El día más negro en pleno desgobierno de Sánchez y de Iglesias
Este jueves, 2 de abril, pasará a los anales de la historia de España por solaparse dos datos derivados de una misma tragedia. La sanitaria, con más de 10.000 muertos a causa del coronavirus, y la económica, con 1.900.000 empleos menos (833.000 cotizantes perdidos en la Seguridad Social, 620.000 trabajadores afectados por los ERTEs y 500.000 autónomos obligados a solicitar el cese de la actividad de sus negocios). El panorama es desolador.
Frente al coronavirus, España y los españoles están dando lo mejor de sí. Toda una demostración de solidaridad, resistencia y arrojo ante la adversidad. Una conmovedora respuesta propia de naciones grandes, como es España. Emociona comprobar cómo la sociedad está plantando cara a una situación sin precedentes. Es una de las grandes lecciones que cabe extraer de esta tragedia. Por si alguien tenía dudas, España ha vuelto demostrar que es un país formidable.
Desgraciadamente, no cabe decir lo mismo del Gobierno de España. Cierto es que tiempo habrá de exigir y de hacer purgar sus responsabilidades en la gestión de esta descomunal crisis, pero es un hecho objetivo que el Ejecutivo no ha sabido asumir el liderazgo que demanda una situación como esta. Todo lo contrario, la crisis sanitaria y económica ha evidenciado con toda crudeza la nula altura de un Ejecutivo que ha demostrado imprevisión, nula capacidad de gestión y deficiencia en la respuesta. Es lo que tiene gobernar agarrado permanentemente a los mantras ideológicos, que cuando vienen tiempos duros, afloran de cuajo todas las carencias técnicas.
La respuesta a la crisis sanitaria se ha convertido en una grosera exhibición de incompetencia: tras alentar las manifestaciones feministas del 8-M en plena expansión del coronavirus, lo que ha venido después roza la negligencia. Los sanitarios se juegan la vida sin medios, el material no llega y el Ejecutivo da muestras de estar absolutamente desbordado. Su respuesta a la crisis económica ha sido tardía e insuficiente, dejando literalmente tiradas a las pequeñas y medianas empresas y a los autónomos, parte sustancial del tejido empresarial. El balance no puede ser más desolador y se resume en una frase: qué España más grande para un Gobierno tan pequeño.
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