Y los ertzainas se quitaron el pasamontañas, y los vecinos los abrazaron
Imanol se quitó el verduguillo, ya no hacía falta. Los ertzainas de intervención ejercían en las calles del País Vasco a cara cubierta. ¿Avergonzados de su condición? No. ¿Asustados de ser reconocidos, señalados, ajusticiados? Eso sí, sin duda. Pero aquel día, el sábado 12 de julio de 1997, los ciudadanos les pidieron que dieran la cara, como ellos la estaban dando ante esa sede de HB.
ETA perdía la batalla del miedo en el día en el que había ejecutado su crimen más cruel. La escalada asesina había ido in crescendo en maldad y sinrazón al tiempo que, larvándose en el silencio de padres y abuelos cohibidos o directamente cómplices, una nueva generación de vascos decidía vivir libre. Las ataduras radicales y anquilosadas de un pasado por ellos no vivido ya no tenían sentido. Y mucho menos matar y extorsionar en su nombre.
De la mano de veinteañeros con ansias de libertad, sus padres y abuelos que hasta entonces no se habían atrevido a ser dueños de su destino, atrapados entre el hacha (con serpiente enroscada) y la pared (con dianas pintadas), abrazaron a unos ertzainas que, con los ojos bañados de lágrimas, sí, se quitaron el verdugo ante ellos. Y ante las cámaras.
«Nos salió del corazón, nos lo estaban pidiendo los paisanos, y nos miramos entre nosotros, no hizo falta casi ni hablarlo. Nos quitamos la capucha y nos abrazamos con la gente», explicaba Imanol en Hora 25 a Carlos Llamas hace 20 años.
Eran las calles de la parte vieja de San Sebastián. Entre 40.000 y 50.000 ciudadanos, «de los buenos», habían tomado la calle espontáneamente, para mostrar su repulsa y desprecio al abyecto crimen de ETA. ‘Txapote’ había agujereado la cabeza de Miguel Ángel Blanco ese mediodía y pocas horas después, el concejal moribundo había sido encontrado por unos lugareños en un bosque de Lasarte. No sobrevivió, y la crueldad canalla de tres días de cuenta atrás terminó de hartar a los hombres y mujeres de bien.
«Tomamos la calle, incluso sus calles, donde ellos habitan, y eran cuatro gatos tirando botellas. Si habíamos llegado hasta ahí no íbamos ya a parar», contaba un vecino donostiarra entonces. «Tomamos la calle, la calle fue nuestra».
Miles de personas se habían acercado a las sedes de Herri Batasuna, a las herriko tabernas, a gritarles «¡Basta ya!». A afearles la complicidad con los odiosos ideólogos de un crimen tan despreciable. A hacerles saber que si alguna vez tuvo excusa su ideología, ésta se había ido con el último hilo de vida de un vecino inocente de Ermua al que habían descerrajado dos tiros en la cabeza.
Los verdugos estaban siendo asediados por el pueblo soliviantado, liberado de sus miedos, harto de vivir bajo la amenaza y la extorsión. Y las fuerzas de seguridad, seis simples ertzainas, defendían la sede política de ETA, un local de Herri Batasuna en el barrio de Amara. Si hubo algún gesto que simbolizó aquel día la libertad fue el de Imanol y sus cinco compañeros quitándose el casco y el pasamontañas. «Ante esa gente no teníamos que actuar así, estaba la tele y nos iban a filmar, pero defendíamos a los malos de los buenos; ante los buenos no nos teníamos que ocultar».
Y los buenos los abrazaron. Y les dieron las gracias. Y el local de HB quedó intacto.
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