La arquitectura de Sidney logra la armonía perfecta entre naturaleza e industria
En Sidney, Australia, la integración de lo salvaje y el hábitat del hombre ha sido una de las claves para conservar las vistas que hoy se pueden disfrutar. La ciudad más grande del quinto continente ha sido cambiante a lo largo de los años y ha sido la protagonista de una gran evolución arquitectónica. De hecho, el puente de la Bahía o la Ópera de Sidney se han convertido en dos símbolos de la ciudad australiana. Miguel Aguiló ha publicado “La construcción del paisaje de Sidney”, la nueva entrega de la colección de libros de grandes ciudades de ACS.
La integración de la arquitectura en la naturaleza ha sido una obsesión para buena parte de los arquitectos a lo largo de la historia. De hecho, han sido múltiples los movimientos artísticos que se han inspirado en las vegetaciones que les rodeaban, no hay más que mirar el Art Nouveau de finales del S.XIX o la arquitectura orgánica inaugurada por Frank Lloyd Wright en la primera mitad del S.XX. Si pudiéramos poner un nombre al ensamblaje entre lo natural y lo construido por el hombre en Sidney, la palabra elegida sería armonía.
Esta nueva publicación traza la evolución urbanística y constructiva de la ciudad desde el primer asentamiento del capitán Philip a finales del SXVIII, saltando a la transformación liderada por el gobernador Macquarie a principios del S.XIX y el rally que vivió la ciudad gracias a la fiebre del oro de 1851 y la Revolución Industrial hasta la modernización de la ciudad de las últimas décadas.
La española ACS, a través de CIMIC y sus filiales, han sido cómplices de la transformación de la ciudad de Sidney a lo largo de los años. La cotizada se ha comprometido con el desarrollo de diferentes proyectos destinados a mejorar las comunicaciones, la habitabilidad o el transporte de la ciudad australiana.
Sidney, hermoso fruto de una penosa historia
Una historia complicada, coronada por el éxito. Australia fue avistada por el capitán James Cook en 1770 gracias a unos mapas incautados a los españoles años antes en la toma de Manila. Allí llegaron los primeros viajeros en la primera flota, pero no eran colonos sino presidiarios, poco futuro le esperaba a Australia. Siguieron llegando convictos hasta mediados del S.XIX, el imperio británico no les permitía (ni quería) ningún desarrollo colonial, hasta que los habitantes se pusieron en armas y amenazaron con una guerra de independencia al más puro estilo norteamericano. “Sidney es el hermoso fruto de una penosa historia en un difícil país, coronada por el éxito”, es una de las frases que rezan en el libro de Miguel Aguiló.
Sidney ha cambiado mucho en 200 años, ha pasado de ser salvaje y virgen a tener superficies plagadas de barrios de pequeñas casas unifamiliares, una bahía rodeada de residencias con impresionantes vistas y una presencia omnipresente del mar. Los ciudadanos australianos disfrutan de los deportes marítimos, una identidad que les identifica y que levanta las envidias de buena parte del globo.
Grandes nudos de autopistas, complejos accesos a los puentes y túneles construidos para salvar la bahía, los ferrocarriles o rascacielos en un paraje que en sus orígenes era salvaje. Sidney ha logrado el equilibrio entre la naturaleza y la industria.
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