Opinión

Sin Gobierno, ¿mejor o peor?

El hecho de que en la Italia de tantas sucesivas crisis gubernamentales se dijera que la administración del día a día funcionaba mejor sin gobierno, sea leyenda o tenga valor empírico, no es un ejemplo recomendable. Para que un país funcione, es fundamental que los tres poderes estén activados como sistema de equilibrios y controles. España lleva meses sin Gobierno efectivo a pesar de los balances de gobernabilidad hiperactiva que se subrayan cada viernes en la Moncloa. Un Gobierno en funciones que deambula arañando votos de investidura a precio de oro no garantiza la estabilidad imprescindible para que la sociedad se sienta segura, las inversiones afluyan y el peso de España en la Unión Europea se fortalezca. ¿Sería mejor un gobierno PSOE-Podemos en el que Pablo Iglesias propugnaría medidas lesivas para la dinámica económica? El acné de la actual clase política tiene muchos riesgos.

Convocar elecciones anticipadas y dejar en suspenso los imprevistos –insumisión de Torra, recesión, crisis europea y Brexit, precio del petróleo, choques proteccionistas- es arriesgado. Ahí fallan los políticos porque su tarea primordial es gestionar los resultados de las urnas de la mejor manera posible –o, digamos, de la menos mala posible- por contradictorios o irreconciliables que sean. De lo contrario, la política se traslada a calle o va dejando poso abstencionista.

Casi en la inmediata postguerra, Europa entra en una fase económica espléndida que, en su último rellano, cayó torpedeada por la crisis del petróleo que, provocada por la  guerra árabe-israelí de 1973,  afectó a España en el momento en que la transición –hoy tan incomprendida- iba a configurar el marco de libertad y democracia representativa. Así tuvo que urdirse el paso del régimen autoritario a la democracia y la sociedad española supo cómo esperar el final de la crisis del petróleo y al mismo tiempo darse una Constitución y echar a andar hacia el atlantismo y la integración europea. Es decir: fueron muchos los arrecifes pero España estuvo gobernada legítimamente, con una oposición parlamentaria que iba asumiendo como hacer las cosas. Es equiparable al modo como se afrentó la crisis de 2008, la abdicación del Rey Juan Carlos o la aplicación del 155 en Cataluña.

Sin gobierno, ¿mejor o peor? Evidentemente, de cara a unas elecciones anticipadas las encuestas de ahora mismo tienen poco valor porque el electorado todavía no sabe qué pasará y por tanto aún tiene que decidir su voto. Pero no es improbable que la incapacidad de la clase política para pactar incremente el abstencionismo. De modo que el no-gobierno del Gobierno en funciones hace todavía más inanes las escenificaciones del sanchismo y la capacidad estratégica de sus gurús. Estamos en los dominios del tacticismo, del día a día.

Es el caso de Catalunya, con una administración paralizada de modo tan primario que incluso la ciudadanía pro-independentista ya se va dando cuenta. Las últimas acciones administrativas de la Generalitat se concretaron en los tiempos del 155. Sin nadie que gobierne, se genera anti-política cuando los ciudadanos no se sienten seguros. Del temor a la tiranía de las mayorías estamos pasando a la fragmentación del bien público que generan las políticas de identidad, los grupos buscadores de renta y los guetos del multiculturalismo. Que haya Gobierno no tan solo tiene un valor operativo: también es un valor simbólico.  Pero, por ahora, Pedro Sánchez es el presidente del desgobierno.