Destinos históricos y gastro para salir de la capital

Madrid escapadas

Hay algo profundamente español —y sospechosamente honesto— en eso de vender una escapada como «plan cultural» cuando, en realidad, todo gira en torno a lo mismo de siempre: comer bien y volver con la conciencia ligeramente anestesiada por el vino y la sobremesa. La primavera, con su bipolaridad meteorológica tan castiza, nos regala esa excusa perfecta. Sale el sol, suben dos grados y ya estamos todos con el coche preparado, la familia dentro y una discusión absurda sobre la ruta más rápida. Tradición nacional.

Madrid, que es maravillosa hasta que uno se satura de sí misma, tiene alrededor una colección de destinos que funcionan como válvula de escape. Lugares donde uno puede fingir interés por la historia mientras en realidad calcula cuánto falta para sentarse a la mesa. Porque aquí no nos engañemos: el patrimonio se mira, sí, pero lo que se recuerda es el plato.

San Lorenzo de El Escorial es el ejemplo perfecto de esa dualidad tan nuestra entre lo solemne y lo práctico. Uno llega, levanta la vista y se encuentra con ese monasterio que parece diseñado para que te sientas pequeño, vigilado y, si me apuran, ligeramente culpable. Felipe II no construyó aquello para hacer amigos. Paseas, haces el recorrido reglamentario, asientes con gesto culto… y en cuanto puedes te escapas a Montia.

Y ahí cambia la película. Dani Ochoa ha entendido algo que a muchos todavía se les escapa: no hace falta traer producto de medio mundo cuando tienes la sierra delante. Cocina de territorio, de monte, de temporada… y sin tonterías. Una estrella Michelin, dos Soles Repsol y, lo más importante, criterio. Que no es poco.

Luego está Alcalá de Henares, que juega en otra liga porque tiene relato. Cervantes, universidad, estudiantes eternamente desubicados y turistas que miran hacia arriba sin saber muy bien por qué. Pero lo interesante, como casi siempre, ocurre a ras de suelo.

En Fino Bar, por ejemplo, donde el aperitivo se toma en serio, como debe ser. Barra elegante sin postureo, vermut bien servido y unas croquetas de cecina que deberían incluirse en el BOE como bien de interés nacional. Los torreznos, por cierto, tienen ese punto exacto que separa lo memorable de lo simplemente correcto. Detrás, el Grupo Monio, empeñado en que Alcalá deje de ser solo una excursión de domingo y pase a ser una parada obligatoria para quien entiende que comer bien no es negociable.

Si el cuerpo pide algo más escenográfico, que también ocurre, aparece La Granja de San Ildefonso, con sus jardines perfectamente ordenados, sus fuentes coreografiadas y ese aire de postal que invita a caminar despacio, como si uno tuviera tiempo de sobra. Pero no nos desviemos: el destino real está en Segovia. Allí donde el cochinillo no es un plato, es una religión. Casa Duque sigue haciendo lo que hay que hacer: piel crujiente, carne jugosa y cero concesiones a la modernidad impostada. Los judiones, por su parte, son ese recordatorio de que la felicidad no entiende de dietas ni de arrepentimientos.

Y cuando uno ya cree que ha terminado el recorrido, aparece Ávila. Sobria, silenciosa, aparentemente inmóvil. Pero ojo, porque bajo esa calma se está cocinando algo interesante. Carlos Casillas está demostrando en Barro (y su versión más desenfadada, Surco) que tradición y modernidad pueden sentarse a la misma mesa sin tirarse los trastos. Hay técnica, hay respeto y, sobre todo, hay una mirada hacia adelante que en una ciudad como Ávila tiene más mérito del que parece.

Al final, la conclusión es tan obvia que casi molesta decirla: no hace falta irse lejos para sentirse fuera. A menos de dos horas de Madrid hay historia, paisaje y mesas que justifican cualquier desplazamiento. Lo demás —los monumentos, los paseos, las fotos— es, en el fondo, un decorado estupendo para lo que de verdad nos mueve. Que no es otra cosa que comer bien y, si se puede, repetir.

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