Opinión

Sánchez ve en el hantavirus un clavo ardiendo

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

¿Quién teme al hantavirus feroz? Otra vez no, por favor. Desde que sucedió, me ha asombrado lo poco que hemos vuelto la mirada atrás hacia ese extraño fenómeno que todos hemos vivido. Quiero decir, nunca antes en toda la historia de la humanidad había pasado nada ni parecido.

Y no porque la pandemia del covid fuera la Peste Negra, sino porque, sin serlo ni de lejos, llevó al primer arresto domiciliario de todo el planeta, alimentó una psicosis de terror universal, engendró las normas más histéricamente absurdas y los comportamientos más paranoicos y causó considerables daños económicos, psicológicos, educativos, sociales y políticos. Todos los gobiernos, todos, aprovecharon para aumentar el control de sus ciudadanos y reducir las libertades. Y, en el caso de nuestro país, para robar a manos llenas.

Ahora volvemos a oír la terrorífica palabra, «virus», y dudamos sobre si estamos ante una verdadera emergencia o una nueva narrativa de control. Vuelve la pesadilla, como en la saga de Viernes 13: protocolos, aislamiento, alertas sanitarias, expertos multiplicándose con mayor rapidez que el virus ante las cámaras y bailecitos de sanitarios en TikTok. El hantavirus apenas ha provocado unos pocos casos, pero la maquinaria psicológica de la pandemia parece ponerse lentamente en marcha otra vez. Todo empieza a sonarnos.

Hasta el momento, el brote relacionado con el crucero MV Hondius suma oficialmente cinco casos confirmados y varios sospechosos repartidos en distintos países, con tres fallecidos bajo investigación, aunque solo uno confirmado directamente por hantavirus. El barco, un buque de expedición polar con unos 150 pasajeros y tripulantes, partió de Ushuaia, en el extremo sur de Argentina, a comienzos de abril y quedó bajo vigilancia internacional después de que varios pasajeros enfermaran tras escalas en Sudamérica y el Atlántico Sur.

España ha decidido recibir el barco en Canarias bajo un operativo excepcional: evaluación médica a bordo, evacuación sin contacto con la población y traslado de los españoles a un hospital militar en Madrid. La OMS insiste en que el riesgo de expansión es bajo y el propio CDC estadounidense ha clasificado la situación como una emergencia de «nivel 3», el escalón más bajo de su sistema.

El hantavirus no es el covid. No tiene su capacidad de contagio ni de lejos. Los hantavirus habituales se transmiten sobre todo por contacto con excrementos o secreciones de roedores infectados. La variante andina detectada en este brote es una excepción parcial porque puede darse transmisión entre humanos, pero rara vez y normalmente tras contactos muy estrechos y prolongados. La propia OMS ha insistido varias veces en que el riesgo de epidemia generalizada es bajo. Y, sin embargo, basta ver las imágenes del barco, los sanitarios con equipos de protección y el lenguaje empleado por autoridades y medios para sentir que regresan viejos fantasmas.

Con el covid algo se rompió entre gobernantes y gobernados. Ya no nos fiamos. No porque desconfiemos de la ciencia o de la realidad de las plagas, sino porque nos mintieron, nos manipularon, nos arruinaron. Experimentaron con nosotros como con ratas de laboratorio.

Durante la pandemia vimos medidas que hoy resultan difíciles de recordar sin una mezcla de estupor y vergüenza. Personas multadas por pasear solas por una playa vacía, niños con mascarilla al aire libre durante horas, toques de queda casi medievales en sociedades hiperdesarrolladas, ancianos muriendo solos como perros, policías persiguiendo corredores solitarios en pleno monte mientras millones viajaban hacinados en metro.

Y, sobre todo, una atmósfera de obediencia emocional y de delación permanentes. Las consignas cambiaban constantemente, pero el tono seguía siendo el mismo: miedo, urgencia y sumisión. Primero las mascarillas no servían; luego eran imprescindibles. Primero las vacunas impedirían el contagio; después solo reducirían síntomas. Primero, hablar del posible origen en laboratorio era conspiranoia; luego dejó discretamente de serlo. La distancia entre realidad y relato fluctuaba sin cesar, pero el mecanismo psicológico permanecía intacto. Eso tiene consecuencias políticas inevitables.

Porque incluso aunque mañana apareciera una amenaza sanitaria realmente grave, millones de personas ya no reaccionarían con confianza espontánea, sino con sospecha. Y esa sospecha no nace del vacío ni necesariamente de la irracionalidad. Nace de haber vivido una experiencia en la que gobiernos y expertos utilizaron el miedo como instrumento de disciplina social a una escala inédita en tiempos de paz.

El miedo siempre ha sido una herramienta extraordinariamente eficaz para el poder. Un ciudadano asustado acepta restricciones que jamás toleraría en condiciones normales. Acepta vigilancia, censura, arbitrariedad y suspensión de derechos si cree que todo ello le protege de un peligro inmediato.

No hace falta imaginar conspiraciones sofisticadas para entenderlo. Los incentivos bastan por sí solos. Ningún gobierno paga un precio político serio por exagerar un riesgo sanitario si logra presentarse como protector. En cambio, minimizarlo y equivocarse puede resultar devastador. El sistema empuja siempre hacia la sobrerreacción.

España sufrió en 2020 una caída del PIB del 11%, la mayor desde la Guerra Civil. La deuda pública se disparó hasta el 118% del PIB tras las medidas de emergencia y rescate económico. Millones de trabajadores dependieron de ERTE financiados por el Estado y sectores enteros —hostelería, turismo, pequeño comercio— quedaron devastados durante meses.

Por eso conviene observar el episodio del hantavirus con serenidad. Sin histeria, pero también sin ingenuidad. Puede que no sea nada grave. Puede que termine siendo un brote muy limitado, como indican hasta ahora los propios organismos internacionales. Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: que después del covid millones de ciudadanos ya no temen solo a los virus.