Opinión

La ficticia glásnost de Sánchez

Al Gobierno Marketing le empiezan a fallar sus trucos de hipnosis colectiva. Lo que antes eran golpes de efecto ahora son quebraderos de cabeza. Otro síntoma de que esta aventura de Pedro Sánchez ya no da para más. Con varios ministros ‘tocados’, con unos socios parlamentarios que le auguran tempestades y con un segundo golpe en Cataluña a la vuelta de la esquina, al inquilino de La Moncloa ya le salan rana hasta los gestos de lavado de imagen. Esos que le prepara con esmero su asesor aúlico Ivan Jode, el argonauta de los spin doctors que viajó desde el PP extremeño hasta el sanchismo sociopopulista sin despeinarse. En el PSOE no son pocos los que se han echado las manos a la cabeza esta semana al saberse que Sánchez se ha llevado también a Ferraz a su Pepito grillo de los globos sonda y las cortinas de humo para afrontar el maratón electoral que se avecina.

No pierdan tiempo. Todos aquellos que quieran seguir de cerca al presidente en tiempos de precampaña, que se hagan instagramers… Porque lo de verlo sometido al escrutinio de los medios de comunicación convencionales será más difícil. Su última y única rueda de prensa abierta a todos los periodistas en España fue el pasado 3 de agosto. Y lleva más de cuatro meses en La Moncloa… Sánchez se paseó por el ruedo ibérico y por los platós de televisión tras dejar su escaño en el Congreso prometiendo una política de bolsillos de cristal, de cero oscurantismo, de máxima identificación con los ciudadanos de a pie, de persecución de la corrupción y el fraude, de lucha contra las sociedades pantalla, de impedir que un cargo público trate de eludir impuestos… Y al final esta supuesta transparencia ha resultado ser ficticia. La glásnost de Pedronono es un bulo. Como una catedral.

Se ha visto nítidamente estas últimas semanas a partir de las revelaciones de OKDIARIO en el caso de su tesis doctoral —plagiada y bajo llave durante seis años— y los tejemanejes de los ministros Pedro Duque e Isabel Celaá. El astronauta con el que soñamos de pequeños resultó ser otro bon vivant de la progresía socialista capaz de recurrir a tretas fiscales para pagar menos impuestos. Y, además, dice que todo es peccata minuta, que no lo volvería hacer y que aquí paz y después gloria. Ni se ruboriza cuando rechaza dar explicaciones por ello en el Congreso de los Diputados, como le pide la oposición.

¡Toma transparencia! Por cierto, Podemos ya no reclama su cese con el mismo afán que los primeros días. Qué rápido va la política de los favores… Y mientras tanto, la última alma descubierta en el gabinete de Sánchez ha sido la engrasadora de granito que pone voz al Gobierno. Celaá trató de hacer ver en su declaración de bienes oficial que no tiene inmuebles millonarios, que sus propiedades de lujo no lo son. Y así, renegando de cualquier abolengo vasco, rebajó los 1,5 millones de su chaletazo en Berango a apenas 195.000 euros, esgrimiendo que ésta es la mitad (por tenerlo en gananciales) de su valor catastral. ¿Y a esto le llaman transparencia? Son striptease políticos pensados para seguir escondiendo la mentira.