Fascismo vs libertad
Cuando aún está sin resolver la salvaje agresión a dos guardias civiles en Alsasua, la universidad se convierte ahora en el epicentro de la represión y el hostigamiento. Es inadmisible, a la par que preocupante, que 200 energúmenos, ataviados con elementos tan “democráticos” como pasamontañas y máscaras, impidan que Felipe González pueda dar una charla en la Universidad Autónoma de Madrid. Estos aprendices de dictador vuelven a conseguir sus objetivos amparados en el poder de la turba y la cobarde superioridad numérica, igual que hicieran los abertzales en Navarra. Con la sinrazón como argumento, el expresidente del Gobierno y el presidente del Grupo Prisa, Juan Luis Cebrián, han sido expulsados del centro al grito de “fuera fascistas de la universidad”.
Un hecho que, con independencia de las posiciones políticas, sociales y empresariales de los conferenciantes, supone un puñetazo a un derecho constitucional indispensable: la libertad de expresión y pensamiento. En vez de intercambiar ideas y puntos de vista, dinámica propia de la universidad, los exaltados han dejado claro que no hay opinión válida y posible más allá de las suyas. Populistas y radicales, encallados en el rancio pasado histórico que domina sus respectivos idearios, están empeñados en instaurar un régimen de violencia y tensión social en los centros educativos y en las calles para así hacer visibles sus exigencias políticas a través del chantaje.
Los tentáculos universitarios de Podemos —cuya marca blanca en Alsasua apoya la hostilidad proetarra contra la Benemérita— han promovido esta ignominia en la Autónoma de Madrid. Además de ikurriñas y caretas con los nombres de varios etarras, exhibieron pancartas con lemas como ‘Tus manos están manchadas de cal viva’, en referencia a la frase con la que Pablo Iglesias se refirió a Felipe González en el Congreso de los Diputados. Ahora que han quedado como los convidados de piedra de la política española, los líderes podemitas tratan de mantenerse activos a costa de fomentar una tensión que cale entre sus grupúsculos estudiantiles.
Una manera irresponsable de permanecer en el centro de la escena política que, con peligrosas analogías, retrotrae a España hasta la primera mitad de la década de 1930. Aquella época estuvo dominada por la sinrazón. La universidad fue un campo de batalla entre la legitimidad de la congruencia y los ataques de aquéllos que vivían en una exaltación constante. Unos años que, a pesar del ímprobo esfuerzo de intelectuales como Miguel de Unamuno, desembocaron en uno de los peores desenlaces de toda nuestra historia.
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