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Papeles sí, pero ‘forasters’ no: el cinismo al descubierto

Hay algo profundamente obsceno en el debate migratorio que hoy se libra en Mallorca y en todo el territorio nacional. No obsceno por incómodo, sino por hipócrita. Los mismos que durante décadas han señalado, despreciado y caricaturizado al español peninsular que llegó a la isla a trabajar (el eterno foraster, pronunciado con suficiencia moral y acento identitario) se erigen ahora en adalides de la acogida universal, del abrazo sin límites y del «aquí cabemos todos». No es una paradoja: es un fraude moral.

Durante años, el mallorquín que no lo era de ocho apellidos fue tratado como un intruso tolerado. Se le reprochó no hablar la lengua «correcta», no compartir la «sensibilidad» adecuada, no entender el «hecho diferencial». Muchos de ellos levantaron hoteles, hospitales, carreteras y escuelas. Pagaron impuestos, formaron familias y sostuvieron el tejido productivo de Baleares. Aun así, siguieron siendo forasters. Españoles, pero de segunda.

Hoy, esos mismos sectores (separatistas e izquierda indistinguible) celebran una regularización masiva decidida por decreto, sin debate serio y sin análisis del impacto real sobre un territorio ya exhausto. Lo hacen en nombre de los derechos humanos, como si la aritmética demográfica pudiera anularse con consignas y como si la solidaridad consistiera en negar la realidad material.

Mallorca no es un concepto abstracto. Es un espacio limitado, con servicios saturados, con una emergencia habitacional insoportable y con unas infraestructuras que no dan más de sí. Decir esto no es xenofobia; es sentido común. Lo irresponsable es fingir que la isla puede absorber indefinidamente población sin colapsar su sanidad, su educación y su convivencia.

La regularización masiva no integra: desordena. No cohesiona: tensiona. Y no protege a los más vulnerables: los convierte en munición política. Porque mientras el Gobierno de Pedro Sánchez se felicita por su gesto «histórico», nadie explica quién asume el coste, quién gestiona la presión añadida ni quién responde cuando el sistema falla. Desde luego, no quienes firman decretos desde Moncloa ni quienes agitan banderas identitarias desde los púlpitos locales.

El cinismo alcanza su cima cuando quienes insultaron al trabajador español llamándolo foraster se presentan ahora como campeones de la inclusión. ¿Inclusión de quién? ¿Y a costa de qué? ¿Por qué el peninsular que vino honradamente a trabajar merecía desprecio y el recién llegado ilegal merece aplauso automático? La respuesta es incómoda: porque unos sirven al relato identitario y otros no.

Defender fronteras, legalidad y orden no es deshumanizar. Es proteger la convivencia y la igualdad ante la ley. Mallorca necesita políticas responsables, no gestos ideológicos; necesita integración real, no regularizaciones masivas; y necesita menos hipocresía moral y más respeto por quienes ya están aquí.

Porque la verdadera solidaridad empieza por decir la verdad. Y la verdad es que el cinismo ya no cabe en la isla.

* David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca