Opinión

Sin autocrítica no hay paraíso

La postcampaña nos deja una resaca de reflexiones interesantes que vienen a confirmar la relevancia especial del nuevo contexto sociológico electoral. Llevamos tres años años agrandando las fortalezas y virtudes de los dos nuevos partidos que, sin más experiencia que servir de catalizadores de un descontento general palpable, han modificado el statu quo parlamentario, empujando las fuerzas de poder hasta ahora decisivas para conformar acuerdos y pactos. De momento, la confluencia de voluntades que buscaban, o asaltar los cielos o cambiar a mejor, no ha tenido su efecto. La mejor forma de que el votante interiorice la bondadosa intención de las nuevas formaciones por regenerar el espacio público de nuestro país es que éstas calienten escaño durante una legislatura que se presume corta. De ese savoir faire en la tarima del Congreso partirá y dependerá el futuro de ambos partidos.

No obstante, ese indudable hálito que impulsó la forma con la que llegaron a la escena pública parece desvanecerse entre egos, soberbias y posicionamientos erróneos. La falta de autocrítica es un mal que afecta sobre todo a la política, acostumbrado al oropel de la sonrisa y el abrazo. Se empieza a ganar las próximas elecciones desde el reconocimiento de los errores y fracasos propios. De momento, más allá de caras compungidas y muecas al graderío, no hemos visto ni en Podemos —perdón, Unidos Podemos— ni en Ciudadanos una declaración humilde que justifique sus inalcanzables expectativas.

He defendido en estas semanas que la estrategia política y de comunicación de Iglesias y los suyos no era mala para conseguir ocupar el puesto sociológico tradicional que correspondía al PSOE. Abrir el cajón de sastre y dar la bienvenida a todas las formaciones y partidos que puedan sumar votos y escaños era inteligente. El entendimiento vendría después. Pero no tuvieron en cuenta que el suelo electoral del PSOE es fuerte —propio de un partido centenario, de votantes cautivos y unidos emocionalmente a sus siglas—. Ello, sumado a que la estrategia de polarizar España beneficia sobre todo a quien parte en situación de ventaja (PP), ahogó esa estrategia, ingenua al pretender ganar desde la sonrisa cuando se instruyó una campaña de mensajes beligerantes.

Algo parecido le ha pasado a Ciudadanos que, sin embargo, ha amortiguado mejor el golpe, manteniendo el porcentaje de votos respecto al 20D. «Sólo» ha perdido 400.000 votantes, que han optado por regresar al nido de centro derecha del que partieron hace unos meses o han volado a la abstención, por desconfianza con una formación de ADN joven y fresca pero vaivenes sospechosos. No se puede ganar en los despachos lo que pierdes en el campo. Imponer entre bambalinas lo que no sabes competir en el tablero de campaña ni es lógico ni es práctico. No te ayuda a conservar a quienes te votaron y por el contrario, puedes perder a los que vieron en ti un perfil confiable para mantener la compostura de una ulterior gobernanza. Ciudadanos debe imponer ciertos cambios al futuro gobierno del PP, base de los acuerdos mínimos de legislatura, pero sin condicionar a quien debería formarlo una vez comunique al Rey que está en disposición de ello.

La ciudadanía quiere ahora que se instaure una suerte de paz política que recupere cierta estabilidad social. La incertidumbre de estos meses ha demostrado que no beneficia a quienes pretenden regenerar el campo político. Más al contrario, abona la tesis de que, en tiempos convulsos, se sigue apostando por lo predecible, aunque lo predecible se aleje de la ética y la praxis útil. El bipartidismo ha vivido en este tiempo su momento de mayor debilidad. Y ahí sigue, herido pero en pie. Rasguños mutados en votos. Golpes convertidos en escaños. Pero no ha muerto. España sigue votando de un modo reactivo y en base a contraste de creencias personales. Cuatro son multitud en un país que sólo sabe vivir en parejas.