Ayudemos a Piqué, está muy enfermo
A Gerard Piqué no hay que pitarle. Ni acordarse de su padre, ni de su abuelo, Amador Bernabéu, que es un señor muy educao y muy majo. A Piqué hay que ayudarle porque lo necesita. Está enfermo. Muy enfermo. Tiene MADRIDITIS. Es una enfermedad que no se cura. La padece él y muchos culés. También el virus se ha extendido como una plaga entre los atléticos. «Es madriditis», diría el doctor House con la misma abrupta sinceridad con la que diagnosticaba lupus, sarcoidosis o Wegener. Médicos de todo el mundo han estudiado la madriditis y han confesado, ahogados los ojos en lágrimas de desconsuelo, que la medicina no puede curarlo todo. La madriditis, desde luego, no.
Piqué vive, como Pedro Sánchez, en una permanente campaña por ser el más culé de los culés y el más antimadridista de los antimadridistas, aunque ahí tiene mucha competencia el muchacho. Ahora se ha metido en otro charco, porque él ve un charco y se tira con un doble mortal con tirabuzón como Greg Louganis. Y, claro, los periodistas le bailamos el agua porque nos da carnaza de aquí a la semana que viene que, por cierto, hay un par de Real Madrid-Barcelona, ambos en el Bernabéu y ambos en pleno juicio contra los golpistas. Me apuesto el opel Astra a que Piqué dice algo del tema.
Le ha venido en gana a Piqué darnos ahora sus lecciones sobre baloncesto, sobre cómo pitan al Real Madrid y a los demás, porque él, encumbrado en la atalaya de la superioridad moral y el supremacismo bajo el que se refugian él y alguno de sus paisanos, se permite el lujo de decir verdades como puños. Irrefutables. Dogmas de fe. Lo dice Piqué, pues va a misa. Da igual que sea de los negocios del palco del Bernabéu o de que al Madrid le favorecen los árbitros no ya desde Franco sino desde Cánovas del Castillo. Lo que diga Piqué es lo que vale.
Y no es verdad. Vamos, es una mentira como el piano de Pablo López. Al Real Madrid le llevan perjudicando los árbitros décadas en el baloncesto y en el fútbol también. Dice lo del Metropolitano pero se calla que hubo falta a Vinicius el en gol de Griezmann o de que el penalti a Morata es falta previa de Giménez. Piqué lo suelta y consigue su objetivo: que su público le crea. Eso, la verdad, tampoco tiene mucho mérito, porque le pasa hasta a Maduro. Si uno habla para los entregados, siempre le van a dar la razón.
Lo mejor es que el día que no le pitaron tres penaltis en Stamford Bridge y le pegaron al Chelsea el mayor robo de la historia del fútbol para llevar al Barça camino de una Champions, aquel día Piqué y todos su acólitos se callaron. Sí, el día de Ovrebo. Aquello sí que fue un robo y no el del furgón del Dioni.
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