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Pese al ruido y las dudas, sólo queda Vox

Los escritores como yo, alejados de grandes alardes intelectuales o de refinadas maestrías literarias, chocamos con frecuencia contra el muro del bloqueo creativo. Y quizá no sea casualidad. Tal vez ese bloqueo no sea otra cosa que el reflejo de un estado interior: el caos.

Esta semana pensaba escribir sobre eso. Sobre el caos como estado mental. Pero basta levantar la vista para comprender que ese desorden íntimo no es solo mío. Es también político, social, nacional.

Y ahí encaja todo.

Porque mientras uno intenta ordenar ideas, observa cómo el partido en el que milita, Vox, atraviesa sus propias turbulencias. Salidas forzadas, nombres relevantes que se marchan —Ortega Smith, Espinosa de los Monteros, Olona— y un ruido creciente que, inevitablemente, genera inquietud en quien está dentro.

No voy a fingir lo que no sé. Ignoro los detalles, las causas profundas. Pero sí percibo algo evidente: las críticas arrecian y no sólo desde los adversarios tradicionales.

A los ataques previsibles de la izquierda —esa letanía gastada de «ultraderecha», «fascismo» y demás etiquetas neolíticas— se suma ahora un fenómeno más inquietante: parte de la derecha mediática ha decidido que Vox nunca acierta. Que todo está mal. Que nada es suficiente. Que ni siquiera es legítimo afirmar aquello de «sólo queda Vox».

Y entonces surge la pregunta inevitable. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos los españoles que estamos hartos de un PSOE que ha hecho de la mentira y la cesión su forma de gobierno? ¿Qué hacemos ante un Pedro Sánchez sostenido por quienes quieren romper España?

Pero también: ¿qué hacemos con un Partido Popular que ya decepcionó cuando tuvo la oportunidad? ¿Dónde quedó la firmeza de Rajoy? ¿Dónde está la prometida regeneración? ¿Dónde está la respuesta al desafío separatista? ¿Dónde la defensa sin complejos de España?

Muchos recordamos aquel bolso en el escaño de Soraya Sáenz de Santamaría como símbolo de una época: la de la renuncia, la de las oportunidades perdidas, la de una derecha incapaz de dar la batalla cuando debía hacerlo.

Y, sin embargo, cuando señalamos que PP y PSOE son, en demasiadas ocasiones, dos caras de una misma moneda, se nos reprocha que pactemos con el primero. Como si no fuera evidente que, en determinadas circunstancias, se elige simplemente el mal menor.

Porque Vox no ha nacido para ser comparsa. Ha nacido para gobernar. Y esa aspiración no sólo es legítima: es necesaria para millones de españoles que ya no se sienten representados por el sistema actual.

Un sistema que ha permitido que herederos de ETA estén en las instituciones, que golpistas dicten condiciones, que el castellano sea arrinconado en su propia nación y que España se diluya entre cesiones, complejos y chantajes.

Por eso, pese al ruido, pese a las dudas, pese al caos, hay una realidad que muchos no quieren admitir: sólo queda Vox.

No como consigna vacía, sino como última alternativa para quienes no se resignan. Para quienes no aceptan que España siga deshaciéndose entre traiciones, cobardías y cálculos partidistas.

Porque si Vox falla, si desaparece como opción real, no quedará una alternativa política clara para millones de españoles. Quedará, en el mejor de los casos, el refugio íntimo. El silencio. La resignación.

Y entonces comprenderemos que todo este caos no era sólo una sensación. Era el preludio de algo peor.