Sean Kelly era uno de los nuestros
En la plaza del pueblo vecino al que yo vivo hay un cartel con un rostro. Es un ciclista. Algo que no sorprende a muchos cicloturistas que deciden pararse en esta villa de honda historia y abolengo. No en vano, fue residencia de verano de los Reyes de Mallorca allá por el siglo XIII.
El sol mediterráneo ha emblanquecido un poco más el natural de su tez. Es la imagen de un irlandés, con sus típicos rasgos celtas, pelirrojo y con unos surcos bien marcados en sus mejillas, como si se tratara de una reproducción a escala de los caminos de bueyes de su Irlanda. Es el rostro vivo del sufrimiento acumulado de un ciclista al que le apodaban “granjero” pero que terminó siendo catalogado como rey.
No es casualidad que Sean Kelly presida a su manera la plaza más agrícola del centro de Mallorca. La misma donde el rey Jaime II instauró en el año 1306 el tradicional mercado ganadero y de productos artesanales que cada miércoles reúne a miles de personas desde ese siglo XIV. Algo que nos sirve para retrotraernos a tiempos cada vez más lejanos, pero que siguen muy presentes en la retina del aficionado.
Hablar de Sean Kelly es hacerlo de la historia viva de una leyenda que todavía tenemos la suerte de ver por Mallorca rodar en bicicleta. Es rememorar aquel tiempo en el que el color y la televisión reproducían las imágenes de un ciclismo épico, sin terminar de desterrar la mitología que solo la imaginación narrada era capaz de multiplicar. Sean Kelly lo corría todo para ganarlo todo. Una generosidad vocacional a la que era imposible no rendirse.
Entre los mares que separaban el tiempo de Van Vlaeminck, El Gitano, la ferocidad de Hinault y la generación de la nueva era que lideraba Greg Lemond, campeaba un ciclista que mantenía intacto los valores tradicionales del ciclismo total. Kelly ejercía de irlandés hasta el punto de que el maillot que portaba habitualmente era el verde de la regularidad. Le gustaba correr las tres grandes y ser protagonista en todas ellas. Se hinchó a ganar etapas, clásicas y la Paris-Niza, hasta sumar siete de ellas, con un saldo final de ciento noventa y cuatro triunfos en más de dieciocho años de profesional. .
Las primeras imágenes que unen color y barro tienen a Kelly de protagonista. La Paris-Roubaix y otros Monumentos le convirtieron en el rey de las clásicas. Aquel sprinter se fue transformando con los años en un ciclista total, al que le podías ver ganar tanto en Valencia como en el puerto de Valdezcaray. Ganaba y encariñaba a la afición. Su nobleza sobre la bicicleta ejercía de poderoso atractivo. En España se le quería como a uno de los nuestros. Todos los niños eran de Kelly. Si los Hinault, Fignon, Lemond e incluso el compatriota del “granjero”, Stephen Roche eran rivales acérrimos de los Perico Delgado, Arroyo y Pino, Sean Kelly no generaba animadversión. Al contrario, era “ uno de los nuestros “ .
Quizá por ello, treinta años después sigue presente en una plaza de pueblo en Mallorca. La isla que le vio debutar y ganar por primera vez en el extinto Cinturón. Ha llovido desde entonces. Sin embargo, el irlandés se mantiene en forma sobre la bicicleta guiando a grupos de cicloturistas por los rincones de la isla que le dio a conocer al mundo ciclista, con los debidos respetos a su Irlanda natal.
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