La psicología dice que los nacidos entre 1951 y 1971 tienen más tolerancia al silencio porque su cerebro se configuró así al crecer sin televisión constante ni notificaciones
Las personas mayores ven el silencio como un estado más natural
¿Qué beneficios nos aporta estar en silencio?
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El silencio es algo bastante curioso ya que mientras a unos les resulta cómodo, incluso necesario, a otros les dura poco ya que enseguida necesitan poner algo de fondo, aunque sea sin prestarle mucha atención. No es sólo una cuestión de carácter, como se suele decir sino que la psicología revela que existe una generación de personas, o aquellas anteriores a la era digital actual que no sólo soportan mejor estar en silencio sino que lo ven como algo natural.
En concreto, quienes nacieron entre 1951 y 1971, aproximadamente, suelen llevarse mejor con esos momentos sin ruido. No les incomodan, no sienten la necesidad de llenarlos constantemente. De hecho, en muchos casos, forman parte de su rutina sin más. La explicación tiene más que ver con el entorno en el que crecieron que con cómo son ahora ya que su infancia fue distinta a la de hoy con cero pantallas, menos estímulos constantes y, sobre todo, más momentos en los que no pasaba nada en términos de sonido. Y eso, aunque no se note a simple vista, termina marcando.
La psicología dice que los nacidos entre 1951 y 1971 tienen más tolerancia al silencio
Quienes nacieron en esas décadas entre 1951 y 1971 vivieron una realidad sonora muy distinta. No había móviles, ni redes sociales, ni vídeos reproduciéndose a todas horas. Tampoco la televisión estaba encendida todo el día y la radio se encendía en momentos puntuales. Entre una cosa y otra, el silencio aparecía de forma natural.
Ese detalle, que ahora puede parecer menor, en realidad tiene bastante peso. La neurociencia explica que el sistema nervioso se adapta a lo que recibe durante la infancia. Es decir, el cerebro aprende qué es lo habitual según el entorno en el que crece. En ese contexto, el silencio no se interpretaba como ausencia de estímulo. Era simplemente lo normal. Un momento sin ruido no generaba inquietud, porque no había nada que faltara.
El sistema nervioso se calibra en la infancia, y eso se arrastra durante años
Uno de los puntos más interesantes que señalan los estudios es cómo se ajusta el umbral de estimulación. Un cerebro que crece con menos ruido ambiental necesita menos estímulos para sentirse activo o alerta. Por eso, en la edad adulta, muchas personas de esta generación no sienten esa necesidad constante de tener algo sonando de fondo. Pueden estar en silencio sin problema, concentrarse mejor o simplemente descansar sin estímulos externos.
Aquí también entra en juego la evolución del propio cerebro con los años. La corteza prefrontal, que tiene que ver con el control de impulsos y la regulación emocional, madura con el tiempo. Eso hace que el silencio se lleve mejor, sin esa sensación de incomodidad. Pero no es sólo una cuestión biológica sino que también tiene que ver con los recuerdos. Para quienes crecieron así, el silencio está ligado a momentos cotidianos, no a algo que haya que evitar.
El contraste con quienes han crecido en un entorno digital
El cambio se nota bastante cuando se compara con generaciones más jóvenes. Para muchos de ellos, el silencio no es neutro. Se percibe más bien como algo que falta, como si hubiera que rellenarlo enseguida. La razón vuelve a estar en la infancia. Un entorno con estímulos constantes, notificaciones, vídeos y sonido de fondo eleva el nivel de estimulación que el cerebro considera normal.
Cuando ese nivel baja de golpe, aparece una ligera incomodidad. No siempre se identifica como tal, pero se traduce en la necesidad de encender algo, mirar el móvil o poner música. La psicología conductual habla en estos casos de una menor tolerancia a la baja estimulación. No es un problema de carácter, sino una consecuencia bastante directa del entorno en el que se ha crecido.
Lo que dice la ciencia sobre el silencio y el cerebro
Más allá de las diferencias entre generaciones, la investigación también se ha centrado en qué ocurre en el cerebro cuando hay silencio. Y los resultados llaman la atención. Incluso periodos cortos, de apenas unos minutos al día, se han relacionado con efectos positivos. Por ejemplo, se ha visto que el silencio puede favorecer la memoria y el aprendizaje.
También influye en los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés, que tiende a reducirse en entornos tranquilos. Esto se traduce en una sensación de calma bastante clara. Además, durante esos momentos se activa lo que se conoce como la red neuronal por defecto, relacionada con la creatividad, la reflexión y el procesamiento emocional. Es decir, el cerebro no se apaga, sino que simplemente cambia de ritmo.
¿Se puede cambiar esta relación con el silencio?
Aunque la infancia influye mucho, no todo queda fijado para siempre. El cerebro mantiene cierta capacidad de adaptación también en la edad adulta. Eso significa que es posible acostumbrarse poco a poco al silencio. No hace falta hacer grandes cambios, sino que a veces basta con reducir el ruido de fondo en casa o pasar unos minutos al día sin estímulos. Al principio puede resultar extraño, sobre todo si se está acostumbrado a tener siempre algo sonando. Pero con el tiempo, esa sensación cambia y se vuelve más llevadera.
Un hábito que antes era normal y ahora se valora más
Quienes crecieron sin ruido constante no buscaban desarrollar una relación especial con el silencio. Simplemente era lo que había. Formaba parte del ritmo de vida. Sin embargo, lo que antes era normal, ahora empieza a verse de otra manera. En un entorno lleno de estímulos, el silencio se ha convertido casi en un recurso.
La psicología no habla de generaciones mejores o peores, sino de contextos distintos. Y en ese sentido, el silencio que acompaña a quienes crecieron en otra época no es sólo una costumbre. Es también una forma de entender el día a día que hoy, poco a poco, empieza a recuperarse.
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