Historia
Arqueología

Los expertos no dan crédito: uno de los mayores enigmas de la historia arqueológica quizá sea un juego de mesa

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

El Disco de Festo es una pieza que lleva más de cien años en el centro del debate arqueológico. Desde que apareció en 1908 en el palacio minoico de Festos, en Creta, se ha intentado explicar su utilidad de muchas maneras: primero como un texto religioso, después como un himno o un calendario, y siempre como algo escrito que nadie consigue leer del todo.

Ahora, un estudio firmado por Constantinos Ragazas propone cambiar la pregunta de raíz. Según su análisis, el problema no está en descifrar el disco, sino en haberlo entendido mal desde el principio, ya que, según explica, podría ser un tablero de juego de mesa creado hace casi cuatro mil años.

Un estudio plantea que el Disco de Festo podría ser un juego de mesa

El planteamiento de Ragazas no se apoya en una lectura alternativa de los símbolos ni en reglas imaginarias. Parte de algo la forma en la que se fabricó el objeto. Los informes de examen detallado señalan diferencias claras entre las dos caras del disco.

En una cara, los símbolos aparecen más profundos y definidos; en la otra, más superficiales. Esa variación encaja con un trabajo realizado en momentos distintos, cuando la arcilla ya no tenía la misma humedad.

La propia espiral grabada refuerza esa idea. Su trazo no mantiene la misma regularidad en ambas caras, algo que suele depender del estado del material en el momento de incidirlo. Todo apunta a una fabricación secuencial, poco compatible con la idea de un texto pensado como una unidad cerrada.

Otros rasgos que refuerzan la idea de que el Disco de Festo era en realidad un juego

El estudio subraya que el diseño del Disco de Feto no responde a una distribución improvisada. En ambas caras aparece una división muy marcada entre una franja exterior, pegada al borde, y una espiral interior que avanza hacia el centro. Esa organización se repite con demasiada precisión como para ser accidental.

Además, la forma de pasar de una zona a otra no es idéntica en las dos caras. En una, la transición resulta más forzada; en la otra, más clara y directa. Esa diferencia sugiere ajustes durante el proceso de trabajo, algo más propio de un objeto que se prueba y se afina que de un texto pensado para quedar cerrado desde el primer momento.

Otro detalle llamativo es la orientación de los símbolos. Los que ocupan la franja exterior miran hacia fuera, hacia quien se sitúe alrededor del disco. Los del interior, en cambio, siguen el sentido de la espiral. Para una lectura continua, esta disposición plantea problemas evidentes, pero para un tablero en el que participan varias personas a la vez, encaja mucho mejor.

El uso de los signos va en la misma línea. Los grupos encajan en compartimentos fijos incluso cuando el espacio es justo. Las líneas divisorias se respetan aunque las figuras queden apretadas.

Además, se repiten secuencias idénticas sin cambios y no hay señales de correcciones. Todo indica que lo importante no era leerlo con facilidad, sino que cada conjunto ocupase su lugar.

Ragazas no afirma que sepamos cómo se jugaba ni cuántos participantes tenía ese posible juego, pero sí sostiene que se trata de una propuesta coherente si se analiza a la disposición del disco.