Ya no toca moción de censura

Ya no toca moción de censura

Uno de mis primeros jefes cuando empecé a trabajar, hace ya más años de los que quiero recordar, repetía mucho una frase que me ha servido toda la vida para saber elegir bien. Él decía que todo buen negocio debía ser como un buen jamón ibérico y tener su parte de hueso y tocino. Igual que no existe una carne magra que sea un jamón bueno de verdad, nunca encontrarás un camino que te lleve a un buen destino sin atravesar algunas dificultades. Ninguna decisión importante tendrá exclusivamente buenas consecuencias y siempre habrá que poner en una balanza lo bueno y lo malo de cada alternativa para decidirnos por la opción más conveniente.

Llevo meses defendiendo aquí mi opinión favorable tanto a las dos mociones de censura con las que ya ha fracasado Vox como a la posibilidad de que el PP presente una nueva, aun sin tener asegurados los apoyos necesarios para sacarla adelante. He argumentado repetidamente que, contra P. S., la moción de censura se ganaría, aunque saliera derrotada, ya que, como mínimo, serviría para que, en las próximas elecciones generales, todos los que votaran en contra de ella tuvieran que presentarse ante sus electores como cómplices de la corrupción que tiene a este Gobierno enfangado hasta las cejas.

Soy consciente de que la aritmética parlamentaria hace que sea totalmente inviable que una moción de censura reúna los apoyos necesarios para ser aprobada. Sé que es completamente imposible que cuatro diputados del PSOE de Castilla-La Mancha rompan la disciplina de voto para echar a Sánchez, por mucho que hable García-Page. Descarto completamente que ninguno de los socios de derechas en los que se apoya el Gobierno la respalde tampoco, porque tanto el PNV como Junts aún siguen viendo opciones de sacarle más cesiones independentistas. Y mucho menos me parece posible que Podemos, Bildu o ningún otro socio de extrema izquierda vaya a sumar sus votos a los del PP. Ninguno de sus socios va a dejarle caer mientras existan oportunidades de sacarle alguna medida más con la que destruir a España. Por eso, entre las ventajas de presentar una moción de censura, hace tiempo que no contemplo la opción de que sirva para echar a Sánchez.

Aun así, hasta ahora pensaba que había que presentarla fundamentalmente por otras dos consecuencias que valoro como positivas. La primera ya la he explicado, y es retratar a todos sus cómplices de cara a las próximas elecciones. Pero es que, además, el formalismo de la moción de censura permite que en el Parlamento se desarrolle un debate sin trampas sobre todos los casos de corrupción que afectan directamente a Pedro Sánchez, a su familia, a su Gobierno y a su partido. El Partido Popular tendría la oportunidad de hablar con tiempo y sin interrupciones y Feijóo podría explicarles a todos los españoles esos detalles sobre la corrupción sanchista que, a los votantes del PSOE, no les llegan a través de sus medios afines.

Pero, llegados a este punto, el peso del otro plato de la balanza en el que debemos medir las ventajas de no presentar esa moción, es ya mucho mayor y todo apunta a que cada vez lo será más. A diferencia de cómo estábamos hace solamente un mes, hoy ya tenemos a Ábalos condenado a 24 años de cárcel por corrupción, a Begoña Gómez sin pasaporte y a la espera de juicio, al hermano de Sánchez balbuceando con sus torpes explicaciones ante el juez, a la espera de una sentencia que está a punto de caer. Al ex presidente Zapatero cada vez más retratado, no solo con todas sus joyas millonarias, sino con los cada vez mayores descubrimientos que va haciendo la UDEF sobre sus trapicheos. Y el suma y sigue solamente va a seguir creciendo cada vez más. Hace nada, los socialistas decían que no había más que bulos de la prensa de ultraderecha. Ahora que los bulos se han convertido en pruebas, ya no les resulta suficiente arremeter contra la prensa y se ponen a embestir como becerros contra los jueces.

«Cuando el enemigo hace un movimiento falso, hay que guardarse de interrumpirlo», dijo Napoleón Bonaparte cuando, en la Batalla de Austerlitz, rusos y austriacos cayeron en la trampa que él les había tendido y sus mariscales querían aprovechar ese error antes de que aún fuera tan grande como finalmente llegó a ser. Así pues, nunca se debe interrumpir a un rival que está cometiendo un error. Cuanto más tiempo pase, más investigaciones policiales y judiciales aparecerán. El tiempo juega ya a favor de los demócratas, el PSOE y sus socios se irán hundiendo cada vez más. Hay que tener un poco de paciencia, hacer caldo con el hueso del jamón y dejar que se sigan equivocando.

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