Usain Bolt, el Amazonas y la microfelicidad
Hace unos días en plena madrugada, el cansancio de mi cuerpo y mi mente era tan grande que no podía ni dormir, me saltó la noticia en el móvil de que el hombre más rápido del mundo había debutado en un equipo de fútbol de la liga Australiana con victoria, siendo titular y metiendo dos de los cuatro goles de su equipo. Siempre dejó claro Usain Bolt que el quería triunfar en el mundo del fútbol. Leyendo la noticia, recordé los episodios de Jordán con el béisbol. Lo que me llamó la atención es cómo Bolt recordaba, tras dejar el atletismo, que sus últimos meses como atleta era tristeza, desidia y conciencia de que eso que un día era su único pensamiento y su motor en la vida estaba dejando paso o otros proyectos vitales. «Ser el más grande me ha dejado vacío. Necesito resetear. Ser normal. Empezar de cero y demostrarme que puedo ser igual de bueno jugando al fútbol que corriendo. Que soy el mejor en todo lo que me proponga. No solo en una pista de tartán, quiero volver a ser feliz», decía Bolt.
Lo leí y me estremecí… Las ganas de ser el mejor hacen que tu instinto de superación sea infinito. El dolor, pasajero. Lo imposible, posible y los sueños solo el primer paso para hacer realidad lo que deseas desde el corazón pero… el peaje? Dicen que el dolor es pasajero y la gloria eterna, creo más en que el proceso es eterno y la felicidad un pequeño instante. Me metí en la cabeza de Bolt por un segundo y estoy convencido de que cambiaría algunas de sus medallas olímpicas e incluso algún récord mundial por levantar la Copa del Mundo con su país, Jamaica.
La exigencia de algunos seres humanos, la perseverancia, el querer llegar sí o sí hasta la cima, la meta o el final de la travesía hace que el sentimiento de sentirte completo sea maravilloso, pero efímero. Un simple instante entre cruzar la meta y reprocharte vencedor, que podías haber ido más rápido, meter otro gol, tardando menos tiempo, nadado más veloz o corriendo más intensamente hasta la cima de aquella montaña. Aún sabiendo que no, sigues pensando que sí. Yo lo llamo microfelicidad. Instantes pasajeros que se quedan en ti, para siempre y que hay que domarlos muy bien para que no se transformen en pesadillas.
Después de leer ese reportaje. En medio de la madrugada. Me fui a dar un paseo con Leia. Un galgo maravilloso que genera luz por donde pasa. La mire a los ojos antes de salir a caminar, le dije: «¿Voy a pasear un rato, quieres venir?». Levantó la cabeza y la giró hacia el reloj gigante del pasillo y me devolvió la mirada como diciendo: «Si voy a darme el madrugón, corramos, ¿no?». Nos entendimos rápido y acabamos corriendo más de una hora, mientras miraba mis manos doloridas por los largos entrenamientos de remo pensando ya en un próximo reto. Amazonas y la travesía de supervivencia de 350 kilómetros en canoa, en solitario. Quizás Bolt no gane nunca la Copa de Mundo, pero vuelve a tener una microfelicidad disfrazada, ahora, de balón de fútbol…
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