Opinión
Apuntes Incorrectos

La adorable derecha sueca y el cambio climático

La semana pasada estuve en una tertulia en Telemadrid coincidiendo con el inicio de la nueva cumbre del clima en Egipto. Un asunto de conversación fue los casi 400 jets privados en los que se habían desplazado los principales mandatarios del planeta -que contaminan mucho-, demostrando así, palmariamente, la incoherencia de estos políticos supuestamente ambientalistas. Como era mi deber, traté de restar importancia a este hecho. En primer lugar, porque la incoherencia es la seña de identidad genuina de los políticos de izquierdas; después, porque soy un escéptico sobre el cambio climático y finalmente porque, de haber estado en su situación, habría hecho exactamente lo mismo.

Cuando mis hijos, entonces más jóvenes, me hacían preguntas absurdas como, por ejemplo, qué haría si tuviera dinero, les respondía indefectiblemente que tener un coche con un chófer a mi servicio, por supuesto bien remunerado, y luego, si alcanzaba, un jet privado para evitar la terrible molestia de pasar los controles en el aeropuerto, viajar cómodamente a discreción y a ser posible con una buena ración de caviar iraní, del que se come a cucharadas, que los blinis molestan.

Ante el comentario, el presentador de Telemadrid, que es un periodista estupendo, comentó: claro Belloso, es que tú eres un negacionista. Le dije «qué va; lo que soy es un perfecto fascista». Y entre las ideas de este fascismo de nueva generación dictado por el canon de la izquierda está, como es mi caso, no tanto negar un eventual cambio climático, que lleva produciéndose desde los albores de la humanidad, sino el de albergar la duda razonable, avalada por la evidencia científica, sobre el impacto de la acción del hombre en la evolución de la temperatura de la Tierra, que depende de cuestiones geológicas, físicas y astronómicas entre las que la influencia del CO2 es un asunto residual.

Ya sé que este tipo de consideraciones están vetadas por la dictadura de la corrección política, como demostraron el resto de los contertulios del programa, no sólo partícipes del pensamiento oficial sino debeladores del crítico o disidente, según el proceso de cancelación al que nos someten los mandarines de la opinión pública.

Esta nueva cumbre de Egipto, que nos venden agresivamente los medios de comunicación progresistas -que son casi todos- como la última oportunidad de salvar el planeta servirá de poco. Los países más contaminantes como China o India, que no son precisamente ejemplo de observar rigurosamente las reglas democráticas, se han abstenido de colaborar, y otros son igualmente reticentes a participar de este suicidio colectivo que castigará su desarrollo económico y el correspondiente progreso social. Sólo Europa, y de manera fervorosa el Gobierno inicuo y perturbador de Sánchez, abandera esta lucha sin cuartel alejada del sentido común, con unos planes hacia la deseable transición ecológica irracionales por su inconveniente celeridad y ambición de la mala.

Si algo positivo ha tenido la guerra de Ucrania ha sido el de propiciar la amnistía de la energía nuclear, que España sigue condenando, así como la premura de seguir utilizando mientras sea necesario los combustibles fósiles. Sería además muy razonable la revisión de los planes para la entronización plena del automóvil eléctrico en 2035, una meta inalcanzable y ridícula dada la carestía de este tipo de vehículos y la masiva logística necesaria para su funcionamiento, que está en pañales.

De estas cosas, sin embargo, es mejor hablar en privado que en público, salvo que, como es mi caso, reciba las críticas como San Lorenzo en la parrilla en la que ardió: pidiendo más fuego. Sin llegar a mi grado de desquiciamiento, algunos gobiernos de derechas, y sobre todo desde que los apoyan los fascistas, parecen haber reorientado sus posiciones hacia el terreno de la cordura que jamás debería haberse abandonado. Por ejemplo, el gobierno de coalición de partidos conservadores recientemente formado en Suecia con el decisivo apoyo parlamentario de la ultraderecha ha puesto en marcha un viraje político inédito en el país nórdico. Ha reducido los impuestos a los carburantes y ha aprobado un drástico recorte de la inversión en la lucha contra el cambio climático.

Adicionalmente, ha recortado la ayuda al desarrollo -ésa que engorda a los sátrapas de las dictaduras de toda laya- y ha abandonado el concepto de política exterior feminista, esa estupidez colosal tan del gusto de nuestro Sánchez. Su presupuesto ha aumentado la partida de gasto en Defensa, ha incrementado el número de efectivos policiales…, en fin, ha hecho tabula rasa de todos aquellos principios sagrados establecidos por la izquierda política y mediática, que naturalmente ha reaccionado con estupor. El siempre preclaro diario El País se ha revuelto contra estos sucesos tan dramáticos como afortunados de la siguiente manera: «Suecia va a ser un importante terreno de prueba sobre los límites que los partidos conservadores tradicionales están dispuestos a transgredir a cambio del apoyo de la ultraderecha. Es fundamental que en un país como Suecia, con una cultura política avanzada y una fortísima historia de derechos y de cohesión social, los conservadores no claudiquen de sus propios valores e impongan límites innegociables a las pretensiones ultras». Como si alguna vez le hubieran importado los conservadores.

Uno lee estas cosas y es cuando de verdad lamenta no ser rico, no poder disponer de un jet privado para plantarme de inmediato en Estocolmo, previa ración de caviar a cucharadas regado con el champán francés más caro posible, para celebrar este bendito retroceso, para brindar por las agallas de los que empiezan a atreverse con la hegemonía cultural de la izquierda a la que casi nadie es ajeno: ni las empresas, entregadas en cuerpo y alma a la transición verde, ni la banca, que ya sólo financia a las compañías comprometidas con los absurdos objetivos ecológicos, ni las consultoras, dedicadas en masa a vender esta mercancía averiada. Y digo averiada porque obedece y se basa en un puro interés crematístico. En el ejército de hipócritas que ha encontrado un modo de vida en esta nueva religión, en esta pócima para combatir el apocalipsis que nunca llega, y a los que la salvación del planeta les importa un pimiento. Benditos sean los suecos.