La Supercopa la ganó el Barcelona, sí, pero el Real Madrid cayó de maduro. Cayó por agotamiento. Cayó con honor y lo intentó hasta el final. Con bajas, con un día menos de descanso, con jugadores tocados y boqueando, pero no le dio al equipo de Xabi Alonso para obrar el milagro. El Barça de Hansi Flick volvió a coronarse supercampeón en Arabia en una final frenética, apasionante, loca. Un auténtico espectáculo. Por eso los árabes se han comprado un Clásico por los siglos de los siglos.
Xabi Alonso meó con la suya. Su alineación, marcada por los hundidos y por los (muy) tocados que tenía el Real Madrid, era como una de esas obras que se exponen en ARCO: un híbrido entre la modernidad y el esperpento. No jugaba Mbappé, que había viajado a Arabia sobre todo para intimidar cual Cid Campeador de cuerpo presente. Y parecía que tampoco jugaría Gonzalo, una decisión difícil de entender. Primero el Madrid anunció que por el canterano entraba Güler, un futbolista más bonito que bueno al que su físico, grácil y liviano, le podría penalizar en un Clásico para mayores. Pero era broma. Una mentirijilla. Una argucia. Una fake new. O todo a la vez.
Pasado un cuarto de hora en el que todo quisque emborronó pizarras y desgastó borradores para colocar con cierto orden el once del Real Madrid ante el Barcelona, el club blanco corrigió su alineación y situó a Gonzalo arriba. Otra cosa. Otra película.
La alineación de Xabi Alonso para el Clásico, a la segunda, cobraba sentido, aunque tenía sus lagunas. No en la portería, defendida por Courtois, pero sí en una defensa con Valverde, Asencio, Huijsen y Carreras. Sin Militao (lesionado) ni Alaba (oficiosamente retirado), la ausencia de Rüdiger dejaba al centro de la zaga madridista como a Marco cuando se fue su mamá: huérfano. Por delante, ya saben, el dúo Tchouameninga que bautizó Ancelotti (Tchouaméni y Camavinga). Y luego, lo conocido. Por la derecha Rodrygo, en la mediapunta Bellingham, por la izquierda Vinicius y como delantero centro Gonzalo, claro.
En la alineación del Barcelona no hubo tanta incertidumbre. Ni tanta emoción. Ni tanta gaita. Lewandowski, el viejo nueve al que Hansi Flick reserva para los grandes conciertos, entraba al once por Ferran Torres, posiblemente el mejor telonero del mundo. Del resto apenas reseñar el regreso de Eric García (hoy, el mejor central de España de largo) al centro de la zaga para apadrinar al bisoño Cubarsí. Arriba todos los titulares, empezando por Lamine Yamal, faltaría más. Así que el once del Barcelona para disputar el millonario Clásico de Arabia ante el Real Madrid se componía de los siguientes muchachos: Joan García; Koundé, Eric, Cubarsí, Balde; De Jong, Pedri; Lamine, Fermín, Raphinha; y Lewandowski. Daba miedo con sólo recitarlo de seguido.
La pelota es azulgrana
En los prolegómenos los de Arabia Saudí demostraron cómo se hace una previa. Alucinante. Y en treinta segundos nos dimos cuenta que de Xabi Alonso tenía un plan: tres centrales con Tchouaméni en el medio y Gonzalo en la mediapunta para frenar en una marca individual a De Jong. Xabi había pensado también en el marcaje al hombre de Asencio sobre Raphinha. Atrevido y arriesgado. Eso sí, la pelota era para el Barça como las saunas para el suegro de Pedro Sánchez: un monopolio.
En ataque, cuando el Real Madrid atacaba, el equipo de Xabi era aquel árbol de Navidad con el que Ancelotti escribió un libro: 4-3-2-1. Asencio era lateral derecho, los tres del medio eran Valverde, Camavinga y Bellingham, por delante Rodrygo y Gonzalo, y más arriba y liberado de cualquier obligación táctica aparecía Vinicius en busca del gol perdido.
Los blancos resistieron los primeros diez minutos indemnes y sin conceder ninguna ocasión al Barcelona, dueño y señor de la pelota. Pero la primera ocasión clara del Clásico fue para el Real Madrid. La protagonizó Vinicius en el 17, que corrió al espacio para plantarse solo en el área ante Joan García y definir como en sus peores tiempos. No fue un tiro, fue una cesión intolerable al portero para protagonizar una de esas jugadas que deberían hacer pensarse muy en serio al Madrid lo de su renovación.
Ese era el plan de Xabi Alonso: defender y coger al Barcelona en alguna contra. Pero para eso hay que meterlas y Vinicius había fallado la primera. Tendría más. Al tiempo. El Barcelona siguió aumentando su tiempo de posesión rumbo al 80% pero al Madrid le daba igual. Seguía con su valioso 0-0 en el marcador. Percutía el equipo de Flick y resistían los blancos con un gran trabajo de los cuatro de atrás. Courtois estrenó los guantes en el 26 en un disparo duro y centrado de Raphinha.
Raphinha hace el primero
Luego perdonaría Gonzalo en otro mano a mano ante Joan García, al que llegó demasiado fundido. Igual que Vinicius antes, el canterano falló una ocasión de las que Mbappé no suele perdonar. En el 33 de nuevo el Barcelona se asomó al área del Real Madrid pero se topó con Carreras, al que Ancelotti definiría como un defensa pesimista. Y un minuto después Raphinha falló la ocasión más clara del Clásico tras un pase imponente, de otro planeta, de Lamine Yamal. El brasileño la echó fuera. No haría lo mismo un minuto después cuando, con el equipo de Xabi totalmente descolocado tras una pérdida de Rodrygo ante Fermín, se plantó ante Tchouaméni, le sentó y batió por bajo a Courtois.
El plan del Real Madrid se había venido abajo del todo. En el 40 Courtois sacó un disparo a bocajarro de Fermín que habría supuesto el 2-0. Para los de Xabi Alonso el objetivo era llegar vivo al descanso y para eso se fiaba de su portero. Que le sacó un disparo a Lamine Yamal. El joven crack del Barcelona comenzaba a gustarse, a pesar de que Carreras le sostenía (a veces) la mirada.
Y cuando todo parecía perdido para el Real Madrid justo en la prolongación del primer tiempo, al filo del descanso, Vinicius decidió aparecer. Fue en una contra que lanzó Tchouaméni y que aceleró con una gran galopada Gonzalo. El canterano encontró a Vini, que hizo (por fin) de las suyas. Sentó a Koundé con un caño maravilloso, se internó en el área y la puso, casi cayéndose al suelo, lejos del alcance de Joan García. Un golazo soberbio para poner fin a una sequía insoportable.
Prolongación de locura
El equipo de Xabi Alonso se veía con el 1-1 al descanso, pero no. El Real Madrid, ya en el 48 y con el tiempo cumplido de sobra, dejó un vacío en el centro de su defensa entre Huijsen y Tchouaméni. Lo vieron Pedri y Lewandowski, que se plantó solito ante Courtois y se la puso tocadita por encima para lograr in extremis el 2-1 a favor del Barcelona con el que, esta vez sí, nos íbamos a ir al intermedio. Mentira.
Aún le quedaba una bala al Real Madrid, que buscó un córner en el 51. Lo sacó Rodrygo y lo cabeceó Huijsen al palo. El rechace fue para el más listo, para el más vivo, para el más concentrado que fue Gonzalo García. El canterano, al más puro estilo Raúl, rebañó una pelota imposible para casi desde el suelo empalar un milagroso 2-2. Ahí sí, en pleno frenesí goleador, llegó por fin el descanso.
Reanudóse el Clásico y el Real Madrid dio un paso al frente. La quería Vinicius, erigido en el hombre del partido. El brasileño tuvo dos ocasiones seguidas en el 51. La primera se la sacó abajo Joan García y la segunda la echó a las nubes. El problema es que los de Xabi se descolocaron en defensa y concedieron una falta peligrosísima de Bellingham a Raphinha en la frontal. Era el 53. La sacó el propio Raphinha con media plantilla del Madrid en la barrera. Por suerte para los blancos, se le fue arriba.
Cambios en el Clásico
Vinicius campaba a sus anchas entre Koundé y Cubarsí. Hizo otra jugada individual en el 55 que sacó con una buena mano Joan García. Se volvió a agitar el Clásico y Asencio pudo haber sido expulsado por una patada alevosa a Pedri al filo de la hora de juego. El Madrid estaba leyendo mejor el partido y el Barcelona había perdido el hilo. Pero el Clásico estaba totalmente roto, así que la cosa estaba impredecible.
Perdonó Rodrygo en el 61 en otra ocasión dentro del área gestada por la efusividad de un Vinicius indomable. Flick y Xabi preparaban cambios: Dani Olmo por Fermín y Güler por Fede Valverde, que se iba tocado. Y enfadado. El Real Madrid pasaba al 4-4-2. Empezaban a aparecer los espacios. Calentaba Mbappé, quien sabe si sólo para asustar
En el 70 pudo marcar Lamine pero se topó con las manos de Courtois, que se encontró de frente el disparo del internacional español. El Real Madrid empezaba a replegarse, visiblemente cansado en lo físico. Podía caer en cualquier momento el tercero del Barcelona. Y cayó en el 73, justo cuando Mbappé se preparaba para salir. Lo marcó Raphinha, cuyo disparo tocó en Asencio, que llegó tarde como siempre, y despistó a Courtois. Xabi metió de golpe a Mbappé y Alaba por Gonzalo y Huijsen, agotadísimos.
El Real Madrid ya no estaba en el partido. Xabi lo intentó a la desesperada con dos cambios postreros: Ceballos y Mastantuono por Camavinga y Vinicius. Otros dos que estaban fundidos. Lamine se había marcado justo antes una jugada propia de Messi que acabó en nada. Estábamos ya en el 80 y al equipo de Xabi ya no le quedaba sin gasolina.
En las postrimerías del Clásico De Jong vio roja directa por una patada alevosa sobre Mbappé. Al Barcelona le quedaba resistir apenas los cinco minutos de prolongación. Lo hizo aunque el Real Madrid cargó el área hasta el final pero ya no tenía ni fuerzas ni tiempo para intentar el milagro. La ocasión postrera de Carreras, solito ante Joan, que resolvió con un tiro flojo, era la fiel prueba del agotamiento. El Barça volvió a conquistar la Supercopa aunque el equipo de Xabi Alonso cayó con honor y el técnico madridista regresa reforzado de Arabia.