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Patricia Pradera, psicóloga: «Decirle a un paciente que tiene que ser fuerte puede hacerle más difícil expresar lo que siente»

Patricia Pradera: «La salud psicológica no puede seguir siendo secundaria en la atención sanitaria»

En esta entrevista de OKSALUD, Patricia Pradera, psicóloga sanitaria especializada en psicología de la salud, psicooncología y neuropsicología, comparte su experiencia tras más de 15 años de trabajo en el ámbito hospitalario. Desde su trayectoria acompañando a pacientes y familias en situaciones de enfermedad, pérdida, duelo o dificultad emocional, aborda cómo afrontar el impacto psicológico de un diagnóstico, cuándo la ansiedad necesita atención profesional y por qué la salud emocional debe formar parte de una atención sanitaria integral.

La psicóloga lleva más de 15 años acompañando a pacientes en hospitales, muchos de ellos enfrentándose a un diagnóstico de cáncer, una enfermedad crónica o una situación de enorme incertidumbre. ¿Qué ocurre dentro de una persona cuando la enfermedad irrumpe de repente en su vida?

Un diagnóstico grave, sobre todo si es inesperado, altera la percepción de previsibilidad sobre el propio cuerpo, la autonomía, los proyectos y el futuro. Son frecuentes el miedo, la tristeza, la irritabilidad, la incertidumbre y la sensación de pérdida de control.

En la mayoría de los casos no se trata de un trastorno psicológico, sino de reacciones esperables dentro de un proceso de adaptación a una situación de alta exigencia. Por eso es importante no patologizar el malestar por defecto. La intervención se orienta a que la persona entienda lo que le ocurre, disponga de estrategias de afrontamiento y evitar que el malestar interfiera de forma significativa en su vida diaria, sus relaciones y su capacidad para tomar decisiones.

Un objetivo central es que el paciente recupere cierto grado de control. Hay aspectos de la enfermedad que no puede controlar, pero sí puede intervenir en cómo gestiona la información, cómo pide ayuda, cómo se comunica con su entorno y a qué dedica sus recursos.

Pregunta.- Después de más de 15 años trabajando en hospitales, ¿qué ha aprendido sobre la relación entre la enfermedad física y la salud emocional?

Respuesta.- Que la salud no puede dividirse en física y emocional. Cuando hablamos de salud, hablamos de la persona en su conjunto. La enfermedad se manifiesta en el cuerpo, pero afecta también a cómo la persona piensa, siente, se relaciona y organiza su vida; y esos factores, a su vez, influyen en cómo afronta la enfermedad y en su calidad de vida.

Por eso dos pacientes con el mismo diagnóstico pueden presentar respuestas muy distintas en función de su historia previa, sus estrategias de afrontamiento, el apoyo social, la situación familiar, la información recibida, sus experiencias anteriores con la enfermedad y sus expectativas sobre el futuro.

La atención psicológica no es un complemento del tratamiento médico, sino un componente central de una atención sanitaria integral. La práctica clínica también muestra que muchas personas tienen más capacidad de adaptación de la que anticipan. La intervención psicológica no se limita a reducir el malestar; también identifica y refuerza los recursos con los que ya cuenta el paciente.

P.- Desde su experiencia, ¿seguimos considerando la salud mental como algo secundario dentro de la atención sanitaria?

R.- Se ha avanzado, pero queda mucho por hacer para ofrecer una atención psicológica de calidad. Sigue habiendo una distancia entre el reconocimiento de la importancia de la salud mental y su integración real en los procesos asistenciales.

Ante un diagnóstico complejo, la atención se centra, con razón, en las pruebas, el tratamiento y el pronóstico. Pero el paciente se enfrenta a la vez a otras cuestiones: cómo informar a sus hijos, qué ocurrirá con su trabajo, cómo manejar la ansiedad anticipatoria ante una prueba o cómo tolerar la incertidumbre. Estas cuestiones forman parte del proceso de enfermedad.

La atención psicológica debería estar integrada de forma sistemática en oncología, enfermedad crónica, dolor, cuidados paliativos y, en general, en situaciones que implican cambios relevantes en la autonomía y la calidad de vida. La intervención precoz tiene además un valor preventivo: facilita la adaptación y permite detectar dificultades antes de que se cronifiquen.

P.- ¿Qué ocurre psicológicamente en una persona cuando escucha por primera vez la palabra «cáncer»?

R.- A pesar de la mejora en los tratamientos y en la supervivencia de muchos tumores, el término sigue asociándose de forma inmediata a amenaza vital.

En los primeros momentos es habitual una respuesta de bloqueo. Algunos pacientes recuerdan con precisión una frase concreta de la consulta y apenas el resto de la conversación: una activación emocional intensa reduce temporalmente la capacidad de procesar y retener información. Esto tiene implicaciones prácticas, como la conveniencia de repetir la información en consultas posteriores o facilitarla por escrito.

Después aparecen las preguntas sobre la evolución, el tratamiento, la vida laboral o la comunicación con los hijos, y una elevada intolerancia a la incertidumbre. La intervención debe ajustarse a cada fase. Al inicio suele ser prioritario ayudar a organizar la información, identificar necesidades inmediatas y ofrecer estrategias concretas para las primeras semanas.

Conviene también revisar ciertos mensajes del entorno que, aunque bienintencionados, generan presión: la exigencia de mantenerse fuerte o positivo en todo momento. Estos mensajes pueden inhibir la expresión emocional. El paciente necesita poder expresar miedo, cansancio, enfado o tristeza sin que se interprete como un fracaso.

P.- ¿Cómo se acompaña psicológicamente a una familia cuando el pronóstico del paciente es complicado?

R.- La enfermedad grave afecta al conjunto del sistema familiar: modifica roles, rutinas, responsabilidades y patrones de comunicación. Un fenómeno frecuente es la llamada conspiración del silencio: el paciente evita hablar de sus preocupaciones para no inquietar a su familia, y la familia evita ciertos temas para no dañar al paciente. La intención es protectora, pero con frecuencia produce aislamiento emocional en ambas partes. Uno de los objetivos es facilitar una comunicación veraz y ajustada a lo que cada persona puede asumir.

La intervención incluye abordar los temores, facilitar conversaciones difíciles, apoyar la toma de decisiones y atender las necesidades del cuidador principal. Con niños y adolescentes, la información debe adaptarse a su edad y nivel de desarrollo. Los menores perciben los cambios en el entorno aunque no se les explique nada, y una información adecuada suele resultar más protectora que el silencio.

En el final de vida, el objetivo no es suprimir el malestar emocional que puede formar parte del proceso, sino preservar la calidad de vida del paciente, respetar sus valores y decisiones, y acompañar a la familia.

P.- Vivimos rodeados de información, redes sociales, noticias y estímulos constantes. ¿Estamos generando una sociedad más ansiosa?

R.- El entorno actual refuerza algunos mecanismos implicados en la ansiedad: exposición continua a información, comparación social y una expectativa de respuesta inmediata que reduce la tolerancia a la espera y a la incertidumbre. Las redes sociales, en particular, favorecen la comparación con versiones seleccionadas de la vida de otras personas.

Sin embargo, atribuir la ansiedad a un único factor sería reduccionista. Su origen es multifactorial: intervienen variables biológicas, psicológicas, familiares, sociales y contextuales.

Es necesario distinguir entre ansiedad y trastorno de ansiedad. La ansiedad es una respuesta adaptativa que prepara al organismo ante amenazas y demandas. Pasa a ser clínicamente relevante cuando es desproporcionada, persistente o difícil de regular, o cuando interfiere en el funcionamiento: conductas de evitación, necesidad de comprobación constante, anticipación de escenarios negativos o activación fisiológica mantenida.

En esos casos está indicada una valoración profesional, ya que existen tratamientos psicológicos con eficacia demostrada.

P.- ¿Qué señales en niños y adolescentes deberían llevar a las familias a consultar con un psicólogo?

R.- Más que una conducta aislada, lo relevante es un cambio mantenido respecto al funcionamiento habitual del niño o del adolescente, valorado siempre en relación con su etapa de desarrollo. Muchas conductas que preocupan a las familias son esperables a determinadas edades y no requieren intervención.

Conviene consultar cuando se observan, durante semanas, cambios en el estado de ánimo, como tristeza o irritabilidad persistentes; retraimiento social o abandono de actividades que antes le interesaban; alteraciones del sueño o de la alimentación; quejas físicas recurrentes, como dolores de cabeza o de estómago, sin causa médica identificada; miedos o preocupaciones que limitan su vida diaria, como el rechazo a ir al colegio; o un descenso del rendimiento académico y dificultades de atención o de aprendizaje.

El criterio principal es la interferencia: si esas dificultades afectan de forma significativa a su vida familiar, escolar o social. Cualquier indicio de autolesiones o de ideas de muerte requiere una consulta sin demora.

En la intervención con menores, la familia forma parte del proceso. La evaluación permite diferenciar lo evolutivo de lo clínico y orientar a los padres sobre cómo actuar. Cuando existen dificultades de atención, memoria o aprendizaje, la valoración neuropsicológica ayuda a precisar su origen y su relación con el estado emocional.

P.- Habla de terapias basadas en la evidencia científica. ¿Qué significa exactamente que una terapia tenga evidencia?

R.- Que las intervenciones cuentan con respaldo empírico sobre su eficacia e indicaciones, y no se apoyan solo en la intuición o la experiencia del terapeuta. La práctica basada en la evidencia no equivale a aplicar un protocolo de forma mecánica. Integra la mejor evidencia disponible con el juicio clínico del profesional y con las características, preferencias y valores del paciente.

Trabajo principalmente con terapia cognitivo-conductual y terapias contextuales, como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), e incorporo estrategias de regulación emocional, mindfulness y compasión cuando están indicadas.

El objetivo terapéutico no es eliminar las emociones desagradables, sino modificar la relación que la persona establece con ellas. En determinadas situaciones, el miedo, la tristeza o la incertidumbre son respuestas coherentes con lo que la persona está viviendo. Lo relevante es que no determinen su conducta. La terapia se orienta a identificar los factores que mantienen el problema, desarrollar habilidades y facilitar que la persona actúe de acuerdo con lo que considera importante.

Para quien busca ayuda, esto tiene una traducción práctica. Conviene comprobar que el profesional está habilitado para la práctica sanitaria, como psicólogo general sanitario o especialista en psicología clínica, que está colegiado, y que puede explicar en qué consiste la intervención que propone y en qué se basa.

P.- Para finalizar, ha iniciado un proyecto nuevo, distinto al hospitalario. ¿Nos puede contar cómo y a quién va dirigida esta nueva experiencia clínica profesional?

Patricia Pradera | Psicología es una consulta privada que ofrece atención psicológica a niños, adolescentes y adultos, así como terapia de pareja, de forma presencial en Madrid y online. La consulta mantiene los criterios de la práctica hospitalaria: rigor clínico, intervenciones basadas en la evidencia y una evaluación que considera a la persona en su conjunto.

Se atienden dificultades como la ansiedad, el estrés, los problemas emocionales, el duelo, las crisis vitales y los problemas de pareja o relacionales. También se abordan situaciones relacionadas con la salud, como el diagnóstico de una enfermedad, la enfermedad crónica, el cáncer o la adaptación a cambios en el estado de salud, tanto en pacientes como en familiares.

La incorporación de la neuropsicología permite, además, evaluar dificultades cognitivas, como las de atención, memoria o funciones ejecutivas, y su interacción con el estado emocional y el funcionamiento cotidiano.

La intervención no se limita al síntoma: tiene en cuenta la historia de la persona, su contexto y el momento vital en que se encuentra. Muchas circunstancias no pueden modificarse; el trabajo terapéutico se dirige a cómo la persona se relaciona con ellas y a las decisiones que puede tomar a partir de ahí.