La cultura con cerrojo que algunos llaman libertad
La polémica por la suspensión de la conferencia de la historiadora mallorquina Laura Miró ya no es una simple anécdota: es el espejo en el que la OCB se ve a sí misma sin maquillaje. Una charla histórica sobre los xuetas -una conferencia tranquila, académica, casi doméstica- termina cancelada por miedo a opiniones distintas, a «perfiles ideológicos no convenientes». Y por si el bochorno fuese poco, la Federación de Comunidades Judías acusa a la OCB de ejercer una «censura evidente». Cuando la acusación de censura viene de una comunidad que sabe bien lo que significa ser silenciada, uno espera, al menos, un mínimo de pudor. Pero la OCB siguió adelante como si nada.
En Vox lo vemos con claridad meridiana: esta entidad no es víctima de un malentendido ocasional. Ha convertido la cultura en un territorio vigilado. Y no es algo nuevo: su catalanismo obligatorio, ese empeño en imponer una identidad única a una Mallorca que siempre ha sido plural, forma parte de su ADN desde que nació en los años sesenta, en plena dictadura. Una época en la que, paradójicamente, logró funcionar bajo la tolerancia gris del franquismo, acomodándose lo justo para sobrevivir mientras promocionaba un catalanismo selectivo. Que ahora quieran presentarse como estandarte de libertad cultural tiene, como mínimo, un punto de ironía histórica.
La cancelación de la charla de Miró no fue, por tanto, un accidente: fue coherencia. Coherencia con una entidad que lleva décadas dictando qué lengua es aceptable, qué identidad es válida, qué historia merece ser contada. Y, sobre todo, quién tiene derecho a hablar. Que una conferencia sobre los xuetas -un tema sensible, sí, pero estrictamente académico- sea torpedeada por miedo a la disidencia ilustra una verdad incómoda: la OCB no protege la cultura, la administra como si fuera una aduana ideológica.
Si uno lo piensa, la escena tiene algo tragicómico: la sala preparada, los asistentes interesados, la historiadora con sus papeles… y de repente, un directivo de la OCB con cara de haber visto un espíritu: «Aquí puede haber opiniones contrarias». Qué terror, qué amenaza, qué catástrofe: ¡una charla con matices! Esa reacción revela una fragilidad intelectual que desmonta cualquier aspiración a referente cultural.
Su catalanismo obligatorio -impuesto durante décadas a golpe de subvención, presión moral y monopolio simbólico- no tolera desviaciones. No soporta la pluralidad real, ésa que incluye castellanohablantes, mallorquines que no comulgan con el relato separatista, historiadores que piensan por su cuenta o ciudadanos que prefieren la libertad a la doctrina.
Y lo peor no es que la OCB tenga esa visión; lo peor es que pretende pagarla con el dinero de todos. Una entidad que ejerce censura cultural, que decide quién puede hablar y quién no, que señala al discrepante como intruso, no debería recibir ni un euro público. Si quieren seguir imponiendo su catecismo catalanista, que lo hagan con las cuotas de sus socios, no con los impuestos de quienes ellos mismos consideran ideológicamente «indeseables».
Mallorca merece instituciones valientes, merece una cultura abierta, no un manual de instrucciones. Merece recordar que la pluralidad no es un peligro, sino su riqueza.
Desde Vox lo decimos claro: la OCB no es un referente cultural. Es un aparato ideológico que teme la verdad porque no puede controlarla. Y cuando una institución teme la historia, la censura. Lo ocurrido con Laura Miró no es un episodio aislado; es el síntoma de un mal mayor.
La cultura que calla no es cultura. Es poder. Y la OCB hace tiempo que eligió el poder.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca
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