Los niños que hacen esto son más felices y tienen más inteligencia emocional de adultos, según Harvard
En la crianza de los niños, solemos centrarnos en aspectos como el rendimiento escolar, la alimentación o las actividades extraescolares. Sin embargo, hay un elemento esencial que muchas veces pasa desapercibido: su participación en las tareas del hogar.
Aunque a simple vista puede parecer una cuestión menor, permitir que los niños colaboren en casa tiene un gran impacto en su desarrollo emocional, social y cognitivo. Numerosos estudios apuntan a que esta implicación va más allá de aprender a poner una lavadora o barrer el suelo.
Fomentar que los pequeños participen en casa no sólo reduce la carga de trabajo de los adultos, sino que también contribuye a que ellos desarrollen valores como la responsabilidad, la empatía y el trabajo en equipo. Aprenden que su aportación es valiosa, que forman parte de un engranaje familiar donde cada acción cuenta. Lejos de ser una carga, se convierte en una fuente de autoestima y conexión emocional con su entorno más cercano.
Tareas domésticas como herramienta educativa
Cuando los niños participan en actividades como recoger la mesa, tender la ropa o ayudar a organizar la compra, están aprendiendo competencias fundamentales. Según el reconocido «Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard», existe una correlación directa entre colaborar en casa desde la infancia y tener éxito personal y profesional en la vida adulta. Esta investigación concluye que las tareas domésticas fortalecen la autonomía, fomentan la cooperación y refuerzan el sentimiento de pertenencia.
Impacto emocional y social
Uno de los aspectos más valiosos de incluir a los más pequeños en las tareas domésticas es el impacto que esto tiene sobre su inteligencia emocional. Estudios han demostrado que los niños que asumen responsabilidades en el hogar tienden a mostrar más facilidad para relacionarse con sus compañeros, gestionar sus emociones y resolver conflictos. La psicóloga Susan Newman lo resume así: cuando un niño se siente parte activa del entorno familiar, se percibe como una persona capaz y necesaria.
Estas experiencias también ayudan a reforzar la autoestima. Al ver que pueden hacer cosas por sí mismos y que sus acciones tienen consecuencias positivas, los niños adquieren confianza en sus capacidades. Poco a poco, interiorizan que el éxito es fruto del esfuerzo y no del azar.
Beneficios en el desarrollo cognitivo y motor
Colaborar en el hogar también contribuye al desarrollo físico y cognitivo. La pediatra de desarrollo Rebecca Scharf afirma que cuando los niños lavan platos, doblan ropa o colocan objetos en su lugar, están entrenando tanto la motricidad fina como la gruesa. Estos movimientos, aparentemente simples, ayudan a fortalecer la coordinación y la precisión.
A esto se le suma el desarrollo del lenguaje y de las habilidades de negociación social. Mientras los niños participan en las tareas, suelen comunicarse, pedir ayuda, proponer ideas o resolver desacuerdos. Todo ello forma parte de un proceso natural que potencia el aprendizaje de habilidades sociales fundamentales. Además, asumen rutinas y estructuras, lo que les da una sensación de orden y seguridad.
La importancia de la constancia y la paciencia
Como padres, es importante entender que el proceso de aprendizaje lleva tiempo. Susan Newman recuerda que cuando los adultos intervienen para corregir o rehacer lo que el niño ha hecho, se transmite el mensaje de que no es capaz o de que su esfuerzo no merece la pena.
Por eso, es fundamental dejar que sean ellos quienes hagan la tarea, aunque no sea perfecta. Con cada intento, mejorarán. Y cada pequeño logro, por simple que parezca, debe ser reconocido. Esto no significa premiar constantemente, sino valorar y reforzar su participación como parte del funcionamiento del hogar.
Adaptar las tareas según la edad
No todas las responsabilidades son adecuadas para todas las edades, por lo que es importante adaptar las tareas al desarrollo del niño. El Child Development Institute propone una guía por edades que puede ser muy úcil de seguir. Por ejemplo, a los dos o tres años, los niños pueden empezar por acciones sencillas como llevar su ropa sucia al cesto, colocar los juguetes en su sitio o llenar el cuenco de comida de la mascota.
Entre los cuatro y cinco años, ya pueden hacer su cama con ayuda, poner y quitar la mesa, o quitar el polvo con un paño. A medida que crecen, se pueden ir añadiendo responsabilidades como preparar pequeños almuerzos o pasar la aspiradora, por ejemplo. Lo importante es que estas actividades se presenten como parte de la vida familiar, no como una imposición o un castigo.
Para que los niños se impliquen de forma natural, el ambiente en casa debe favorecer la colaboración. Esto implica que los adultos también den ejemplo y que se fomente una cultura de cooperación en lugar de autoridad. Incluir a los niños en la planificación de las tareas, dejarles elegir cuáles quieren hacer o establecer rutinas familiares donde todos participen son estrategias muy efectivas.
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