Las amistades peligrosas de Ximo Puig

Puig
Ximo Puig y Mónica Oltra. (Foto: EFE)

Dos años después de llegar al Gobierno de la Comunidad Valenciana, pocas cosas tiene tan claras el presidente valenciano, Ximo Puig, como la política de relaciones públicas.

Que la sanidad tiene interminables listas de espera, ya se arreglará -o no-; que los padres se levanten contra el adoctrinamiento en las aulas y la imposición del valenciano, ya se negociará -o no-; que se sigue sin pagar las ayudas a las personas dependientes, los profesores de la concertada o asociaciones de enfermos, todo llegará -o no-. Pero lo que había que trabajarse desde el primer día, y eso lo tenía muy claro el gabinete de Puig, era y es el círculo de “amigos” que oficialmente son apolíticos, pero que misteriosamente acaban formando parte, más o menos conscientemente, de un entramado social de intereses mutuos.

Tú me ayudas a mí y yo te ayudo a ti. A veces son colaboraciones sutiles, como el curioso papel que está jugando el actual presidente de los empresarios valencianos, Salvador Navarro, por ejemplo, en la reivindicación de una nueva financiación para la Comunidad Valenciana junto al tripartito o su extraño cambio de criterio en la propuesta de reparto de los fondos para formación.

Otras veces, estos apoyos no tienen nada de sutiles. Es el caso de la adjudicación de tres millones en subvenciones directas a la empresa Air Nostrum. Que lleva el logotipo del turismo valenciano por todo el mundo, como desde hace décadas, es cierto, pero que podría solicitar este tipo de ayudas vía publicidad y no adjudicársel en la partida de subvenciones, también.

Es curioso cómo un empresario como Jaume Roures ha perdonado al Gobierno de Puig algo más de 26 millones de euros de deuda de la extinta Canal 9. Claro, que si uno espera salir agraciado con algún goloso paquete audiovisual de la futura À punt –coloquialmemte conocida como Tele Oltra–, a algo hay que renunciar.

Muchas de estas amistades empresariales, más o menos nuevas, más o menos próximas al Gobierno del Botánico, han viajado hace apenas 15 días a Canadá, en una expedición organizada por la Generalitat, como en los mejores tiempos de la Comunidad Valenciana, cuando el Gobierno de turno tiraba la casa por la ventana y organizada comitivas con decenas de empresarios, cargos de confianza política y periodistas.

Casi una treintena de personas viajaron cuatro días a Canadá para “explorar posibilidades de intercambios comerciales” con una agenda de visitas a empresas e instituciones pero en la que no se cerró ningún gran acuerdo. Eso sí, hubo mucho encuentro, almuerzos de trabajo e intercambio de experiencias con algunos empresarios canadienses.

En ese viaje también iban directivos de Eresa, empresa que casualmente no está señalada por el Gobierno del tripartito como otras concesiones sanitarias que prestan servicios privados. Todo y pese a que sus instalaciones suelen estar situadas históricamente junto o dentro los propios hospitales públicos, como si supieran que nunca tendrán competencia en la Sanidad pública.

Eresa, además, se ha incorporado recientemente a la asociación empresarial valenciana por excelencia, la CEV que preside el citado Salvador Navarro. Nada que ver con todo esto tiene el hecho de que el próximo mes de enero finalice el contrato para la realización de resonancias que tiene esta empresa con el Hospital General de Valencia. Ni que ya se haya hecho pública una prórroga sine die porque la Consejería ni siquiera tiene previsto, de momento, sacar el nuevo concurso.

Hay algo que estas amistades tienen algo en común: No se pierden una sola foto posando con Puig o sus consellers. Es lo que tiene el poder. Provee de un imán que tan sólo por el hecho de estar en la cresta de la ola -aunque sea una ola inestable-, atrae a casi todos. Y a partir de ahí, sólo hay que saber mantener esas amistades. El problema es que creen que cuando están arriba de la ola, ésta durará siempre. Y nada es para siempre.

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