La mili de Alfonso Ussía
Establecidos en el Puerto de Santa María (Cádiz), Tomás Osborne Vázquez, IV conde de Osborne, y Patrocinio Gamero-Cívico Ybarra fomentaban con su estilo de vida el amor, la amistad, la alegría, el sacrificio, el esfuerzo, la generosidad y la tolerancia, como clara esencia del camino recto. Esos valores quedaron demostrados en la atenta acogida que tenían siempre con todo aquel que quisiera visitarles. Al terminar el verano de 1971, apareció en su casa un nuevo huésped. El hijo de los condes de los Gaitanes había sido destinado a San Fernando para llevar a cabo el servicio militar, la mili. Luis Ussía Gavaldá quiso que su hijo estuviera bien atendido en aquellos meses en los que tenía que cumplir con la patria, pidiendo a su amigo Tomás que lo acogiera y atendiera debidamente.
El joven madrileño que apareció en casa de los Osborne Gamero-Cívico era tendente a observar las cosas desde ángulos imprevistos, a desenfocar las perspectivas y los contornos. Siempre era la imagen más extraña, la más inverosímil, la más insólita la que antes veía y adoptada. Esa especie de genio o talento que demostró aquel joven despierto se convirtió en su profesión y parece que con éxito, puesto que ha sido uno de los escritores que más libros ha vendido en la España de finales del siglo XX. Aquella estancia en el sur de España marcó una parte importante de su producción literaria. El protagonista de sus novelas, el marqués de Sotoancho, es un señorito andaluz de una idiosincrasia muy vigente todavía.
Haciendo alarde de esa peculiar visión de las cosas, que empezaba por sí mismo, Alfonso Ussía Muñoz-Seca consideró que el camino diario desde El Puerto de Santa María, exactamente desde casa de los condes de Osborne, hasta Campo Soto en la localidad de San Fernando debía hacerlo como él merecía, en taxi. Así fue que Malpartida, el Salinero y el Remendao fueron los taxistas que pacientemente le esperaban cada mañana mientras acicalaba bien su uniforme de cabo primero y, por las noches de invierno, sus jerséis de cashmere para enloquecer al mujerío. La mili de Alfonso Ussía debió ser durísima, tanto como la cara de su padre cuando su amigo Tomás le remitió la factura acumulada en aquel año en que el taxímetro corría a la misma velocidad que las palabras que se susurraban al oído de las inocentes gaditanas. El don de la palabra puede ser peligrosísimo.
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