Regularización en Esplugas
El lunes estuve en el minuto de silencio convocado por el Ayuntamiento de Esplugas (Barcelona) en recuerdo de la mujer asesinada. El alcalde, el socialista Eduard Sanz, habló de «muerte» en vez de asesinato. Aseguró que era una «ciudad pacífica». Y expresó el rechazo del consistorio a «cualquier violencia».
Si hubiera aterrizado un marciano justo en ese momento, habría pensado que la víctima había sufrido un ataque alienígena. Ninguna referencia al autor del asesinato, ni a la nacionalidad, ni a la referencia a Alá que pronunció según testigos recogidos por Telecinco y Cuatro. Debe ser lo más normal del mundo ir con un cuchillo por la calle y a continuación deambular 40 minutos por la Diagonal antes de ser reducido por los Mossos.
En plena regularización de Pedro Sánchez, desmonta el relato del PSOE de que todo el mundo es bueno. Por supuesto, no vamos a generalizar. Pero si no tiene antecedentes, era un candidato a la misma. Y, en realidad, igual tenemos una sorpresa a pesar de las concluyentes pruebas en contra. Con la ley en la mano, es inocente hasta que haya sentencia firme.
Al alcalde hasta le faltó empatía. Fue elegido el año pasado tras la veterana Pilar Díaz, que estuvo un montón de tiempo en el cargo. (2006-2024). Maragall, en su época, ya la puso en las listas autonómicas (1999-2006). Mientras que Illa la ha nombrado delegada del Gobierno en Barcelona -¡imaginen, hasta tenemos delegada del Gobierno en la ciudad condal!-, para favorecer la renovación de las listas.
Sin embargo, como decía, pecó de insensibilidad. Tras el minuto de silencio, entro rápidamente en el consistorio junto al resto de concejales. Supongo que para evitarse algún abucheo, que lo hubo. Pese a que familiares y amigos de la víctima estaban ahí, a escasa distancia, con ramos de flores entre las manos. Ni siquiera les dio el pésame o unas palabras de consuelo. Hasta pidieron, a grito pelado, ser recibidos por la máxima autoridad municipal. Me sorprendió igualmente la falta de reflejos del consejero de Presidencia, Albert Dalmau, al que algunos ya sitúan como sucesor de Illa en caso de necesidad, que tampoco le reconvino.
Media hora después me fui del lugar porque quería asistir a un homenaje de los vecinos en una pequeña capilla del barrio. A dos travesías de la ahora fatídica calle Joan Miró. Hay mosqueo con el ayuntamiento. Y prefirieron no asistir al acto oficial. Los familiares todavía seguían ahí. A las puertas del consistorio. Esperando que les dieran audiencia.
Por eso, humilde y modestamente, querría pedir a los ciudadanos de Esplugas que, en las próximas elecciones, no voten al PSC. Ya sé que, con mayoría absoluta —once concejales de 21—, mi llamamiento puede acabar en saco roto. Por intentarlo que no quede.
Quiero hacerlo extensivo al resto de alcaldes socialistas: Jaume Collboni (Barcelona), el ex Ciudadanos Rubén Viñuales (Tarragona) o Fèlix Larrosa (Lleida). Y, por supuesto, a los del área metropolitana: David Quirós (Hospitalet), Mireia González (Santa Coloma), Antoni Balmón (Cornellà), Lluïsa Moret, mujer de confianza de Salvador Illa (Sant Boi), Marta Farrés (Sabadell) o David Bote (Mataró). Este último acaba de aprobar una declaración institucional «en defensa de la regularización de las personas migrantes y el refuerzo de los servicios municipales». Manda huevos.
También al de otras localidades como Granollers (Alba Barnusell), Sandra Guaita (Reus), Mireia Dionisio (Mollet), Blanes (Jordi Hernández) o Salou (Pere Granados). Este último nunca sabes si es carne o pescado. Me dejo alguno seguro porque son más de cien. Ruego me lo recuerden en los comentarios.
No lo digo por el asesinato en sí. No vamos a mezclar churras con merinas, sino porque han tragado con la regularización. A pesar de que muchos, como el de L’Hospitalet o Cornellà, saben perfectamente que hay barrios que son un polvorín. Y que tienen serios problemas, no ya de convivencia, sino incluso de inseguridad ciudadana. No es una «percepción», como se empeñan en decir. Es la pura realidad.
Lo peor de todo es que han callado para no incomodar al partido o contradecir al amado líder. Es decir, para conservar el cargo. Por eso los electores deberían pasarles factura a todos ellos en las próximas municipales. Sin excepción. Que se note al menos un voto de castigo. Algunos, como el de Lleida, se ven venir el desastre. Y ha aprobado deprisa y corriendo prohibir el burka y el nicab en dependencias municipales. Una decisión de cara a la galería porque el Supremo ya lo tumbó en el 2013.
No voy a recomendar otras opciones políticas, solo faltaría, ustedes ya son mayorcitos. Sin embargo, incluyo en la sugerencia no votar a todas aquellas formaciones favorables a la regularización de más de 2,5 millones de personas: Sumar, Podemos, etc. De manera significativa a Junts y ERC, que ahora se quejan por el catalán. La operación, en el fondo, es culpa del partido de Puigdemont, que pedía el traspaso.
Una crónica en La Vanguardia el pasado 31 de enero lo dejaba meridianamente claro: «Podemos avisar: primero regularización; después competencias migratorias». Todo porque sienten el aliento en el cogote de la alcaldesa de Ripoll. El último sondeo, de esta misma semana, augura que podría ser una debacle. Junts quedando cuartos por detrás de Aliança.
Además, no entenderé nunca por qué reclaman las competencias en la materia. El secretario general, Jordi Turull, se mostró partidario de cerrar los CIE el pasado mes de febrero. Lo que habría que hacer no es cerrarlos, sino ampliarlos. Para hacer de la CUP ya están los de la CUP.
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