La psicología confirma que las personas mayores que repiten las mismas historias constantemente no están perdiendo la memoria, sino que seleccionan qué versión de sí mismas quieren conservar
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En todas las familias hay historias o anécdotas que terminamos aprendiendo casi de memoria. Qué estudió el abuelo, cuándo encontró su primer trabajo, cómo conoció a su pareja, aquel viaje que hizo cuando era joven o una anécdota que vuelve a aparecer cada vez que la familia se reúne. Basta escuchar las primeras palabras para saber incluso cómo terminará. Con los años, esta tendencia a regresar una y otra vez a determinados recuerdos puede hacerse más frecuente y es fácil relacionarla únicamente con la edad o con problemas de memoria aunque la psicología tiene mucho que decir al respecto.
De hecho, recordar y contar repetidamente episodios del pasado puede cumplir una función psicológica. Hace décadas que los investigadores estudian la importancia que adquiere la memoria autobiográfica durante el envejecimiento y cómo determinados recuerdos ayudan a construir una narración coherente de la propia vida. Uno de los conceptos fundamentales para entender este proceso apareció en los años 60 de la mano del psiquiatra estadounidense Robert Butler. y fue denominado como «revisión de vida» (life review). Su planteamiento era que volver sobre determinados acontecimientos permite revisar experiencias, decisiones, relaciones o pérdidas y darles un sentido dentro de la propia biografía. No consiste simplemente en quedarse anclado en otros tiempos. En algunos casos, recordar puede servir para reafirmar quién se ha sido y ordenar una historia personal que abarca ya varias décadas.
Por qué las personas mayores pueden repetir las mismas historias
Robert Butler planteó la revisión de vida como un proceso que puede aparecer de manera natural en edades avanzadas. Al mirar hacia atrás, la persona recupera determinados momentos y los contempla desde la perspectiva que proporcionan los años. Experiencias que en su momento parecían aisladas adquieren otro significado cuando se observan como parte de una vida completa. Pero esto todavía deja una pregunta: ¿por qué aparecen tantas veces las mismas anécdotas? Una de las explicaciones se encuentra en el denominado «pico de reminiscencia». Los estudios sobre memoria autobiográfica han observado que los adultos tienden a conservar una cantidad especialmente elevada de recuerdos correspondientes aproximadamente al periodo comprendido entre los 10 y los 30 años.
No es una etapa cualquiera. Durante esos años suelen producirse muchas primeras veces y decisiones importantes: terminar los estudios, comenzar a trabajar, independizarse, enamorarse, formar una pareja o abandonar el hogar familiar. Son acontecimientos estrechamente relacionados con la construcción de la identidad y, por ello, pueden ocupar un lugar privilegiado en la memoria muchos años después. De ahí que una persona de edad avanzada pueda hablar con enorme frecuencia de algo sucedido cuando tenía 20 años mientras apenas menciona otros periodos mucho más recientes de su vida.
Los recuerdos también ayudan a mantener la identidad
La repetición de determinadas historias tampoco tiene por qué responder únicamente a la intensidad del recuerdo. El psicólogo Jeffrey Webster estudió las distintas funciones de la reminiscencia y desarrolló una escala para analizar los motivos por los que las personas regresan al pasado. Entre esas funciones aparece la construcción y conservación de la identidad. Contar una historia sobre una dificultad que se logró superar, por ejemplo, no transmite únicamente información sobre algo sucedido hace décadas. También puede decir algo acerca de cómo esa persona se contempla a sí misma: alguien valiente, trabajador, independiente o capaz de enfrentarse a situaciones difíciles.
Las anécdotas sirven además para transmitir experiencias a las generaciones siguientes. Una historia repetida muchas veces puede acabar funcionando como una pequeña pieza de memoria familiar. Hijos y nietos conocen el relato, recuerdan sus detalles e incluso pueden llegar a contarlo cuando la persona que lo protagonizó ya no está y es que el destinatario también importa. No necesariamente contamos todos nuestros recuerdos a todo el mundo. Algunas historias aparecen con determinados familiares y otras se reservan para personas concretas. Así, recordar deja de ser únicamente un ejercicio individual y adquiere también una función social.
Repetir una anécdota no es lo mismo que sufrir demencia
Conviene, no obstante, evitar el extremo contrario. Que la repetición de recuerdos pueda formar parte de un proceso normal de envejecimiento no significa que cualquier cambio en la memoria deba atribuirse a la reminiscencia. Una persona puede contar numerosas veces una historia antigua y conservar perfectamente su capacidad para desenvolverse en el presente. Reconoce a quienes la rodean, sabe dónde se encuentra, sigue el hilo de la conversación y puede realizar sus actividades habituales. La repetición, por sí sola, no permite concluir que exista un deterioro cognitivo.
Sin embargo, existen otros factores que pueden hacer saltar todas las alarmas, más allá de repetir historias del pasado como por ejemplo, desorientación, dificultades nuevas para realizar tareas cotidianas, problemas para seguir conversaciones o alteraciones significativas del comportamiento. En esos casos, será un profesional sanitario quien deba valorar qué está ocurriendo.
Por eso, escuchar por enésima vez aquella historia de juventud puede tener un significado distinto del que imaginamos. Los recuerdos autobiográficos forman parte de la manera en la que construimos nuestra identidad, y volver a ellos permite mantenerla, compartirla y transmitirla. Algunas de esas historias repetidas durante años pueden terminar convirtiéndose, además, en los recuerdos que una familia conserva de quien las contó.
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