Sánchez, responsable de un gigantesco fraude a la democracia
Las probabilidades de evitar que los españoles vuelvan a las urnas parecen, salvo sorpresa de última hora, agotadas definitivamente, de modo que las Cortes serán disueltas en breve después de que el Rey, tras la última ronda de consultas, haya constatado que en las actuales circunstancias no es posible designar un candidato a la presidencia del Gobierno. En el horizonte una fecha: 10-N, punto de partida de una nueva legislatura.
Que nadie se engañe: es lo que pretendía desde un principio Pedro Sánchez, jefe del Ejecutivo en funciones y responsable en exclusiva de un superlativo fraude democrático. Todos sus movimientos desde hace meses se enmarcaron en la premisa de que lo mejor para su interés personal era ir en contra de los intereses generales de los españoles. Esto es: forzar unos nuevos comicios generales antes de aceptar cualquier propuesta, premisa, o pacto que le obligara a renunciar al poder absoluto.
Dicho esto, y ante la posibilidad de que se hubiera conformado un Gobierno de coalición PSOE-Podemos, que rechazó Pablo Iglesias inexplicablemente, la convocatoria de nuevas elecciones representa una nueva oportunidad para que España sea gobernada por formaciones de probada e inequívoca lealtad constitucional. Se trata, en suma, de hacer de la necesidad virtud.
Sánchez no ha buscado el consenso -más bien se ha encargado de dinamitarlo- y se ha limitado a utilizar los 123 escaños del PSOE como permanente instrumento de bloqueo. Nadie que no fuera él podía haber sido investido presidente, de modo que se ha servido de esa situación para trazar una estrategia de chantaje en la que ha roto todos los cauces de diálogo, a izquierda y derecha, para someter a sus adversarios políticos a una disyuntiva inmoral: o aceptáis mi investidura gratis o habrá nuevas elecciones.
Lo que ha hecho Sánchez es pervertir la esencia de la democracia parlamentaria y comportarse como un trilero que ha jugado con la ventaja que le otorgaba el resultado de las elecciones de abril. Sánchez, en efecto, es un ventajista que ha movido las piezas a conveniencia para bloquear cualquier posibilidad que supusiera algún tipo de compromiso con nadie. Podría decirse que estos meses en los que los españoles demandaban diálogo para alcanzar un acuerdo de Gobierno, Sánchez ya estaba en campaña electoral con la mirada puesta en el 10-N.
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