Ya no hay espacio en las casas para soperas de plata
Hace setenta años, ocho joyerías y relojerías daban vida a la calle de Postas, en pleno centro de Madrid. Hoy, siete han desaparecido y solo una permanece abierta: Santos. Siete décadas después, el último superviviente de aquella calle comercial tiene fecha de despedida: cuando su actual responsable se jubile, el establecimiento cerrará sus puertas. No habrá relevo.
Detrás de la joyería se encuentra la historia de Valentín Santos, un burgalés que, por la Guerra Civil, dejó su ciudad natal junto a sus tres hermanos, Luis, Florencio y Nicolás, para “buscarse la vida” en Madrid. Lo que comenzó con el deseo de buscar un futuro mejor acabaría convirtiéndose en uno de los negocios más destacados de la calle de Postas.
Los primeros pasos de los hermanos se remontan a la calle Escalinata, donde instalaron su primer taller. Sin embargo, la prostitución y la delincuencia de la zona los llevaron a buscar otro emplazamiento, según recuerda Susana, una de las pocas trabajadoras que todavía permanecen en la joyería.
Lo encontraron en el número 21 de la calle de Postas. Allí, el local estaba dividido entre una óptica y una pequeña joyería, hasta que los hermanos reformaron el espacio y construyeron el establecimiento que permanece a día de hoy.
La planta baja se destinó a la tienda y, en la superior, instalaron el taller donde fabricaban joyas y piezas de orfebrería en plata. El negocio llegó a tener 38 trabajadores, entre ellos doce mujeres dedicadas a la atención al público y cuatro relojeros.
Las dimensiones de aquel comercio poco tienen que ver con las de hoy, ya que solo quedan cuatro. Según recuerda José Luis, actual responsable de la joyería e hijo de Luis, uno de los hermanos de Valentín, los clientes llegaban a formar largas colas para entrar. De todas las joyerías que entonces había en la calle, Santos era la que más vendía.
El negocio iba mucho más allá de la venta al público. Santos también destacó por su faceta como fabricante y llegó a situarse entre los principales productores nacionales de relojes de oro.
En el taller, los trabajadores elaboraban a mano piezas como los fondos y los biseles. Detrás de cada reloj había horas de trabajo especializado y un equipo que convirtió aquella planta superior en el motor del negocio.
Pero Valentín Santos no llegó a contemplar el máximo esplendor de la empresa que había levantado. Murió joven, atropellado por un coche a tan solo dos calles de la joyería. Tras su muerte, el negocio pasó a manos de sus tres hermanos, Luis, Florencio y Nicolás, que continuaron al frente de la empresa junto a sus trabajadores. La historia de Santos siguió adelante, incluso sin el hombre que la había iniciado.
Por sus puertas pasaron generaciones de empleados. Algunos comenzaron como aprendices con apenas catorce años y terminaron jubilándose en el mismo establecimiento al que habían dedicado buena parte de su vida. Ahora, de aquella plantilla solo quedan cuatro trabajadoras, entre ellas Susana y Gema.
Su permanencia es también el reflejo de una época en la que entrar a trabajar en un negocio podía significar quedarse en él durante décadas.
Sin embargo, el tiempo también ha cambiado aquello que los clientes buscan. José Luis y Susana han visto cómo las costumbres y las posibilidades económicas de las familias transformaban el negocio.
“Las casas son pequeñas, ya no hay espacio para soperas de plata”, explica José Luis. Antes, cuenta Susana, muchos clientes acudían a la joyería para comprar regalos con los que celebrar ocasiones especiales junto a sus seres queridos.

Eran, en su mayoría, trabajadores que ahorraban para hacer un regalo. Sin embargo, Susana es consciente de que ahora ya no se hacen estos regalos, porque, según señala, “no hay tanto dinero”.
El cambio se aprecia especialmente en la plata, que fue protagonista durante décadas de los escaparates y los talleres de Santos. “Antes no se concebía una casa sin una pieza de plata; ya no una sopera, valía un cenicerito pequeñito”, recuerda José Luis.
Hoy, las viviendas son más pequeñas, las prioridades han cambiado y aquellos objetos que antes formaban parte de la vida cotidiana han ido perdiendo su lugar.
Santos se ha mantenido viva todos estos años gracias a clientes leales, personas que aún valoran las cosas elaboradas con plata y a la hospitalidad de sus trabajadoras, que hacen que siempre te quieras quedar un rato más.
Una joyería multifacética que ha estado presente en forma de regalo, en muchas ocasiones, en los momentos más especiales que las personas pueden tener: una pedida, un bautizo, una comunión o un fin de carrera. Por eso, aunque el negocio cierre, siempre marcará el recuerdo de quienes han llevado una de sus piezas.