Los nuevos púlpitos
Tengo, a veces al escribir, la oscura intención de ser pedagógico. Es esta, en mi opinión, cosa a evitar, si bien no resulta fácil hacerlo. De manera muy fuerte, casi indiscutible, lo compruebo en muchos comentaristas radiofónicos y televisivos de la actualidad política catalana. Ya notaba Pemán que pedagogía, pediatría y pedantería tienen idéntica raíz, y alude a los niños. En cuanto a los comentaristas, auténticos renacentistas del saber (no existe tema que se les resista), dudo de su hoy inevitable aportación a la sociedad del conocimiento. Heterogénea tribu formada por periodistas obscenos, cantantes sin giras, profesores patrioteros, economistas vedettes, gentes sin profesión conocida, hijos de, graciosos pancarteros y demás farándula con eslogan al uso.
Por aquí, Barcelona, las cosas están regular, informo. La pasada Diada fue un chasco absoluto y, sin tener en cuenta unas pocas concentraciones de emocionadas abuelitas y jóvenes atribulados, la ciudad se vio huérfana de la habitual invasión de pueblerinos. Gentes de bien que venían a pasar el día a la capital, conmoverse un rato cantando Els segadors (canto a la violencia) y, momento ineludible, comer en algún restaurante (“Barcelona és cara de collons”, he escuchado en ocasiones a tales turistas políticos tras pagar la minuta, antes de volver al villorrio, donde todo es más fácil y grato, sin duda).
El procés ha cumplido aquella metáfora de Taine sobre los revolucionarios franceses del siglo XVIII, a quienes atribuía las fases de comportamiento del borracho: primero se muestra alegre y eufórico y más tarde cede a pulsiones irracionales. Esto tuvo su culminación con la violencia de octubre del pasado año, si bien las cabecitas de muchos comentaristas de TV3 muestran un preocupante atasco en la ya citada fase última de Taine: el actor Joel Joan considera que a los catalanes España no nos deja “ni respirar”. El asunto de la libertad es todavía eje de un discurso que se diluye en lo ridículo, en la aspiración, en cualquier caso, de mantener un sueldecito, una ayudita pública por parte del propagandista en cuestión (los hay numerosísimos).
Esto de la libertad tiene su intríngulis. En el caso catalán, se acepta no ya que el hombre nace libre, sino que la nación entera también lo hizo (genealogía milenaria), pero permanecerá esclava hasta el decisivo momento de su emancipación. En realidad, todo es al revés: el hombre nace esclavo y dependiente, imbécil según Ferraris. Así, “la imbecilidad masiva, la estupidez hiperdocumentada, es ya un fenómeno reconocido y en el fondo la primera revelación de nuestra época”. Para el Principado catalán, y me permito otra cita, recomendaría a esos televisivos y radiofónicos ocupados en extraviar a la ciudadanía esto de Montaigne: “debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad”. Si los vocingleros a sueldo siguen este consejo, Cataluña se ahorrará cien años más de grisura y desorientación nacionalista. Aunque ellos podrían perder su sueldo. Nadie escapa a la pedagogía.
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