Todo el mundo influye en las elecciones de todo el mundo
Friedrich Merz ha hecho esta semana una divertida imitación del capitán Renault en Casablanca –»¡Qué escándalo, aquí se juega!»– al quejarse de presuntas injerencias americanas en las elecciones europeas. Es un caso carcajeante de la sartén sermoneando al cazo.
Y es que Alemania acaba de descubrir que las injerencias extranjeras son intolerables. El Gobierno de Friedrich Merz ha protestado indignado porque la Administración Trump pretende financiar organizaciones europeas favorables a la soberanía nacional, el control migratorio o la libertad de expresión. Ahora, estas quejas podrían ser admisibles en cualquier otro lugar; pero en un país de la Unión Europea tienen mucho de sarcasmo y rostro de cemento.
La queja, de hecho, no existiría aunque las cantidades destinadas a influir en el voto fueran diez veces mayores, siempre que se dirigieran hacia las opciones que la eurocracia considera «legítimas». Pero esta vez van en dirección contraria, y toda Europa (entiendan la hipérbole) está indignadísima.
Porque la Unión Europea, fundada como una alianza económica y comercial, un «Mercado Común», va camino de convertirse en una URRSS con un emoticón sonriente por bandera: demoniza gobiernos incómodos, financia organizaciones civiles, condiciona ayudas, impulsa campañas políticas y emite juicios sobre la calidad democrática de sus propios Estados miembros. Todo en nombre de una «democracia» que brilla por su ausencia en las instituciones comunitarias.
En septiembre de 2022, pocos días antes de las elecciones italianas, Ursula von der Leyen advirtió de que, si Italia elegía «una dirección difícil», Bruselas disponía de «herramientas». Era una forma elegante de recordar que los votantes son soberanos… hasta cierto punto.
Después vino Rumanía. Unas elecciones presidenciales fueron anuladas cuando el candidato que encabezaba la primera vuelta dejó de gustar a las instituciones europeas. Más tarde sería apartado definitivamente de la carrera. Y entonces Thierry Breton cometió el error que nunca cometen los buenos burócratas: decir en voz alta lo que normalmente se susurra. «Lo hicimos en Rumanía y, evidentemente, tendremos que hacerlo en Alemania si fuera necesario». Hay frases que explican una época mejor que un tratado entero.
Moldavia tampoco pasó precisamente inadvertida. La implicación política, económica y mediática de las instituciones occidentales fue tan intensa que habría bastado con invertir los papeles para escuchar durante meses acusaciones de colonialismo político, manipulación electoral y ataque a la soberanía nacional. Como los candidatos favorecidos eran los correctos, aquello pasó a llamarse «apoyo a la democracia».
Y luego está la madre de todas las presuntas injerencias: Rusia. Durante casi diez años se atribuyó al Kremlin una capacidad sobrenatural para decidir elecciones occidentales, fabricar presidentes, provocar el Brexit, alimentar cualquier movimiento populista y convertir a millones de ciudadanos en simples marionetas de Moscú. La trama rusa terminó convirtiéndose menos en una investigación que en una cosmovisión: si los ciudadanos votaban mal, alguna mano extranjera debía haberlos empujado.
Quizá el problema sea más profundo. ¿Qué significa «interferir» en unas elecciones? ¿Financiar una fundación? ¿Invitar a un candidato a una conferencia? ¿Publicar un informe? ¿Respaldar públicamente a un gobierno? ¿Difundir propaganda en redes sociales? ¿Pagar publicidad? ¿Conceder subvenciones? En un mundo en el que las fronteras apenas contienen ya la información, el dinero o las ideas, la influencia internacional ha dejado de ser una anomalía para convertirse en la condición normal de la política.
Todos intentan influir sobre todos. Estados Unidos, Bruselas, Moscú, Pekín, las grandes fundaciones privadas, los gigantes tecnológicos y hasta los multimillonarios con vocación de redentores. La diferencia no está en la existencia de la injerencia, sino en el juicio moral que hacemos de ella. Si favorece a los nuestros, hablamos de cooperación, solidaridad democrática o defensa de los valores europeos. Si beneficia al adversario, descubrimos de pronto la sacrosanta soberanía nacional.