que dice mucho de su manera de entender la gastronomía. «Comer no consiste únicamente en que una receta esté técnicamente bien ejecutada. La gastronomía es, sobre todo, una experiencia emocional. Las fabadas no saben igual fuera de Asturias, y tampoco, desde luego, fuera de España. No necesariamente porque estén peor hechas», (aunque reconoce con humor que alguna vez también ocurre), sino porque alrededor del plato existen muchas más cosas; está entrar al restaurante, sentarse, que te saluden, cómo te miran, cómo se sirve, cómo te vas sintiendo durante la comida y hasta la sensación con la que te levantas cuando todo termina. Lo bonito de la gastronomía es la experiencia en sí misma”.
Para José Ángel, todo eso también forma parte del plato.
Probablemente, por llevar tantos años viviendo fuera de España, algunos sabores han terminado adquiriendo además una importancia especial. Aprovecha incluso nuestra conversación para lanzar una petición a sus amigos: cuando vuelva a España, por favor, que nadie se empeñe en llevarle a descubrir el último restaurante japonés de moda. «Cuando vuelva a España, que me den tortilla de patatas, fabada asturiana, cocido madrileño o ensaladilla rusa y se olviden de llevarme a japoneses». «Después de tantos años en Nueva York, determinados platos dejan de ser simplemente comida y se convierten casi en una forma inmediata de regresar a casa».
¿Y cocina José Ángel Abad?
La pregunta provoca una sonrisa. José Ángel asegura que es, ante todo, un gran acompañante para quien cocina. Y todavía mejor cuando llega el momento posterior de sentarse a la mesa y disfrutar de lo preparado.
Si tiene que cocinar, cocina, pero reconoce que disfruta bastante más acompañando al que está entre fogones, con una botella de vino cerca, contando historias, charlando y pasando algún utensilio cuando hace falta.
La escena es fácil de imaginar: alguien cocinando y José Ángel cerca, conversación larga, una botella abierta y participando exactamente lo necesario. Insisto un poco más. Algún plato tendrá que preparar cuando invita a alguien a casa. «Intentaría hacer una fabada», reconoce, aunque enseguida aparece una receta bastante más habitual en su repertorio: salmón al horno con calabacín.
La combinación puede parecer sencilla, pero cuando empieza a explicarla, aparecen los detalles. El calabacín a la plancha, en la sartén con un buen aceite de oliva virgen extra, un toque de soja, algo de cebolla y, si apetece, unas gambas al final. También le gusta añadir un poco de paprika para darle alegría.
Lo cuenta con la misma ironía con la que relativiza sus propias cualidades culinarias. No pretende impresionarnos. Y vuelve inmediatamente a su territorio favorito: más que cocinar, lo que realmente disfruta es acompañar a quien cocina, abrir una botella de vino y contar historias mientras alguien prepara la comida.
Quizá, pensándolo bien, no exista una manera mucho mejor de participar en una cocina.
«Un arroz es una señal de civilización y cultura»
Antes de abandonar el territorio gastronómico, aparece inevitablemente otra pregunta: los arroces. La respuesta es inmediata, todos. José Ángel Abad no entiende demasiado bien que pueda existir alguien a quien no le guste un buen arroz y termina definiéndolo con una frase que resume perfectamente su entusiasmo: «Un arroz es una señal de civilización y cultura».
Después de hablar durante buena parte del paseo de política estadounidense, atentados, elecciones y periodismo internacional, escuchar al corresponsal de Antena 3 defender con semejante solemnidad una fabada, una tortilla española o un buen arroz resulta, probablemente, una de las mejores maneras de conocer a la persona que existe cuando desaparece el directo.
Central Park, el refugio
Nueva York también permite encontrar lugares en los que aislarse. «Si hubiera un rincón para mí donde me puedo aislar, es claramente Central Park». Lo dice y mira alrededor, consciente de la paradoja de estar hablando de su refugio neoyorquino mientras caminamos junto a la playa de San Lorenzo. «Dicho desde aquí, desde el skyline de Gijón, desde la playa de San Lorenzo, hasta a mí me suena distante, casi pedante», bromea.
Pero Central Park es ese lugar. Después de más de dos décadas, Nueva York ha dejado evidentemente de ser para José Ángel el Times Square de los turistas o una colección de imágenes cinematográficas. Es su ciudad cotidiana. Está hecha de calles recorridas miles de veces, rutinas, amigos, lugares familiares y espacios donde intentar encontrar unos minutos de silencio dentro de una de las ciudades más intensas del mundo.
La ciudad está en Nueva York, pero el corazón sigue en Gijón
Le planteo entonces el juego de imaginar otra vida. Si mañana dejara de vivir en Nueva York, ¿qué ciudad elegiría? La primera respuesta sale casi como un reflejo. «Si no estuviera en Nueva York, Nueva York vendría conmigo».
Son muchos años. Demasiados como para pensar que una ciudad así pueda abandonarse completamente con una mudanza. Pero segundos después llega la respuesta importante. «Si no estuviera en Nueva York, mi ciudad claramente es Gijón, es donde está el corazón».
La frase queda suspendida durante unos segundos frente al Cantábrico. Después sonríe y añade: «No sé dónde estaría la mente y no sé dónde estarían las piernas». Madrid aparece también entre sus ciudades posibles, pero hay pocas dudas sobre dónde está el corazón. Estamos caminando precisamente por allí.
La felicidad infantil de terminar una crónica
Hay otro momento de nuestra conversación que me interesa especialmente porque devuelve a José Ángel a aquel niño que quería ser periodista. Después de miles de conexiones, de tantísimas crónicas y de más de tres décadas de oficio, ¿queda todavía alguna emoción cuando termina un trabajo?
La respuesta me sorprende por su sencillez. «Cuando acabas hay un segundito de felicidad absoluta, infantil. Como si hubieras hecho algo especial». Después de toda una carrera sigue existiendo ese instante; un segundo, quizá dos. La satisfacción íntima de haber conseguido contar algo. Y ahí reaparece aquel niño de Gijón que miraba los informativos y tenía claro que quería dedicarse precisamente a esto.
Es probablemente la mejor prueba de que la vocación sigue intacta.
El olor del prao asturiano y el sabor de una fabada
Ya estamos llegando al final del paseo y dejo para entonces una de las preguntas que más ganas tenía de hacerle. Después de tantos años cruzando el Atlántico, ¿qué olor, qué sabor o qué recuerdo de Asturias viaja siempre con él cuando regresa a Estados Unidos? No duda demasiado. «El olor es, por supuesto, a hierba, a nuestra hierba asturiana, al prao asturiano, que tiene su propio olor y verde. Es un verde que no existe en otros sitios». José Ángel se anima y empieza a comparar verdes.
«El verde de Asturias no es igual que el verde de Estados Unidos, ni que el verde de Escocia, ni que el verde de Argentina». Y entonces aparece nuevamente ese humor que ha acompañado buena parte de nuestra conversación. «Tiene un color diferente, yo lo puedo probar científicamente, si es necesario». Nos reímos un rato, pero todavía falta el sabor, y ahí tampoco existen dudas. «El sabor, claramente, es el de la fabada asturiana, sin duda». Y termina definiendo el regreso a Asturias con una frase mucho más profunda de lo que parece: «Es el reencuentro con la tribu, con la tierra, con todo».
Del Hudson al Cantábrico y de Madrid a Oviedo
Al despedirnos, pienso también en esa pequeña casualidad que hizo posible esta conversación. José Ángel regresaba desde Nueva York para pasar unos días con su familia en Gijón y yo había vuelto desde Madrid para hacer lo mismo en Oviedo. Dos caminos distintos que terminaban, una vez más, en Asturias.
Quizá por eso este paseo tenía que suceder aquí. Porque después de hablar de Nueva York, de directos, de elecciones, de atentados y de una vida pendiente de la actualidad, todo terminaba regresando al mismo lugar: a casa.
Mientras terminamos el paseo, vuelvo inevitablemente a aquella primera vez que coincidimos en Nueva York: el Juan Sebastián de Elcano, aquel cocido madrileño a bordo, Little Spain, la selección española jugando unos cuartos de final y José Ángel preparándose para entrar en directo mientras a nuestro alrededor disfrutábamos del partido.
Han cambiado las cámaras, las comunicaciones, las redacciones, las redes sociales y hasta nuestra manera de consumir noticias. Pero después de caminar y conversar con José Ángel Abad por Gijón, tengo la sensación de que permanece intacto aquello que probablemente llevó a aquel niño asturiano que veía los informativos a querer ser periodista: las ganas de estar allí para contarlo.
Y por una vez, afortunadamente, hoy no tenemos ninguna prisa por entrar en directo.
Lo último en Cool
-
Isabel Sanchís presenta su nueva colección en la MBFW y desvela qué look elegiría para la Reina Letizia «por su elegancia y comodidad»
-
Roberto Ruiz, el chef de Shakira en Madrid con estrella Michelin, desvela el menú VIP de su residencia: «Va a ser una experiencia muy latina»
-
El equipo de Shakira responde a los vecinos de Villaverde y Getafe ante el temor por el ruido y los atascos: «Sería triste que se intentara vetar la música»
-
La Justicia pone fecha al nuevo juicio de Marius Borg por violación y violencia machista: todas las claves
-
El refugio de Julio José Iglesias Jr. en Miami: piscina, jardín mediterráneo, biblioteca y una cocina turquesa
Últimas noticias
-
Flick antes medirse al Sevilla: «No estoy completamente satisfecho porque tenemos margen de mejora»
-
Aluvión de menas en Mallorca: supera por primera vez los 500 tutelados en unos centros sobreocupados un 1.000%
-
Última hora de la actualidad política hoy en directo: comienza el traslado de los invasores al campamento del puerto de Ceuta
-
Isabel Sanchís presenta su nueva colección en la MBFW y desvela qué look elegiría para la Reina Letizia «por su elegancia y comodidad»
-
Feijóo sobre el caótico traslado de invasores al puerto de Ceuta: «Es la imagen de un Gobierno noqueado»