Europa quiere deshacerse de Orbán
La mejor forma de entender lo ridículo y grotesco que resulta la demonización del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, que practican la Comisión Europea, las instituciones de la UE en general y los gobiernos del bipartidismo socialdemócrata y popular, es compararlo con el jefe del Gobierno de España, Pedro Sánchez. Ahí se ve claramente que la ofensiva para intentar liquidar a Viktor Orbán mediante una masiva y obscena injerencia en su política nacional y en sus elecciones tiene fundamentalmente causas ideológicas.
Con Orbán quieren hacer este domingo lo mismo que hicieron en su día con el castigo continuado al Gobierno conservador de Ley y Justicia (PiS) en Polonia, hasta imponer un nuevo invento: un jefe de Gobierno, Donald Tusk, supuestamente del Partido Popular, pero totalmente sometido a Bruselas y dependiente de toda la izquierda. Ahora se han sacado de la manga un Tusk húngaro, aún más débil: Péter Magyar, como rival de Orbán y quieren repetir la operación.
Porque Orbán aplica una política conservadora que choca frontalmente con la ingeniería social de la UE, con sus políticas de ideología de género, de catastrofismo climático y de suicidio industrial y energético. Y, por supuesto, porque Orbán practica una política de defensa de la nación, de su identidad y de su tejido social, con un rechazo total a la inmigración masiva que el proyecto centralista y antinacional de la actual Comisión Europea no puede tolerar. Sobre todo, no puede tolerar que en tantos otros países se mire con envidia a Hungría, que está libre del mayor problema que les aqueja: la insoportable carga de la inmigración. Cada día crecen más las fuerzas en todos los países de la Unión Europea que tienen esa política conservadora y nacional como referencia.
Quieren acabar con Viktor Orbán antes de que las ideas de Orbán —las del grupo de los Patriotas— acaben con esa mayoría cada vez más insegura e inestable. Porque el Partido Popular Europeo sabe que está ante un dilema existencial: o se une (al menos en parte) a las fuerzas nacionales o se suicida aliándose con los socialistas, que van desapareciendo electoralmente.
Por eso es tan útil comparar a un supuesto villano, Viktor Orbán, con un villano real y total como es Pedro Sánchez, y ver el diferente trato que les otorga Bruselas. Orbán ha sido sistemáticamente acosado y acusado de corrupto, autócrata y aliado de fuerzas enemigas de la democracia y de Europa. Sin embargo, Viktor Orbán ha gobernado con mayorías rotundas, cumpliendo sus promesas electorales con un programa conservador y de rechazo a la inmigración, de acuerdo con la voluntad expresada por los húngaros. Ha defendido los intereses de Hungría sin plegarse a las presiones ideológicas de Bruselas, Berlín y París, y eso es precisamente lo que está pagando. Hungría no es aliada de Rusia, por mucho que lo repita la propaganda de la Unión Europea y el inmenso coro de los medios (llamémoslos liberales). Simplemente no puede permitirse ser enemiga de quien depende para su energía, ante un país sin costa y con una geografía indefendible.
En ningún rincón de los Tratados se prohíben los gobiernos conservadores, ni los gobiernos que defienden su identidad nacional y no quieren disolverse en una marea de millones de extranjeros de culturas hostiles. Tampoco están prohibidos los gobiernos que creen que hay que buscar fórmulas distintas para acabar con la guerra a las que defiende la presidenta de la Comisión Europea.
Hungría no es amiga de Ucrania, aunque prestara tanta o más ayuda que Alemania en los primeros momentos de la guerra tras la criminal invasión rusa. No lo es por motivos históricos y por las tensiones con la minoría húngara en Ucrania desde el siglo XX, pero también porque el Gobierno ucraniano se ha prestado a servir a Bruselas en la guerra no declarada de injerencia total contra Hungría para derribar a un Gobierno con mayoría absoluta.
Pedro Sánchez, por el contrario, ha sido tratado por Bruselas y las capitales de la UE como si fuera un gobernante normal, cuando hoy carece incluso de legitimidad democrática. Ha recibido dinero a espuertas de la UE, fondos cuyo destino en gran parte nadie sabe. Sánchez se mantiene en el poder habiendo perdido las elecciones, sin presentar presupuestos en tres años consecutivos, negándose a convocar elecciones y gobernando de espaldas al Parlamento y sin mayoría.
Está ya probado que Pedro Sánchez cometió fraude en las elecciones primarias que le llevaron a ser candidato del PSOE. Antes ya había cometido fraude con su doctorado. Se hizo con el poder mediante una moción de censura y, tras las elecciones, formó Gobierno con una mayoría artificial compuesta por todos aquellos con los que había jurado públicamente que nunca se aliaría: los comunistas financiados por el narco-régimen de Venezuela, la rama política de la organización terrorista ETA y los golpistas separatistas condenados e indultados por él, además de delincuentes malversadores en fuga.
Sánchez tiene imputados por corrupción gravísima a su mujer, a su hermano, a dos secretarios de organización y principales colaboradores suyos, y a numerosos miembros de su partido. Los juicios que ya están en marcha revelan que estamos ante una inmensa trama de crimen organizado que extiende sus tentáculos desde Madrid hacia Venezuela y la República Dominicana, y que llega hasta Rusia, China e Irán.
Nada de todo esto ha impresionado a doña Úrsula. No ha habido acoso contra Sánchez, sino toda la ayuda posible para que se mantenga en una situación insostenible y tóxica para España. Y es que los socialistas de Pedro Sánchez y el Partido Popular de Von der Leyen gobiernan juntos en Bruselas y mantienen una mayoría con Renew y los Verdes, con los que han hecho una coalición permanente para proteger sus intereses. Una política, por cierto, fracasada, que está dejando a los europeos cada vez más pobres y menos libres, gracias a su frenética obsesión regulatoria socialdemócrata y su miedo a los debates libres.
Si Orbán dice no a la guerra, es un sicario de Putin. Si Sánchez dice no a la guerra, nadie le acusa de ser sicario de los ayatolás ni de los Hermanos Musulmanes. La brutal injusticia que Bruselas perpetra contra Hungría y contra Orbán no hace sino fortalecer la simpatía de todos aquellos que condenamos la deriva socialista, centralista e injerencista de la UE. Pase lo que pase este domingo, esto seguirá siendo así, porque el cambio de era en Europa ya está en marcha.
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