Opinión

Rivera necesita fichajes

Ciudadanos es un partido que está haciendo las cosas bien. Muy bien. Y Albert Rivera es un tipo que explica las cosas que hace bien. Muy bien. Con esa ecuación, sería simple deducir que unos hechos potentes más una comunicación solvente confluyen en un apoyo popular masivo. Pero no. Por mucho que modernicen el ideario, se inserten en la corriente renovadora europea que marcará la nueva frontera ideológica y apuesten por ideas del siglo XXI como la gestación subrogada, las encuestas, esas que tanto gustan en la formación naranja, apenas si le dan pequeños márgenes de subida. El último CIS, un simple 2,5% de crecimiento respecto al examen electoral del pasado año. Poco trigo para tanta siembra. Y la inercia ya ha pasado. El tobogán del cambio por el que se deslizaba España en estos años ya no existe. Toca replanteamiento para llegar a 2019 en disposición de jugar otro partido. Quizá el último que tiene el centro liberal para consolidarse como alternativa futura.

Ciudadanos, política y retóricamente, no es el mismo que el de 2013. Más maduro que entonces, alimenta su presencia en las instituciones con medidas sanas que vienen a renovar un ambiente de putrefacción conocida. Insuficiente, sin embargo, cuando la prédica periódica es la de haber forzado a los partidos tradicionales a virar su política de andamiaje corrupto. Intentar gobernar el barco patrio siempre ha sido ardua tarea, navegando a diestro y siniestro, con la popa envilecida de fanáticos populistas salvapatrias y la proa acechada por irredentos sediciosos que sólo buscan la excusa para seguir mamando de lo común. Por mucho que las encuestas dicten estados de ánimo, la única forma que tiene Ciudadanos de competir es estrechando las distancias respecto a la infraestructura y cuadros que tienen PP y PSOE respecto a ellos. Incluso Podemos parece haber entendido que sin extensión no hay crecimiento, no hay victoria posible. A ello se le añade además que su mensaje aún no cala, que sus portavoces siguen sin transmitir convicción y criterio —mala selección y peor ejecución, salvo conocidas y reiteradas excepciones— y que el liberalismo aún no posee la identidad definida que los líderes del partido proclaman.

La centralidad es una voluntad política, pero su relato depende de la pericia discursiva de quienes deben abanderarlo aunque varíe la coyuntura. Algo pasa cuando eres el que más haces y menos rentabilizas tu labor. Se percibe un cansancio ciudadano en los mantras y maneras que tanto ilusionaban en 2014. Rivera necesita regenerarse —a sí mismo también— evitando la perfumada y poderosa seducción del que tanto gusta a la tropa y tanto pudre la causa. Y necesita fichajes: de izquierdas y de derechas, que articulen una imagen de partido que nade en el equilibrio y en el pragmatismo ideológico que nutre de sensatez los nuevos tiempos, modernos, de la política. Requiere dotarse además de un sostén ideológico, una Fundación sobre la que recaiga el deber de aportar el ideario, discurso y argumentario del movimiento. No todo puede salir del verbo agitado del líder. Y por supuesto, de nuevos portavoces, frescos, ágiles, que ofrezcan una imagen diferente y sepan contar, narrar y explicar el relato de centro. Desde la centralidad en las formas. Desde un liberalismo de fondo que, ahora mismo, pocos conocen y casi nadie reconoce.

Decía Thomas Jefferson cuando le preguntaron sobre la América que deseaba: “Me gustan más los sueños del futuro que la historia del pasado”. Claro que esto lo dijo sobre una nación que no tenía en aquellos momentos más cimientos que las ruinas de tierra quemada y la sangre que toda independencia derrama. Una frase que puede sintonizar con los tiempos que vive hoy Ciudadanos, una formación sin apenas pasado y cuyo futuro sigue interesando a España, aunque no sabemos por cuánto tiempo.