Opinión

España y los presupuestos como añagaza

Muchas de las anécdotas de los gobiernos de Franco se las achacan a José Solís, y se ha asumido que fue él quien dijo que lo único que merece la pena en esta vida es ser ministro; y es posible que así lo pensara cuando fue destituido en 1969 (fue uno de los damnificados del caso Matesa) después de haber estado en el Gobierno más de doce años. Pero claro, ni por glamour ni por relevancia ni por representación se puede comparar; el cargo de ministro de España está muy devaluado, tanto por calidad (lo han sido o lo son personajes como Bibiana Aído, Alberto Garzón, Irene Montero o Mónica García) como por cantidad (Pedro Sánchez va por 56 ministros; ha superado los que tuvieron entre Aznar y Rajoy en 15 años y los que tuvo González en 14, ¡y ya solo le queda superar los que tuvo Franco en 40!).

No debe ser entonces lo único que merece la pena, como decía Solís, pero para un hombrito como el actual ministro de Hacienda, Arcadi España, la merece lo suficiente; aunque sea para continuar haciendo el paripé en el último año de una legislatura que para ese Ministerio, al no conseguir aprobar ni Presupuestos Generales del Estado ni modelo de Financiación Autonómica, va a quedar casi inédita.

Hacer el paripé, marear la perdiz, remolonear, andarse por las ramas o por los cerros de Úbeda. Eso es lo único que hace y que va a poder seguir haciendo el ministro. Esta semana ha sido en el Consejo de Ministros, aprobando un techo de gastos y una senda de estabilidad que previamente había salido con pitos y lanzamiento de almohadillas del Consejo de Política Fiscal, y la que viene va a ser en el Congreso, donde esa propuesta va a ser rechazada. Y no para ahí la cosa, ya que es muy probable que, a pesar de ese rechazo, el ministro presente en el mes de septiembre el Proyecto de Ley de los Presupuestos Generales. Unos presupuestos que, según están presumiendo, son los más sociales de la historia y contienen un desmedido crecimiento del gasto, pero que, sin embargo, tendrán que ser elaborados (átame esa mosca por el rabo) a partir de un techo de gasto prorrogado desde 2023. ¿Es o no es una tomadura de pelo, Arcadi?

Se está oyendo repetidamente que esto de la presentación de los presupuestos esta vez viene con doble carga de estrategia y que lo importante no son los presupuestos, sino su presentación y su no aprobación. Se trataría, entonces, de basar en ese rechazo una convocatoria de las elecciones generales en el primer trimestre de 2027, anticipándose, como exigen todos los socios, a las municipales y autonómicas. La verdad es que cuesta creerlo, porque utilizar ahora la excusa de no haber podido aprobar los presupuestos para convocar las elecciones es demasiado cínico hasta para el propio Sánchez. Y es que en los tres últimos años se le ha dicho por activa, por pasiva y por perifrástica que en estas circunstancias la única salida digna y democrática era poner fin a la legislatura.

Es más probable que todo este papelón que tiene que hacer el ministro no sea más que una bocanada para mantener el resuello y, sobre todo, una añagaza más para que el personal pierda el tiempo y retire el foco de los juzgados y tribunales, que es el único sitio desde donde puede salir un final anticipado del sanchismo. Un servidor, por ejemplo, cae en la trampa y anda, por deformación profesional, pendiente de la liebre Arcadi; de sus reuniones, de sus comparecencias, de sus plazos… Y no termino de asimilar que esto de los presupuestos es lo que decía Confucio de la metafísica y lo que ahora se dice de la física cuántica: un ciego en una habitación oscura buscando un gato… ¡Que además no está allí!

Pedro Sánchez nunca se marchará por la exigencia implícita en una falta de presupuestos o en la falta de apoyo parlamentario efectivo. Y tampoco por la reprimenda moral que conlleva la corrupción de su régimen o por un abierto y transversal rechazo ciudadano. Para eso tendría que entender que lo que salió de las urnas no es un derecho a que él sea presidente a tutiplén durante cuatro años, sino que es un mandato al Parlamento para legislar y para nombrar un ejecutivo al que tiene la obligación de controlar; tendría que aceptar los contrapesos de nuestro sistema constitucional o tener una concepción de la democracia liberal y parlamentaria que o ha perdido o nunca ha tenido.

Así que el ministro España no deja de ser otra beneficiaria víctima de su jefe, al que con la añagaza de los presupuestos Sánchez utiliza para procrastinar lo que desde hace tiempo España, los españoles y la democracia le están exigiendo. Será que el ser ministro le merece la pena, pero que no olvide que, como también le dijo a Solís el profesor Muñoz Alonso, ‘para ser ministro no hay que ser nada’.