Victor Küppers, experto español en psicología: «No hay que admirar la inteligencia de alguien, hay que admirar si es buena persona»
No eres rara, eres más inteligente que la media y lo dicen los psicólogos
Los adultos que se disculpan constantemente por todo no son personas educadas
Las personas que cambian de opinión delante de los demás no lo hacen para tener razón
La inteligencia es, sin duda, una cualidad valorada en nuestra sociedad. Sin embargo, el psicólogo y conferenciante español Víctor Küppers pone el foco en un rasgo humano que considera infinitamente más relevante: la bondad.
«No hay que admirar la inteligencia de alguien, hay que admirar si es buena persona», repite en sus conferencias, una de las frases más compartidas de su discurso sobre psicología positiva.
Para Küppers, la sociedad actual comete el error de priorizar los títulos académicos, la inteligencia lógico-matemática y el éxito financiero por encima de la calidad humana. Una persona muy inteligente pero carente de principios éticos puede generar un daño considerable, mientras que alguien con una inteligencia moderada pero con una profunda calidad humana puede construir un legado de bienestar y positividad a su alrededor.
La fórmula de Víctor Küppers para medir el valor de las personas
Küppers suele explicar su idea central mediante una fórmula matemática que utiliza en sus conferencias: V = (C + H) x A. La V representa el valor total de una persona, tanto en lo humano como en lo profesional. La C corresponde a los conocimientos, todo lo que ha estudiado y aprendido, y la H a las habilidades, la experiencia y la destreza para hacer las cosas. Ambas variables suman. La A, en cambio, es la actitud, la manera de ser y la calidad humana de cada persona, y esa variable multiplica.
La clave de la fórmula está precisamente en esa multiplicación. Los conocimientos y las habilidades abren puertas y son fundamentales para el desarrollo profesional, pero la actitud es lo que marca la diferencia final, porque multiplica todo lo demás. Si una persona tiene una actitud pésima o se comporta como un mal ser humano, su valor de actitud se reduce a cero, y ese cero anula por completo todo su conocimiento y su talento, sin importar cuánto haya estudiado o cuánto sepa hacer.
Küppers insiste en que nadie admira a otra persona a largo plazo por sus conocimientos o sus habilidades, sino por su actitud. Las personas que se recuerdan con más cariño en la vida no son las más listas, sino las que tratan con amabilidad, generosidad y empatía a quienes las rodean.
Qué hacer para ser buena persona según Víctor Küppers
Para Küppers, ser buena persona no es un rasgo con el que se nace, sino un hábito que se entrena todos los días. En una sociedad que a menudo premia el egoísmo o la prisa, la bondad se convierte en una elección consciente. El psicólogo propone varias claves prácticas para cultivarla.
La primera es practicar lo que llama «mente presente»: guardar el teléfono móvil cuando se habla con alguien, mirarle a los ojos y escucharle con atención plena, porque no hay mayor muestra de generosidad que regalar el propio tiempo.
La segunda es ejercitar la gratitud en tres dimensiones: de palabra, dando las gracias de forma sincera; de obra, devolviendo los buenos gestos con acciones positivas; y de omisión, sabiendo morderse la lengua para no criticar ni juzgar a los demás.
Küppers también recuerda que la calidad humana no se demuestra con gestos heroicos, sino en el día a día: saludar con una sonrisa, sostener la puerta a un extraño, pedir las cosas por favor o ser amable con el personal de servicio son, para él, el reflejo real de una buena persona.
Añade además que mantener la alegría es en sí mismo un acto de generosidad, ya que vivir amargado o quejarse constantemente contagia negatividad al entorno, mientras que el optimismo es un regalo de bienestar para quienes conviven con uno.
Por último, el psicólogo insiste en cuidar los vínculos humanos por encima del estatus o el trabajo, dedicando tiempo de calidad a la familia, la pareja y los amigos. Küppers repite con frecuencia que, al final de la vida, nadie recuerda los títulos de una persona, solo cómo hizo sentir a quienes tuvo a su alrededor.
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