Cuando el sanchismo confunde legitimidad con legitimación
A estas alturas del cuento, hablar de Pedro Sánchez como un demócrata sólo entraría en el universo narrativo de Almodóvar o Maruja Torres, escribas y realizadores de un régimen putrefacto donde al líder sólo le escriben con pleitesía sus bufones de la corte. En la España que no llega a fin de mes y que ve el privilegio al alcance de un golpe de Estado, cada información sobre el aprendiz de sátrapa aumenta el desasosiego social, porque nada cambia y un escándalo del Gobierno ayuda a salpimentar el siguiente. Con las encuestas cautivas en la continuidad conformista de una nación que no advierte su ocaso y una ciudadanía atrapada entre la apatía moral y unas leyes que protegen a quienes le agreden y asaltan, nos encaminamos a ser un país aislado de las transformaciones que en nuestro entorno se producen. Italia frena su inmigración ilegal al mismo tiempo que Alemania la expulsa, Holanda la prohíbe y Francia la limita. La Europa poswoke está en camino mientras España se dirige en dirección contraria: ser el espejo europeo del Grupo de Puebla, proyecto totalitario de pobreza y dictadura que lidera Zapatero en el exterior y Sánchez intramuros.
La izquierda ilustrada e iletrada, que a veces se confunde, defiende cada movimiento de los Kirchner de la Moncloa con la excusa de que, bajo su alzamiento, se ha ampliado el espectro de los derechos sociales. Ningún dato respalda la propaganda oficial sobre la España actual: no estamos mejor ahora que hace seis años, cuando Sánchez ocupó con mentiras la poltrona real. Desde entonces, se ha dedicado a comprar, con el dinero de la mitad de la población, a la otra mitad, a los medios que hiciera falta y a quienes se dejaran sobornar y subsidiar, que son muchos en el socialismo contante y militante. España ocupa la última posición en toda Europa en PIB per cápita y es la primera en paro juvenil y femenino, en incremento de precios y bolsa de la compra. La involución democrática, plasmada en la imposible separación de poderes, no escapa a nadie que tenga un mínimo de criterio político y sentido democrático.
La realidad, sin embargo, no se impone porque la percepción y sus trampas retóricas, dominan el contexto. Los españoles no leen, frenados por una educación que no lo fomenta, ni tampoco conviene que se informen, lastrados por unos medios adocenados que sacrificaron su deontología por unos miles de euros con los que cuadrar sus pírricos balances. Abordar con seriedad la línea editorial de cierta prensa provoca náuseas en vez de reflexiones: todos a una en la ignominia: entre Hamás e Israel, Hamás, entre Milei y el peronismo, peronismo, y entre Kamala Woke Harris y Trump, ya saben. Todo se unifica en el cotarro tribunero, mientras nos preguntamos quienes les financian la fiesta. Seguramente, los mismos a los que ahora no conviene molestar, pero que un día darán la orden para escribir y defender lo contrario. Saldrán entonces los maestros plumillas a exclamar, con la pomposidad habitual, que la libertad y el orden representan lo más sagrado de la civilización occidental. La cerca moral de los amanuenses del régimen (y quienes lindan con él) tiene la profundidad de un vaso de agua.
Pero nada sucede ni acontece porque a Pedro le respaldaron las urnas, dicen los dicharacheros de la todología sanchista. En efecto, Sánchez tiene la legitimación (bueno) que le dieron las urnas, pero no la legitimidad para imponer una autocracia sin reservas. Desdeñar la importancia del legislativo y atacar la independencia judicial menoscaba la legitimidad de origen de su cargo y lo convierte en un trasunto caudillista de consecuencias probadas. Su concepto kirchneriano del poder, a modo de dinastía continuista donde su mujer hace, deshace y decide, mientras él descose la nación a golpe de decreto y capricho, ocupará sentencias y portadas mientras dure la capacidad crítica y el deber cívico de unos pocos, que, a fuer de insistir, debería convencer a cada vez más ciudadanos. Y es ahí donde no hay que desfallecer. Begoña, la esposa sin cargo del presidente con ínfulas de sátrapa, sigue siendo la clave de bóveda del gobierno más corrupto y sectario de Europa y de la historia reciente de España. Si aceptamos la falaz insistencia de que hacen lo que hacen porque los votos les respaldan, fiaremos todo cambio de rumbo a un día concreto en el que, los enemigos de la libertad, pondrán todo de su parte para que sigamos confiando en una democracia que nunca fue digna de tal nombre, salvo cuando vino a sustituir su demagógica deriva ulterior: la aspiración perfecta del sanchismo.
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