Opinión

Situación crítica

Mientras afloran los rebrotes antes de lo previsto —nos decían que serían en otoño—, Sánchez tiene en Bruselas una inmersión de realismo en la negociación para precisar la cuantía y condicionalidad del Fondo para la Recuperación Económica.

De este acuerdo depende no solo la estabilidad, sino la misma subsistencia del Gobierno. El escudo social por él diseñado pende de la posibilidad de disponer de una financiación que sea a fondo perdido o en unas condiciones similares y, sobre todo, no sometida a cláusulas que puedan condicionar su política económica —si es que existe— más allá de los «viernes sociales» regados generosamente con «pólvora del rey», y aprobados a golpe de Decreto Ley. Esos «viernes sociales» fueron el programa electoral de Sánchez e Iglesias cuando el coronavirus no había aparecido. Incrementaron el déficit y la deuda, saltándose todo los compromisos adquiridos, hasta alcanzar una deuda superior en 10 puntos porcentuales a nuestro PIB de antes de la histórica recesión prevista por la crisis.

Ahora ha de negociar con Europa unas generosas ayudas para sobrevivir políticamente. No debemos olvidar que Sánchez e Iglesias están gobernando con los presupuestos de Rajoy y Montoro, aprobados en 2018 justo antes de la moción de censura, que esperaron a presentar cuando ya disponían de unos presupuestos compatibles con los compromisos adquiridos con la Comisión Europea. Es decir, que llevan «gobernando» con ellos quienes —como el PSOE y Podemos— presentaron enmiendas de totalidad y tacharon de antisociales y demás descalificaciones a esas cuentas públicas, que son la ley política por excelencia de todo Gobierno.

Pero ahora llega un tiempo nuevo, la hora de la verdad, y son precisos unos presupuestos no de 2018, sino de 2020, y con un escenario político, económico, sanitario y social, muy alejado de aquel.

En el frente interior para la aprobación de los presupuestos, el mismo Sánchez  se ha encargado de desautorizar su propio argumento de que «la culpa de no tenerlos es de la oposición y de su falta de sentido de Estado para arrimar el hombro en una situación de emergencia como la actual», y además lo ha hecho en un medio de comunicación italiano, por si alguien no había querido enterarse. Lo ha hecho afirmando irresponsablemente que «nunca se ha planteado un pacto con el PP». No sabemos si creyó que pasaría desapercibido a la «opinión pública y publicada» en España —lo que sería de una evidente estulticia— o ha querido transmitir un mensaje a la progresía europea.

La debilidad del actual Gobierno es extrema cuando la situación de España es de una fragilidad institucional y económica sin precedentes en el actual régimen constitucional. En cuanto a la crisis económica y social, no es preciso extendernos por ser de general conocimiento. En lo tocante a la crisis institucional, sucede lo que podía esperarse que ocurriera con un Gobierno de coalición y en minoría como el actual. El hecho de que hayan accedido al mismo de la mano de quienes literalmente se encuentran de facto en estado de insurrección contra el fundamento de la Constitución, que es la «indisoluble unidad de la Nación española», es un oxímoron —contradictorio en sí mismo— que no supera ningún test de una mínima solvencia.

El actual régimen constitucional de 1978 tiene su piedra angular en la Monarquía parlamentaria y, por lo mismo, el actual «jaque al Rey» a través de la figura de D. Juan Carlos, es un torpedo contra la línea de flotación del sistema. «Del enemigo, el consejo» y basta ver a los cualificados representantes del separatismo catalán afirmando su voluntad de denunciar al rey emérito por corrupción: Torra como Presidente de la Generalitat y Aragonés por ERC. Este último incluso ha calificado a la familia real de «organización criminal». Por si no fuera suficiente, los líderes juzgados y condenados del Procés, salen de prisión a los nueve meses en aplicación del 3º grado, y son recibidos como héroes mientras proclaman que «lo volverán a hacer».

Entre tanto el Rey, de gira por España, es tratado por Torra como un visitante forastero al que aconseja no visitar «su país» en este momento. Los bárbaros están dentro de las fronteras y ocupando el Gobierno.