Mundial 2026

España, tirano de rivales

El centro del campo español gobierna los partidos y obliga a las grandes potencias a jugar siempre donde no quieren

La presión tras pérdida, el desequilibrio por las bandas y una defensa compacta convierten a España en una máquina de devorar rivales

Un partido que entra en el Olimpo del fútbol español

España
Mbappé, Cristiano Ronaldo y Courtois.
Iván Martín

Hay equipos que ganan por talento. Otros, por pegada. Y unos pocos lo hacen porque son mejores. España pertenece a esta última categoría. La selección de Luis de la Fuente ha alcanzado un nivel de madurez futbolística que provoca un fenómeno muy poco habitual en el fútbol de élite: convertir a las mejores selecciones del mundo en equipos irreconocibles. Francia, Portugal y Bélgica llegaban al Mundial con futbolistas capaces de decidir cualquier partido, pero terminaron ofreciendo versiones desdibujadas, impotentes y muy alejadas de su verdadero potencial. No fue casualidad. Fue consecuencia directa del dominio absoluto que ejerce España sobre los encuentros.

El mejor ejemplo llegó en las semifinales frente a Francia. Mbappé, Dembélé, Barcola, Griezmann o Tchouaméni forman una de las plantillas más temibles del planeta, pero apenas encontraron argumentos para discutirle el partido a España. El 2-0 incluso se quedó corto por sensaciones. Lo mismo ocurrió unos días antes con Portugal, incapaz de imponer el talento de Bruno Fernandes, Bernardo Silva o Cristiano Ronaldo. Y también con Bélgica, donde De Bruyne apenas pudo aparecer porque el partido se jugó siempre donde quiso España. La Selección no sólo vence. Somete. Obliga al rival a renunciar a su identidad y a jugar un fútbol que no desea.

Una sala de máquinas inigualable

Todo nace en el centro del campo. Rodri ejerce de faro, Pedri aporta la imaginación y Fabián Ruiz completa un triángulo que probablemente sea hoy el mejor mediocampo del fútbol de selecciones. España monopoliza la posesión, marca el ritmo y obliga a sus adversarios a correr detrás del balón durante largos tramos del partido. El desgaste físico es enorme, pero todavía lo es más el psicológico. Los rivales persiguen una pelota que casi nunca recuperan y, cuando por fin consiguen arrebatársela a España, apenas pueden disfrutarla unos segundos antes de volver a perderla.

Ahí aparece otra de las grandes armas del equipo de Luis de la Fuente: la presión tras pérdida. España ha perfeccionado hasta el extremo ese mecanismo que impide respirar al contrario. En cuanto pierde el balón, activa una persecución colectiva que asfixia cualquier intento de transición. Francia, una selección diseñada para castigar al espacio con la velocidad de Mbappé o Dembélé, nunca pudo correr. Portugal tampoco encontró la posibilidad de enlazar contragolpes. Todo quedaba sofocado antes incluso de comenzar. La recuperación es tan inmediata que el rival vive permanentemente encerrado en su propio campo.

Pero esta España ya no es únicamente aquella selección paciente que esperaba el momento adecuado para atacar. También ha aprendido a hacer daño con mucha más velocidad. Los extremos fijan y rompen constantemente a los laterales rivales, generan situaciones de uno contra uno y abren autopistas para las incorporaciones de los centrocampistas. Cuando Lamine Yamal, Nico Williams, Baena o los laterales encuentran espacios, el equipo acelera y golpea con una verticalidad que hace mucho más imprevisible su fútbol. Ya no basta con cerrar líneas de pase. España también sabe correr.

A todo ello se suma un equilibrio defensivo extraordinario. La línea de cuatro apenas concede espacios, el bloque se mueve con una sincronización perfecta y futbolistas como Cucurella, Cubarsí, Laporte o Pedro Porro han elevado el nivel defensivo del equipo hasta convertirlo en uno de los más sólidos del campeonato. Las grandes estrellas rivales reciben siempre lejos del área, rodeadas de camisetas españolas y sin posibilidad de desequilibrar. Así desaparecieron Mbappé, De Bruyne o Bruno Fernandes.

Eso explica por qué las sensaciones que dejan los partidos de España son tan contundentes. No parece que se enfrente a algunas de las mejores selecciones del mundo. Da la impresión de que juega contra rivales muy inferiores. Y, sin embargo, enfrente están campeones del mundo, finalistas de grandes torneos y futbolistas que dominan las principales ligas europeas. Ése es el mayor elogio que puede recibir el equipo de Luis de la Fuente. España ha recuperado la capacidad de imponer su ley hasta el punto de convertir a gigantes del fútbol mundial en actores secundarios. Hoy, más que nunca, es un auténtico tirano de rivales.

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