La enseñanza del cardenal Van Thuân sobre la esperanza: «La esperanza no consiste en pensar que todo irá bien, sino en saber que Dios está con nosotros»
La enseñanza y directrices del cardenal Van Thuan sobre la esperanza ha trascendido en la historia. ¿Qué nos enseñaba?
Frase de San Alfonso María sobre la oración
El señor es mi luz y mi salvación
Frase de San Agustín sobre el amor
Hay experiencias límite que reducen la existencia humana a su mínima expresión, despojándola de cualquier artificio, comodidad o certeza terrenal. En esos escenarios de extrema estrechez, donde las estructuras habituales se desploman, surgen a menudo las respuestas más lúcidas sobre la esencia de la fe y la resistencia interior. La figura del cardenal François-Xavier Nguyễn Văn Thuận representa de manera paradigmática esa capacidad de transformar el sufrimiento prolongado en una escuela de madurez espiritual. Años de encierro incomunicado no lograron apagar una convicción muy concreta sobre el sentido último de aguardar contra toda expectativa.
El concepto práctico de la esperanza
Enfrentando el hábito habitual de equiparar la esperanza con un optimismo ingenuo o con la posibilidad estadística de que las cosas salgan bien en una situación difícil, el caso vietnamita nos ofrece un cambio importante que cambia radicalmente el significado de la palabra. No se trata de creer que todo saldrá bien sino que Dios está de nuestro lado. Esta definición hace imposible cualquier concepción fácil o demasiado dulce de la religión ya que pasa de la expectativa humana a la presencia misma.
La importancia de la compañía
Cuando el horizonte inmediato se cierra y los planes personales colapsan, la seguridad ya no descansa en la resolución favorable del conflicto, sino en el vínculo sostenido con una compañía que no defrauda.
Esta perspectiva adquiere un relieve extraordinario al recordar las condiciones en las que fue madurada. El cardenal pasó más de una década confinado en cárceles y celdas de aislamiento, privado de libertad, de contacto regular con los suyos y de los medios más elementales para ejercer su ministerio. En esos habitáculos oscuros y solitarios, cualquier proyección de futuro luminoso rozaba el autoengaño.
Sin embargo, en lugar de ceder al desaliento o a la amargura, centró su atención en exprimir el valor sagrado de cada instante disponible. La grandilocuencia de los proyectos a largo plazo se desvanecía ante la urgencia de vivir el presente con absoluta intensidad, habitándolo con amor y atención plena.
Inseguridad y búsqueda de garantías
Desarrollar una postura así exige un desprendimiento profundo de las propias seguridades. El ser humano tiende de forma natural a buscar garantías tangibles, a trazar planes minuciosos y a medir el valor de su existencia en función de metas alcanzadas o reconocimientos externos. Cuando todo eso desaparece por obra de la intemperie o de la injusticia, el vacío puede resultar vertiginoso.
Es precisamente en esa desnudez donde se abre paso la auténtica dimensión de la confianza. Ya no se trata de negociar con el porvenir mediante cálculos de probabilidad, sino de aceptar la propia vulnerabilidad y dejar espacio a una fuerza que no proviene de los propios méritos.
Las frustraciones diarias
Esta enseñanza trasciende con creces los muros de una celda o las circunstancias de una persecución ideológica. En el trasiego cotidiano, las pequeñas y grandes frustraciones cotidianas ponen a prueba la consistencia de los ideales personales de cualquiera. Sucede con frecuencia que el desánimo se apodera del ánimo cuando los resultados esperados tardan en llegar o cuando los esfuerzos propios parecen caer en saco roto.
Recordar el testimonio de Văn Thuận actúa entonces como un revulsivo contra la queja estéril y el lamento paralizante. El valor de una acción no radica en su visibilidad inmediata ni en el éxito mensurable que produzca, sino en la autenticidad con la que se afronta el deber del momento presente.
El optimismo terrenal
La distinción entre el optimismo terrenal y la esperanza teologal marca también un límite claro frente a la resignación pasiva. Saber que Dios permanece presente en medio de la prueba no significa cruzar los brazos esperando un milagro mágico que altere las leyes de la física o de la historia sin la participación humana. Implica, por el contrario, una intensa actividad interior que se traduce en valentía, en rechazo a la mentira y en fidelidad rigurosa a los propios principios aun cuando el entorno resulte decididamente hostil. La paciencia requerida no es sinónimo de debilidad, sino de una fortaleza bien cimentada que resiste los embates del tiempo y de la incomprensión.
Mirar la realidad desde este prisma ayuda a relativizar las urgencias y los agobios que caracterizan el ritmo de la vida contemporánea. A menudo se invierten energías preciosas en intentar controlar variables que escapan por completo al dominio personal, generando un desgaste estéril.
La propuesta que emana de aquella experiencia carcelaria invita a simplificar la mirada, a confiar el pasado a la misericordia y a dejar el porvenir en manos de la providencia, concentrando toda la capacidad de respuesta en el metro cuadrado que a uno le toca pisar hoy. Esa concentración serena disipa el miedo al mañana y devuelve al individuo el timón de su propia dignidad.
Conclusión
Soñas con futuros perfectos resulta innecesario cuando se descubre que la auténtica paz habita en la certeza de no caminar jamás en solitario, incluso en medio de la noche más cerrada.
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