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LA BUENA SOCIEDAD

El hotel que olvidó su memoria

Hubo un tiempo en que el Hotel Formentor era mucho más que un hotel. Era una promesa. Un mirador sobre el Mediterráneo donde la aristocracia y la del dinero europea , y de medio mundo, venía a buscar silencio, donde los poetas se bañaban en la bahía antes de escribir y donde el rumor de los pinos se mezclaba con el tintinear de la cristalería inglesa.

Era, también, una idea que todavía persiste en la mente de romanticones como un servidor que creen que la vida merece ser bonita. La idea de que Mallorca podía ser refugio y elegancia a partes iguales. Refugio puede, elegancia, dejémoslo ahí y seamos optimistas, aunque mi experiencia me dice que un hotel muere cuando sus fantasmas desaparecen. Los fantasmas son los recuerdos que quedan impregnados en las paredes, en las flores marchitas, en los paseos hacia el mar de los que eligieron este lugar único para crecer con el. Y se acabó. Ya no hay fantasmas, pero persiste el recuerdo y el agradecimiento de todo un pueblo que se niega a perder su memoria, su propia memoria, su historia, la que les abrió las puertas a un mundo que hasta entonces quedaba muy lejano, inaccesible. Y llegó en forma de sueño una revolución capaz de expandirse por todo el mundo. Los genios lo son por algo.

El sueño empezó en 1929 con Adán Diehl, un argentino visionario que imaginó en la península de Formentor un templo dedicado al arte y la belleza. Diehl levantó el hotel con una mezcla de locura, dinero porteño y gusto por lo sublime. Fue anfitrión de intelectuales, pintores, aristócratas que llegaban por mar con baúles y libros. Y sus propios caballos. Aquellos días olían a tinta, a madera encerada y a brisa. El hotel era una extensión de la cultura, una embajada del buen gusto en mitad de la naturaleza salvaje del norte de Mallorca. Tanta era su pasión por la perfección del buen recibir que murió arruinado y no fue el único. La grandeza de Formentor, al menos hasta que cayó en manos de hoteleros del negocio, fue que no se gestionó como negocio, sino como una utopía.

El Hotel Formentor antes de la reforma.

Más tarde llegarían otros nombres, otras manos. El Formentor sobrevivió a guerras, crisis y modas. Fue escenario de encuentros improbables: Winston Churchill, Audrey Hepburn, Charles Chaplin, Grace Kelly y el príncipe Rainiero, John Wayne, Peter Ustinov, Plácido Domingo, los príncipes de Lieja, más tarde Reyes de los Belgas, Carolina y Ernesto de Hannover con sus hijos, disfrutando de Pollença, porque Formentor no se vive aislado, antes al contrario, se muda a donde le da la gana. La familia Hannover comía pasta en la plaza del pueblo, el doctor Barraquer pasaba horas al teléfono protegido por la casa, Adolfo Suárez hacía política sin darse cuenta tratando al personal como si fueran amigos de toda la vida, y podría seguir.

Todos pasaron por allí como si lo hicieran por un salón flotante entre los siglos XIX y XX. Nadie salía de Formentor siendo el mismo. En sus terrazas, las conversaciones se convertían en leyenda. Y en ocasiones señaladas se destacaban esas leyendas regándolas en champán.

El nuevo y reformado Hotel Formentor, ahora de la cadena Four Seasons.

Concha Velasco disfrutaba de un helado refrescante a media tarde, estirada sobre la arena, y su voz placentera se hacía escuchar en media playa. No se la molestaba, era una más, una estrella más en un firmamento de estrellas, donde el sol a veces era Carlos Fuentes, siempre acompañado de su fabulosa esposa. Charlar con él tras el almuerzo era una alucinación que solo el Formentor podía regalarnos.

El sol también se posaba sobre las cabezas de Camilo José Cela, Carlos Barral, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Italo Calvino, devolviendo al hotel su espíritu fundacional con el Premio Formentor de las Letras, una cita que transformó aquellas paredes en el epicentro literario del Mediterráneo. Pocas veces un edificio supo conjugar tan bien la elegancia y el pensamiento. Desde su fundación iban de la mano.

La metamorfosis del siglo XXI constató que los tiempos cambian y a veces no para mejor. En el siglo XXI, el Formentor fue vendido, reformado, reimaginado. Hoy el nombre reluce de nuevo bajo la cadena Four Seasons, con la que tenido la inmensa suerte de poder trabajar mostrando sus hoteles más emblemáticos de medio mundo. Les respeto enormemente. El nuevo Four Seasons Formentor crece gracias a una inversión monumental y un cierre prolongado. El edificio brilla, sí, pero para muchos brilla de otra manera, a la que habrá que acostumbrarse, como hemos hecho tantas veces a lo largo de los años de cambios que convertían semanas en decenios, meses en milenios y mientras la vida, la nuestra, se esfumaba.

Zona de las piscinas.

Los propietarios de las primeras épocas sucumbieron a la ruina con dignidad. Los que llegaron después no acabaron de entender la diferencia inmensa entre un hotel y una cadena de hoteles. Tras la última venta, los muebles que habían usado los grandes de otro tiempo, sus vajillas, cuberterías, etc, fueron vendidos en mercadillo. No pude ir a ver ese entierro. Después, el interior histórico fue vaciado, las maderas sustituidas por materiales importados, los recuerdos desterrados en nombre del nuevo lujo. En Pollença, el pueblo que siempre lo consideró suyo, muchos sienten que lo han perdido dos veces: una, cuando se cerró y otra, cuando se reabrió.

El nuevo Formentor se presenta con un aire tropical, casi caribeño, ajeno al carácter sobrio y mediterráneo que siempre lo definió. El mármol y el diseño internacional han sustituido el rumor de los viejos ventiladores, el perfume de los pinos y el retrato de Adán Diehl que antes presidía el vestíbulo. Qué falta de respeto. Todo parece impecable, pero algo esencial se ha evaporado, la vida, con sus fantasmas a cuestas.

La herida invisible queda en el pueblo, las conversaciones son discretas pero firmes. Dicen que el hotel ha olvidado su alma, que sus muros ya no cuentan historias, que se ha convertido en una postal sin pasado. Los vecinos hablan de un «mal trabajo de relaciones públicas», pero en realidad lo que describen es una pérdida de vínculo. Lo han hecho mal. Si yo les contara ese tono de perdonavidas que utilizan las señoritas encargadas de que fluya la vida. El Formentor siempre fue más que un negocio: era una parte del paisaje emocional de Mallorca. Hoy, para muchos, es un lugar al que se entra con tarjeta, pero no con memoria.

La sanción del Ayuntamiento de Pollença -más de un millón de euros por irregularidades urbanísticas- no ha hecho sino agrandar la brecha. La cantidad me parece ridícula tratándose de la compañía que sustenta el nuevo sueño de unos pocos. Y es que la distancia entre la promesa fundacional de Adán Diehl y el marketing actual del «nuevo icono del lujo» es demasiado evidente.

Parte exterior de una de las zonas de habitaciones.

El Formentor de hoy parece hablar un idioma global, el mismo que enciende los resorts de Dubái o del Caribe. Pero en ese idioma no hay palabra que signifique nostalgia. Un Dowton Abbey que ha muerto quizás porque nos ha faltado una Lady Mary. Quizá la historia podría haberse escrito de otro modo. En lugar de convertirse en un escaparate de lujo, el Formentor podría haber sido la gran Escuela de Hostelería de Mallorca, un centro donde enseñar el arte de la hospitalidad que allí se inventó. Habría sido la manera más elegante de conservar su espíritu: educar a nuevas generaciones en el oficio de recibir, de servir con estilo, de entender que un hotel puede ser cultura. Es la más grande de las culturas, la del bienestar desde la paz, la del respeto, la de la sonrisa que no resuena como si se tratara de la de un colega.

Porque si algo definía al Formentor era precisamente eso: su cultura. No la cultura del lujo, sino la del detalle, del silencio respetuoso, de la conversación que se alarga sobre el mar. En sus mejores años, el hotel enseñaba sin proponérselo lo que hoy llaman «hospitalidad emocional»: saber acoger sin ostentación, hacer sentir sin prometer. De eso vivíamos todos, de la hospitalidad sin esperar nada a cambio.

Otra de las zonas exteriores del hotel.

Sin embargo, quiero creer que un eco resiste. Quizá todavía haya tiempo para que el nuevo Formentor recupere algo de esa memoria. Que en alguna de sus suites cuelgue una fotografía de Grace Kelly o que el bar lleve el nombre de Churchill o que la biblioteca vuelva a tener los lomos de los escritores que lo hicieron famoso. Que su historia no se limite a un folleto en la recepción. ¡Llamen ya a Jaume Cortés Servera!

Porque un hotel con alma no se mide por su precio ni por su diseño, sino por la cantidad de recuerdos que deja flotando en la memoria de quienes lo pisan. Y en ese sentido, el viejo Formentor sigue siendo insuperable.

Hoy, en la bahía de Pollença, el viento sigue oliendo a pino y a sal. Si uno cierra los ojos, aún puede escuchar el murmullo de los escritores, el eco de las copas y el rumor de los invitados que bajaban por la escalera principal rumbo a la cena. De gala, dispuestos a pasar la mejor de las noches.

Quizá ése sea el verdadero Formentor, un espejismo de elegancia que resiste, a pesar de todo, en la memoria de la isla. Estamos a tiempo.