Opinión

Cuando despertábamos, Pedro Sánchez todavía estaba allí

  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

Ya conocen el microrrelato de Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». En el caso de Monterroso, te imaginas un dinosaurio bonachón de un amable color verde manzana. Una Granny Smith, por ejemplo. Sin embargo, la pesadilla recurrente de más de la mitad de los españoles, la criatura que por las mañanas seguía allí y no se iba, era otro tipo de saurio. Sin duda, un velociraptor sin conciencia.

Después de su reflexión del último fin de semana, en las redes sociales se multiplicaron las porras y las apuestas. Muchos, yo incluida, no creíamos que Pedro Sánchez fuera a convocar elecciones. Ya nos hicimos ilusiones en los comicios del 23 de julio de 2023 y, en parte por culpa de un PP cautivo de ese miedo irracional a Vox que la izquierda le había contagiado, nos cayó encima un jarro de agua más que helada. Es verdad: aún ahora nos cuesta creer que algún día podamos sacarnos de encima a este hombre traidor y sin escrúpulos. Ya podemos hacernos fuertes. Nos tenemos que leer su
“Manual de resistencia” y aprender.

Un raptor sabe lo que hace. Por ejemplo: Sánchez pondrá todos los medios de comunicación que pueda al servicio de la calumnia y la desinformación. Tiene ejemplos claros en Estados Unidos y en Europa. Por desgracia, es una estrategia generalizada. Como ha señalado Michael Shellenberger, durante más de una década los medios de comunicación y los políticos del establishment han exigido que las plataformas de redes sociales censuren las voces “de extrema derecha” y, supuestamente, “anti inmigrantes” para prevenir la “violencia en el mundo real”. Ahora, esos mismos medios promueven la desinformación de izquierda que alimenta la violencia en las calles.

El caso de los disturbios y protestas en Francia ilustra perfectamente esta hipocresía. Los periodistas que durante años clamaban por la censura de populistas de derecha ahora difunden narrativas que minimizan o justifican la violencia vinculada a la izquierda y a alianzas ideológicas problemáticas. Shellenberger nos cuenta cómo se presenta como causa de las revueltas una supuesta falta de financiación escolar, cuando los datos muestran que Francia invierte más que nunca por alumno, y mucho más que los países de origen de muchos migrantes (o de sus padres o abuelos).

Este mismo estilo distorsionador y mentiroso se ha visto estos días en las concentraciones en la Puerta del Sol. Los acampados, amparados en relatos que ya eran fracasos en los 70, han defendido descaradamente su derecho a expulsar a cualquiera que consideren de derechas o, directamente, “fachas”. Los periodistas y los ciudadanos de signo contrario han sido increpados, empujados o sacados de la plaza entre gritos de “fuera fascistas”. La tolerancia selectiva es evidente, pues la ocupación del espacio público se presenta como legítima mientras se niega la libertad de expresión o de circulación a quienes piensan distinto.

No nos pillará por sorpresa. El activismo de izquierda ha mostrado en múltiples ocasiones un umbral más bajo para la violencia callejera y la intimidación. Aunque los estudios sobre terrorismo ideológico en Estados Unidos y Europa arrojan resultados matizados, en el terreno de las protestas, ocupaciones y acoso callejero, la izquierda radical ha protagonizado episodios reiterados de exclusión violenta de los contrarios.

Las estadísticas de incidentes en campus, manifestaciones y ocupaciones lo confirman en varios países occidentales. La maquinaria mediática se pondrá en marcha con la demonización del adversario, la exageración de los temores y la relativización de cualquier abuso de los suyos. Sánchez conoce bien este juego. El miedo a Vox que paralizó al PP en el pasado puede volver a ser utilizado como arma.

Por lo menos hemos aprendido algo. Hay que ser muy firmes y no dejarnos intimidar por quienes se arrogan el monopolio de la legitimidad democrática mientras expulsan a quienes discrepan. España no está condenada a la repetición eterna del mismo ciclo.

Por lo menos, eso espero. La decepción de 2023 tiene que ser un recordatorio punzante. La recompensa será que nos despertemos y que el malvado ya no esté allí.