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La enseñanza de C. S. Lewis sobre Dios que sigue haciendo pensar a creyentes y no creyentes: «Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en la conciencia y nos grita en nuestros dolores»

El pensador y filósofo C.S. Lewis dejó como legado muchas reflexiones humanistas y religiosas. Como esta sobre Dios.

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  • Francisco María
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Hay frases que cruzan las décadas sin perder un ápice de su filo. En El Problema del Dolor, que escribió en 1940 durante los horrores de la Segunda Guerra Mundial y bajo el ruido de las bombas que caían sobre Inglaterra, C.S. Lewis dejó una intuición que sigue inquietando a creyentes y agnósticos: «Dios nos susurra en nuestros gozos, Dios nos habla en nuestra conciencia pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para llegar a un mundo sordo».

Este pensamiento no busca justificar el sufrimiento como un adorno ni minimizarlo con consuelos baratos, sino indagar en su extraña capacidad para desmantelar la ilusión de autosuficiencia en la que tendemos a acomodarnos.

El murmullo de la cotidianidad y la ilusión del control

Resulta revelador empezar por la primera parte de la máxima. El placer, lejos de ser visto como una trampa o algo sospechoso, aparece en la visión de Lewis como un susurro discreto. Una buena comida con amigos, la luz filtrándose por las hojas de un roble en la tarde, la satisfacción del trabajo bien terminado o el goce de una pieza musical. Son experiencias que provocan un agradecimiento casi involuntario.

El problema del susurro es que cuesta escucharlo. Cuando las cosas marchan sobre ruedas, la tendencia natural del ser humano es atribuirse todo el mérito y dar por sentada la estabilidad de su pequeño imperio personal. En los periodos de bonanza nos sentimos invulnerables. El bienestar cotidiano genera una especie de anestesia ligera; no necesitamos hacernos grandes preguntas ni buscar respuestas trascendentes cuando el presente resulta cómodo y predecible.

Ahí es donde el placer pierde su potencia comunicativa. No porque sea malo en sí mismo, sino porque nuestra capacidad de atención es limitada y superficial mientras las necesidades inmediatas estén cubiertas.

El dictamen interno que no nos da la razón

Si el placer le habla al deseo, la conciencia se dirige a la razón y a la voluntad. Lewis dedicó páginas brillantes, especialmente en Mero Cristianismo, a analizar esa sensación persistente de que existe una ley moral objetiva que todos conocemos y que, casi sin excepción, todos quebrantamos.

Esa voz interior no siempre es complaciente. A menudo nos lleva la contraria, nos reprocha un gesto egoísta, nos exige reparar un daño o nos recuerda que hemos actuado por debajo de nuestros propios estándares. Es un diálogo constante donde no tenemos el control absoluto del guion.

Sin embargo, también a la conciencia terminamos acostumbrándonos. Aprendemos a negociar con ella, a buscar justificaciones ingeniosas, a atenuar la culpa mediante el ruido del trabajo o del ocio continuo. La voz de la conciencia suena clara, sí, pero es relativamente fácil subir el volumen de la vida moderna para ahogarla.

La quiebra de las certezas y el impacto del sufrimiento

Entonces irrumpe el dolor. Un diagnóstico médico imprevisto, la pérdida de quien daba sentido a nuestros días, un fracaso profesional devastador o esa angustia existencial que a veces se cuela sin avisar en mitad de la noche. En ese punto, el sistema de amortiguación falla por completo.

Lewis utiliza la imagen del megáfono porque el sufrimiento posee una cualidad ineludible: interrumpe el guion. Imposibilita seguir mirando hacia otro lado. El dolor nos arrebata de golpe la ficción de que controlamos nuestro destino y pone al descubierto una vulnerabilidad que preferíamos ignorar.

Los efectos del dolor

Para el autor británico, no se trata de que Dios disfrute infligiendo castigos, una idea que rechazaba de plano, sino de que la fractura de la existencia nos obliga a mirar hacia lo esencial.

El dolor despierta al sordo no porque le revele verdades cómodas, sino porque dinamita las falsas seguridades. Incluso quien rechaza de pleno la fe se ve forzado, en el trance del sufrimiento, a formular las preguntas decisivas sobre el sentido, la justicia y el valor real de lo que ama. Nadie atraviesa una crisis profunda permaneciendo exactamente igual a como entró en ella.

Una provocación que trasciende las fronteras de la fe

Lo fascinante de este enfoque es que sigue incomodando a todo el espectro filosófico. Al creyente le impide caer en una religión puramente estética o burocrática, recordándole que el misterio de la fe se juega en la prueba y en la aceptación de la fragilidad. Al no creyente le plantea una paradoja difícil de esquivar: ¿por qué el dolor nos resulta tan profundamente aborrecible e «incorrecto» si la vida fuera solo un accidente biológico sin más horizonte que la supervivencia?

La vigencia de la enseñanza de C. S. Lewis no radica en ofrecer una solución matemática a la tragedia humana, sino en cambiar el ángulo desde el que la contemplamos. El sufrimiento deja de ser únicamente un obstáculo absurdo para convertirse en un terreno de confrontación con la verdad de lo que somos.

A través de ese altavoz imprevisto, la existencia se desnuda de lo superfluo, obligándonos a decidir si escuchamos la llamada o si nos limitamos a taparnos los oídos.