Es asqueroso pero los historiadores lo confirman: lo que usaban los romanos como medicina
Un frasco romano descubierto contenía excrementos que se usaban como medicina
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A veces un hallazgo arqueológico indica un gran descubrimiento, pero también puede darse el caso de que pase casi desapercibido hasta que alguien decide mirarlo con otros ojos y con ello, descubre algo que nadie se esperaba. Eso es lo que ocurrió con un pequeño frasco hallado en la antigua Pérgamo, una pieza tan común en los museos que nadie esperaba grandes sorpresas. Era el típico ungüentario romano de vidrio, delgado, discreto, idéntico a los que durante años se han asociado a perfumes o aceites perfumados. Pero cuando un equipo decidió analizar los restos que quedaban pegados en su interior, la historia cambió por completo. Un hallazgo romano que tiene además mucho que ver con la medicina, a pesar de ser algo asqueroso.
El interior del frasco conservaba una capa de restos marrones que no habían sido retirados por los restauradores y que, hasta hace poco, nadie había considerado especialmente interesantes. Solo un examen más atento llevó a los investigadores a plantearse un análisis molecular. Y para sorpresa de todos, el estudio ha confirmado, con pruebas directas, que los romanos llegaron a utilizar heces humanas mezcladas con tomillo como remedio médico. Lo que parecía una exageración de los textos clásicos se convierte ahora en una práctica real, conservada en un frasco que ha pasado casi dos milenios esperando a ser interpretado.
Lo que usaban los romanos como medicina
El frasco, custodiado en el Museo Arqueológico de Bergama (Turquía), conservaba adheridas unas escamas oscuras que permitieron realizar un análisis químico completo. La mayoría de objetos similares se hallan vacíos o con residuos demasiado degradados, así que este ejemplar era una oportunidad excepcional. Los investigadores recurrieron a técnicas como la cromatografía de gases y la espectrometría de masas, métodos capaces de identificar compuestos invisibles a simple vista.
Los resultados no dejaron lugar a dudas. Aparecieron dos moléculas, coprostanol y 24-etilcoprostanol, que se originan exclusivamente a partir de materia fecal. No podía tratarse de una contaminación accidental ni de restos animales. Era humano. El frasco había contenido una mezcla elaborada con ese componente como ingrediente principal.
A la vez, se detectó carvacrol, la molécula responsable del aroma del tomillo. Esta planta aparece asociada en textos antiguos como parte de remedios que buscaban suavizar o armonizar sustancias desagradables.
Los textos ya lo insinuaban, pero faltaban pruebas reales
Autores como Plinio, Dioscórides o Galeno mencionaron en sus obras el uso de excrementos, tanto humanos como de animales, para tratar heridas, inflamaciones, infecciones o dolencias más específicas. Durante siglos, estas recetas se interpretaron como exageraciones o como fórmulas marginales que quizá nunca llegaron a utilizarse.
El hallazgo de Pérgamo cambia por completo ese enfoque. Demuestra que estas prácticas no eran simples ideas anotadas en tratados médicos: se aplicaban. Y el hecho de que aparezca precisamente en un entorno tan ligado a la tradición médica antigua, Pérgamo fue uno de los centros de referencia del Imperio, refuerza la credibilidad del remedio.
Lo interesante no es sólo confirmar el uso de estas sustancias, sino comprender cómo se pensaba la medicina en aquel momento. Para los romanos, la frontera entre cosmética, higiene y tratamiento era mucho más porosa que hoy. Un ungüentario podía contener desde aceites perfumados hasta pomadas terapéuticas o preparados rituales.
Un remedio desagradable, pero no improvisado
El detalle del tomillo abre una ventana especialmente reveladora. Los médicos antiguos sabían que ciertos preparados generaban rechazo, y recomendaban añadir sustancias aromáticas para facilitar su aplicación. Este punto muestra que la medicina romana tampoco era un ejercicio ciego. Sus profesionales observaban, ajustaban mezclas, mejoraban texturas y buscaban que el remedio fuera soportable. El olor, de hecho, tenía un papel diagnóstico y simbólico en la medicina antigua, y se utilizaba tanto para identificar enfermedades como para “equilibrar” el cuerpo.
Por qué esta prueba no había aparecido antes
La falta de evidencias físicas hasta ahora tiene varias explicaciones. La materia orgánica se degrada con rapidez y raramente se conserva durante siglos, especialmente en recipientes tan pequeños. Además, el sesgo moderno también ha jugado su papel: durante décadas, muchos ungüentarios se limpiaban automáticamente o se clasificaban como envases cosméticos sin análisis previo. La idea de que contuvieran algo que no fuera restos de perfume se daba por descartada.
Pero en esta ocasión se unieron tres factores poco frecuentes: un frasco conservado sin limpiar en el interior, unas condiciones ambientales favorables y un equipo dispuesto a cuestionar las interpretaciones tradicionales. La química no sólo ha aportado datos: ha abierto la puerta a replantear miles de objetos similares que hoy se exhiben en vitrinas de museos de todo el mundo.
Una práctica antigua que hoy encuentra un eco inesperado
El estudio no afirma que estos remedios fueran eficaces. Pero sí señala un paralelismo que resulta inevitable: en la medicina moderna existen tratamientos basados en bacterias intestinales, como los trasplantes de microbiota fecal, utilizados en casos de infecciones graves por Clostridioides difficile. El principio, usar componentes biológicos derivados de las heces para restablecer un equilibrio perdido, es sorprendentemente similar.
Eso no convierte a los romanos en precursores directos de la microbiología, pero sí obliga a matizar la visión simplista de su medicina. Muchas prácticas, por extrañas que parezcan hoy, partían de observaciones empíricas y de una lógica propia. El pequeño frasco de Pérgamo no rehabilita todos los remedios del pasado, pero ofrece una prueba contundente: cuando los textos antiguos describían tratamientos desagradables, no siempre exageraban. A veces, lo que hoy nos resulta impensable fue, en su momento, parte real de la medicina.
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