Las 162 patentes de Arthur Paul Pedrick: el inventor que no inventó nada
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Poco se sabe de la vida del inglés Arthur Paul Pedrick. Antes de convertirse en un prolífico inventor, Pedrick trabajó en la Oficina de Patentes de Reino Unido durante muchos años, hasta que acabó por jubilarse en el año 1962.
Hasta este año, Arthur Paul Pedrick jamás había registrado ninguna patente, pero quizás, por pasar tantos años en la oficina británico, pasó sus años de jubilación creando inventos que no sirvieron para nada.
Desde 1962 hasta la fecha de su muerte en 1976, Pedrick registró la friolera de 162 patentes propias. Pero sus inventos eran tan disparatados o absurdos que ninguno de ellos se llegó a fabricar.
Automóvil de caballos
El británico no era experto en nada, tan solo sabía como registrar patentes salvando todos los entresijos burocráticos posibles.
Uno de sus inventos más famosos fue el de diseñar un medio de transporte que no utilizara gasolina ni gasóleo. Claro, el coche debía moverse de alguna manera por lo que era necesario un caballo que empujara por detrás.
Para arrancar era necesaria una descarga eléctrica al animal y el coche comenzaría a andar sin problemas, ayudado por una buena carga de heno colocado en el maletero para que el animal no parase. El inconveniente era evidente. Nadie podía tener un caballo para cada coche ni tampoco no adecuar la velocidad a la marcha.
En este sentido, las patentes para mejorar los automóviles de Pedrick fueron varias como la de situar una plataforma en el techo para que los pasajeros tomaran el sol.
Otras patentes locas de Pedrick
Pero no solo de automóviles eran sus 162 patentes. Entre ellas encontramos una para evitar el lanzamiento de de misiles nucleares.
La idea era situar tres satélites en órbita apuntando a las principales potencias mundiales. Cuando alguna de ellas lanzase un misil, automáticamente serían borradas del mapa por una descarga de misiles contra ellas.
Aunque también se preocupó por el hambre en el mundo y diseñó varios proyectos para esta labor. En uno pretendía llevar nieve de la propia Antártida hasta Australia para acabar con los desiertos del país.
En otro, una de las más curiosas de sus patentes, se inspiró en su gato para conseguir la paz en el mundo. Se trataba de un aparato que alimentaba a su gato y que a la vez podía evitar una guerra nuclear.
Un invento que, por su puesto no llegó a nada, pero que tenía un nombre ciertamente enigmático: «Detector de radiación de fotones en contrafase para el uso en el control de una puerta cromáticamente selectiva para gatos, y una bomba de mil megatones conservadora de la paz para la órbita terrestre».
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